EL TIRADOR

El tirador llevaba muchas horas al acecho. Tumbado boca abajo con las piernas entreabiertas, sus manos sujetaban con fuerza un rifle de precisión con mira telescópica; el cañón del arma apoyado sobre un pequeño trípode. La cabeza levantada lo justo para encajar su ojo derecho en la lente de la mirilla. Su respiración era pausada, los latidos de su corazón bajos. Ningún movimiento que pudiera hacer oscilar la capa que le cubría toda la espalda. El equipo de camuflaje le convertía en invisible a cualquiera que mirase en su dirección.

El sol ya estaba alto en el cielo y el calor comenzaba a apretar. Soplaba una leve brisa que apenas aliviaba la temperatura. No había sombra alguna que proporcionara un cierto frescor. El lugar en el que se hallaba era un pedregal  de tierra color ocre. Había llegado hasta allí amparado por la noche y aprovechando la oscuridad, había cavado un agujero lo suficientemente profundo para poder esconder su cuerpo, cubrirlo con su capa y diluirse en el paisaje.

El tirador se encontraba en aquel lugar, y en aquel momento, porque tenía que matar a alguien, pero ese alguien era completamente desconocido para él. Carecía de cualquier información que le permitiera identificarlo. El Mando Central le había informado de que se trataba de otro tirador. Alguien entrenado para matar sin ser descubierto. Esta vez se trataba de cazar sin ser cazado, lo que añadía un plus de emoción a la misión.  Notó como la excitación recorría todo su cuerpo. Los músculos en tensión, los sentidos alerta.

El lugar tampoco había sido elegido al azar. A poco más de un kilómetro de su posición había una pequeña aldea. Según los servicios de inteligencia era muy probable que el francotirador estuviera allí o que en algún momento pudiera aparecer por la zona. De ahí en adelante ya quedaba en sus manos y en su experiencia, identificarle y eliminarle. Hasta podía equivocarse. Nadie le pediría ninguna explicación, ni exigiría responsabilidad alguna.

Se trataba de una aldea igual a tantas otras que había visto en diferentes ocasiones, en distintos lugares. Siempre era lo mismo.  Casas pobres de paredes desconchadas con tejados de paja. Estancias oscuras y miserables apenas iluminadas por estrechas ventanas. Calles sucias y polvorientas en las que grupos de niños jugaban ajenos a la miseria que les rodeaba. Mujeres sentadas a las puertas de sus casas absortas en sus labores.  Unos ancianos dormitando sobre un viejo banco de madera a la sombra de un retorcido olivo.

Este era el escenario que el tirador podía observar detenidamente a través de la lente de su arma. Veía perfectamente las caras de todas y cada una de las personas que estaban a la vista, incluso  podía  leerles  los labios, aunque no le sirviera de nada pues no entendía su idioma.

Mientras observaba cualquier indicio que le permitiera localizar a su presa se fijó en las mujeres. Alguna de ellas dejaba adivinar sus formas a través  de sus amplios vestidos. Eran jóvenes.  La miseria y las penalidades no habían mermado aún su cuerpo. Una de ellas llamó poderosamente su atención. Era una muchacha realmente hermosa, aparentaba tener menos de 18 años. El pañuelo tradicional que llevaba puesto sobre la cabeza la hacía parecer mayor. Estaba sentada a la puerta de una de las casas con la espalda apoyada en la pared. Sus manos, de dedos largos y finos, se movían con agilidad desgranando unas vainas que parecían judías. Tenía la cabeza tirada hacia atrás, los ojos cerrados y en su rostro tranquilo de líneas perfectas, se reflejaba el sol de aquella mañana.

El tirador se había quedado extasiado por lo que estaba viendo. De pronto, de algún rincón oscuro de su mente, afloraron recuerdos del pasado. Era otra guerra, otro país, otras personas, viviendo también en lugares asolados por la destrucción. Era una ciudad. Una ciudad pequeña con sus calles y plazas por las que la gente solía pasear tranquilamente disfrutando de sus momentos de ocio, hasta que el horror se instaló entre ellos. A continuación fue llegando gente, que como él,  empezó a dispararles desde  ventanas y terrazas.

Recordó aquella tarde de invierno. Hacía mucho frío en la calle pero él estaba instalado confortablemente en una habitación donde tenía todas las comodidades. Comida, bebida, alcohol, mujeres, y drogas.. todo lo que quisiera.  Estaba sentado en una butaca frente a la ventana, donde se pasaba las horas mirando a la calle con sus binoculares. El fusil lo sostenía entre las piernas para que estuviera al alcance de su mano en caso de tener que utilizarlo.

Desde aquella posición dominaba la calle principal de la ciudad. Era una avenida amplia y arbolada en ambos lados por la que siempre pasaba gente en algún momento del día. Pese a las muchas protecciones que habían colocado, siempre habría una oportunidad para los especialistas como él. Siempre habría una victima para cumplir su cupo diario.

Fue cuando empezaba a anochecer que  las vio. Eran dos chicas jóvenes enfundadas en sus abrigos, con un pañuelo en la cabeza que les cubría el cabello y el cuello. Miraban  asustadas en todas direcciones, querían pasar.  Se acordaba aún de sus caras.  Las pudo  ver bien. Sabía que de un momento a otro iban a cruzar. Sólo podría acertarle a una de ellas. Tenía la vida de aquellas dos muchachas en sus manos y fue él quien eligió quien de las dos iba a vivir y quien a morir. Era lo que más le gustaba de su trabajo. Jugar a ser Dios.  Las estuvo observando mientras se asomaban. Veía como sus  ojos, muy abiertos, intentaban abarcar todas las direcciones para adivinar de qué lado podía llegarles la muerte. Al final, tras unos minutos de indecisión, empezaron a correr. Sólo una de ellas llegó al otro lado. Tras el disparo volvió a coger los binoculares y estuvo un rato contemplando la agonía de la muchacha. No sentía absolutamente nada, sólo curiosidad.  Le había disparado a la que le pareció más bella de las dos. Quería comprobar si el rictus de la muerte podía llegar a alterar su hermosura.  Habían pasado muchos años y nunca más había pensado en ello hasta aquel momento.

Absorto en estos recuerdos, había dejado por unos instantes de buscar su objetivo. Cuando volvió a centrarse y a mirar por el visor,  se dio cuenta de que la muchacha que tanto le había llamado la atención ya no estaba. Había desaparecido de su vista. Sorprendido, movió el arma barriendo toda la zona en un acto instintivo por localizarla  Fue al volver a mirar en la dirección de la casa, donde la había visto al principio, que se dio cuenta de su error. Allí en una de las ventanas vio un leve reflejo. Fue apenas un instante. La bala que le penetró por su ojo derecho tras destrozarle la lente,  se incrustó en su cerebro, cortando en seco sus pensamientos.

La tiradora depositó el arma en el suelo del interior de la casa. No era necesario confirmar si había dado en el blanco, estaba absolutamente segura de que si. Jamás fallaba. Se volvió a colocar el pañuelo en la cabeza, se recogió con cuidado el cabello que le asomaba aún. Se arregló la falda y salió al exterior. Nadie parecía haberse dado cuenta de nada y, si lo habían hecho, seguían con su vida sin inmutarse. Volvió a sentarse en el suelo y a apoyarse  en la pared. El destello había desaparecido allí a lo lejos. Reclinó su cabeza contra el muro y entrecerró los ojos. Los rayos del sol volvieron a acariciar su bello rostro.

JUAN SOLSONA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: