La educación que no nos merecemos

Durante casi diez años y hasta hace algunos meses  me desempeñé como educadora ambiental  en los cursos de formación ocupacional  dirigidos a personas en situación de paro. Este módulo, común a  todos los programas formativos, era de unas diez horas en total.  Poco tiempo teniendo en cuenta la envergadura del tema, pero menos da una piedra.

En un comienzo los formadores diseñamos los contenidos a partir de unas pautas otorgadas por la red de autoridades ambientales, pero poco a poco y con la experiencia fuimos adaptando y enriqueciendo los contenidos al mismo tiempo que comprendimos la necesidad de profesionalizarnos.

El módulo estaba dividido en tres grandes capítulos que son: conceptos,  problemas y respuestas. Yo, por supuesto, siempre intenté hacer hincapié en el último apartado: las respuestas, y dentro de estas, las individuales. La verdad es que siempre he sido muy poco devota de las soluciones institucionales, por escasas, tímidas  y muchas veces ineficaces.

En lo que respecta los otros capítulos, siempre intenté aclarar conceptos, quitar miedos y desenmarañar malos entendidos, generalmente provocados por la mala información difundida por los medios de comunicación.

La verdad es que los comienzos no fueron fáciles, a menudo me encontraba con un aula escasa de humanidad y repleta de sillas vacías. Por más que intentaba motivar y entretener, la mayoría de asistentes optaban por el abandono.  En un intento desesperado por retener a la audiencia echaba mano a  todas las artimañas posibles: juegos, videos,  pero nada.  Al comenzar los ciclos formativos los participantes me recibían sorprendidos, y no sin un cierto rechazo. Esta reacción no está desprovista de lógica: ellos estaban allí para recibir una formación en gestión, contabilidad, o informática, que a buen seguro les ayudaría a salir de su situación de paro  y sin embargo se encontraban con una asignatura sobre el medio ambiente que de nada les ayudaría a encontrar trabajo, verdad. Recuerdo que gran parte de la primera sesión, y con el afán de evitar fugas,  la ocupaba en convencer a mi auditorio de lo interesante y útil de mi módulo.

No fue fácil desoír a las sirenas del desaliento, pero, al igual que mucho de mis colegas formadores, persistí, entre otras cosas porque siembre he pensado que esta situación es normal y transitoria teniendo en cuenta que en este largo camino nos encontramos a penas en la primera etapa: la percepción de los problemas. Aún nos falta cambiar de valores para luego confluir en nuevas actitudes que incidirán de manera profunda y duradera  en nuestra conducta.

Pero felizmente, al cabo de unos años, la situación comenzó a cambiar. Los asistentes ya no desertaban las aulas, estaban más informados y mostraban un interés  cada vez mayor por el cuidado del medio ambiente. Las clases se convirtieron en verdaderos laboratorios de ideas y propuestas. Los alumnos me traían todo tipo de material, y temas de discusión. Nos enfrascábamos en acaloradas polémicas que prolongábamos  en la cafetería del centro. Los últimos años fueron fantásticos.

Además, me di cuenta del efecto multiplicador de esta experiencia. Los participantes  se encargaban de hacer proselitismo verde en su entorno. Mi truco fue siempre dar un enfoque participativo, en donde la corresponsabilidad era la clave, evitando por todos los medios dar un tono alarmista a los temas, por más espinosos que estos fuesen, entre otras cosas porque  las acciones educativas orientadas al cambio pueden provocar el resultado opuesto al deseado, es decir, Inhibir  los comportamientos ambientalmente responsables. Por ejemplo, siempre he intentado manejar las cifras con mucha prudencia y situarlas dentro de un contexto.  Además siempre he intentado evitar, en la medida de lo posible, abordar los problemas sin concluir con aunque sea tan solo  un atisbo de solución,  lo contrario me parece muy poco pedagógico. Muchas veces el resultado depende del enfoque que el formador da a los temas, y en este sentido siempre tuvo especial cuidado en no provocar con mi discurso actitudes de rechazo.  Si el tono de mi discurso  siempre ha sido optimista es  porque pienso que aun podemos hacer algo, otra cosa es que estemos dispuestos a ello. Existen las condiciones objetivas  para un cambio.  A pesar de mi optimismo, a veces algo patológico, lo confieso, nunca presenté a los asistentes los problemas ambientales como algo fácil de resolver, en que solo basta con la voluntad para hacernos con el paraíso. No, arreglar este desaguisado no es jauja.  Principalmente porque este es el primer gran cambio histórico cuyo éxito depende de una cierta renuncia, una vuelta atrás. Y como ejercicio de responsabilidad,  siempre me encargué que a mis alumnos esto les quedara claro.

Hace quince años que me dedico a la educación ambiental en diferentes ámbitos y puedo asegurar, con la autoridad que me da la veteranía, que la educación basada en el compromiso y la corresponsabilidad  es la única solución. Es necesario una educación serena, reflexiva y participativa en donde cado uno tenga algo que decir y  en donde todos tengamos algo que hacer. Entender que hacer parte de es la clave para asegurar los cambios. Para asegurar un cierto éxito, la educación ambiental no puede consistir en intervenciones puntuales en donde el formador no tiene manera de medir el alcance de su intervención. Por el contrario, una educación ambiental permanente,  o de al menos de una cierta continuidad, como era el caso de los módulos de formación ocupacional, resultan  enormemente eficaces.

Pero  aquí se acaba la historia, ya que, amparada por el fantasma de la crisis, la administración, obedeciendo a medidas rácanas y sin sentido, anuló sin más el bloque de sensibilización ambiental de los programas de formación ocupacional.

Y heme aquí en paro ecológico.

Ahora bien, desde hace algún tiempo algunas las empresas privadas, por razones de imagen, han mostrado un sorprendente interés por fomentar en los consumidores hábitos sostenibles. Comenzó Acciona, empresa dedicada a las infraestructuras, energías y trasportes, que intentó hace algún tiempo sensibilizarnos, con un  spot televisivo muy confuso, sobre la necesidad de adoptar un modo de vida sostenible sin siquiera explicar que es la sostenibilidad.  Ahora son Carrefour, Coca-Cola y Mc Donald los encargados de nuestra educación ambiental. Gracias a Carrefour estamos entendiendo que el plástico es malo para el entorno, Coca-Cola nos enseña las virtudes de practicar el Food miles y Mac Donald nos asegura que sus vacas son españolas, lo que reduce de manera muy sensible nuestra huella ecológica.

Así, a falta de iniciativas institucionales, actualmente son las multinacionales, con un marcado afán de lucro e imagen,  y los medios de comunicación quienes están tomando el relevo en las tareas de sensibilización y formación de los ciudadanos, las iniciativas institucionales siguen siendo pobres en contenido y cuantía. Abordan los problemas ambientales, sobre todo desde el punto de vista educativo, con un exceso de prudencia y pusilanimidad, sin ánimo de ofender, que no se corresponde con la perentoriedad de los problemas que tenemos que afrontar.  ¿Y los formadores? Pues no nos queda más remedio que ir por ahí mendigando una tribuna para poder seguir predicando el evangelio verde.

El mundo al revés como diría Eduardo Galeano.

Hoy en día son los medios de comunicación casi la única fuente de información ambiental  Una información llena de lagunas y de errores conceptuales. Todo estaría bien,  sino fuera porque tratan los problemas ambientales sin ningún  rigor ni erudición, a menudo confunden causa y efecto. Y a los científicos y expertos a penas se les escucha. A este respecto debo reconocer, aunque con muchas reservas,  el papel pedagógico de Al Gore con su película Una verdad incomoda, que despertó no pocas conciencias, pero solo eso. Las propuestas de acción las dio al final, en medio de  los créditos, cuando los espectadores abandonaban la sala avasallados por el colosal  despliegue de datos y cifras. Tengo serias reservas acerca del valor educativo de la película, creo que Al Gore desperdició una excelente oportunidad de realizar,  a nivel global, una labor educativa eficaz  ¿Le pudo su ego?

Resultado: hoy nos encontramos con ciudadanos mal informados, que no es lo mismo que desinformados, faltos de las herramientas necesarias para hacer frente a los retos ambientales.

Mientras redacto estas líneas escucho en la radio al presidente Zapatero que desde Estados Unidos  declara la importancia de luchar contra el cambio climático. No entiendo nada.

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