El viaje de Yamina

Silenciosa e invisible Yamina permanecía en un extremo de la embarcación en un afán desesperado de burlar a los malos espíritus, mientras sus compañeros de travesía arrojaban al mar un cadáver, el tercero desde que habían emprendido el viaje.

En cuclillas y con los brazos cruzados abrazando sus rodillas Yamina solo pensaba en proteger a la criatura que desde hacia cinco meses albergaba en las cálidas paredes de su maternidad.

 Nunca estuvo segura de querer emprender este viaje que la llevaría a tierras cargadas de promesas. Eso era lo que contaban quienes habían vuelto de aquellos lugares y que ostentaban signos visibles de riqueza: Relojes, teléfonos móviles, vestimentas extrañas y sobre todo obsequiaban a los lugareños con relatos fantásticos cargados de éxito que Yamina nunca creyó del todo.  Siempre pensó que detrás de esas historias de héroes retornados se escondían en realidad   historias de vidas perdidas en la inmensidad de un mundo desconocido y de sueños truncados. 

Algunas pistas le dio su primo Marat que vivía en Europa desde hacia algún tiempo. Cuando vino de visita al pueblo,  en un alarde de sinceridad, le había contado que los que vivían al otro lado del estrecho rechazaban la  negritud de su piel y aquel olor profundo de especias milenarias que su cuerpo desprendía. Le contó también que los blancos vivían en un eterno conflicto con el tiempo, y que tenían una necesidad inconmensurable de poseer cosas que le provocaban infelicidad y un sinfín de enfermedades extrañas. Según su primo, el hombre blanco había intentado con empeño y soberbia violar el alma de los dioses y estos, cuya fuerza era infinitamente superior, los estaba castigando a golpe de desdicha y soledad. Yamina tampoco creyó del todo la historia de Marat,  porque sabía también que del otro lado del mar había tanta riqueza al  alcance de muchos,  que podría confundirse fácilmente con el paraíso. Presa entre dos aguas, Yamina emprendió el viaje.                                                                                                                                                 

Yamina fue elegida para ir en busca de una vida mejor para ella y los suyos  por su buen estado físico, por su juventud y sobre todo porque en su vientre crecía una nueva vida. Se sabía a que a las mujeres como ella los blancos no las expulsaba de sus territorios, en cambio a los hombres adultos los devolvían con  prontitud y eficacia.

Sus antepasados ya habían tenido que ir a lugares lejanos escapando de los arrebatos crueles de la naturaleza,   pero los únicos obstáculos que habían encontrado eran  los impuestos por los espíritus  que por entonces gobernaban el mundo,  pero ahora se sumaba otro impedimento: El hombre blanco que  jugaba a ser dios e intentaba robar la sabiduría de los dioses.

Los que vivían del otro lado el mar se empeñaban en impedir la llegada de otros a su territorio. A Yamina esta situación le parecía rara e injusta ya que su pueblo siempre había dado a los forasteros todo cuanto necesitaban, a cambio de poco, muy poco. Incluso, ahora venían los hombres blancos a su pueblo en busca de pequeños sin hogar como si fueran mercancías, lo mismo que en tiempos pretéritos, cuando su pueblo fue carne de esclavitud.   

La verdad es que nunca deseó dejar su tierra que le había obsequiado con tantas lunas y tantos amaneceres.  Lo que ella deseaba era preñar un suelo generoso con semillas pródigas, velar a sus muertos y proteger a sus hijos, pero desde hacia algunos años el cielo se había tornado tacaño y las tierras otrora fértiles se volvieron estériles, y con ello llegó el hambre y las enfermedades.

 Y ahí estaba, en la inmensidad profunda de un mar hostil que estaba a punto de arrebatarle la vida. Hacia algunos días que habían perdido el rumbo y los más débiles morían bajos los designios maliciosos de los espíritus.  Estaban atrapados entre la inmensidad oscura de la noche y las profundidades insondables del mar. Yamina quería volver, y sus inmensos ojos ébanos delataban con infinita elocuencia el miedo que sentía. Deseó volver, pero no podía, estaba prisionera en ese territorio sin fin que movía al cayuco al ritmo pausado de una sinfonía húmeda y cristalina.

 De repente,  la embarcación se vio envuelta por los vaivenes  caprichosos del océano,  que sacaron a los tripulantes de su letargo. Aquel animal inmenso y oscuro comenzó a dar mordiscos furibundos alentados por los destellos belicosos del cielo. Yamina abrazó su vientre en un intento inútil de proteger a su criatura.  El cayuco empezó a dar movimientos espasmódicos como un animal herido y los ocupantes, ahora ingrávidos, parecían marionetas  movidas por los hilos invisibles del caos. En un instante eterno la vida se transformó en muerte, y la esperanza se esfumó engullida por un mar despiadado.  

 

 

 

                                                                                                                    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: