LA TEMPESTAD

No era una noche oscura y tormentosa pero debería haberlo sido razón por la cual, la habíamos escogido para el evento por así llamarlo. Chuzos de punta  había pronosticado el hombre del tiempo. En lugar de eso, a través del balcón abierto oíamos como los vecinos disfrutaban de la bonanza y ocupaban las sillas de las terrazas de los bares o charlaban animados a las puertas de su casa. Había humedad, sí, pero del cielo no caía ni una sola gota ni parecía tener intención alguna.

─Nos van a ver ─dijo Carmen asomada al balcón contemplando las vistas.

─No nos va a ver nadie porque si hay gente en la calle no vamos a consumar ─Mercedes sonaba cabreada.

─Pues Agustín llegará en media hora, así que ya me diréis qué.

Esa era yo, me llamo Paula y estábamos las tres en mi piso.

Carmen se dio la vuelta y entró en el salón.

─A lo mejor es una señal. A lo mejor no tenemos que hacerlo.

Carmen es una dependiente emocional. Tiene la autoestima un punto por debajo de la de Cuasimodo, es amable, nunca desconfía de los demás. Para entendernos, es tonta.

─Esto ya lo hemos hablado ─le dije severa ─. Tu marido es un cabrón y se merece con creces lo que le va a pasar.

─O lo que no va a pasar ─dijo Mercedes que no paraba de dar vueltas por la sala ─, porque ya me dirás tú cómo cargamos en el coche el cuerpo. ¿A quién se le ocurrió que fuera en tu casa que no tiene parking?

─Se nos ocurrió a las tres, Mercedes. Tú no querías arriesgarte a que alguno de tus vecinos pijos nos pillara en el ascensor, ¿te acuerdas? ─le respondí mosqueada.

Mercedes me escuchaba con una mueca de fastidio

─No tengo  aparcamiento pero tengo narices ─continué ─. Además la tormenta iba a cubrirnos. Tengo el coche estacionado a tres metros de casa desde hace una semana.

─Pues no hay más remedio ─sentenció Mercedes ─, lo tendremos que dejar para otro día.

─Yo no sé si tendré ánimo para volver a pasar por esto.

Carmen daba vueltas sin parar a la alianza que lucía en el dedo corazón de la mano derecha. Se desplomó en el sofá con un suspiro. Me pareció que estaba a un tris de ponerse a llorar.

─¡Por el amor de Dios! ¿Qué no sabes si podrás? ─yo ya andaba un poco atacada ─. Tú eres la que más motivos tienes. Al menos Mercedes y yo estábamos al corriente  de tu existencia, pero tú vivías en los mundos Yupi y no sabías nada de nosotras dos.

─Los artistas son así, inquietos. Agustín es un seductor, necesita conquistar, que le admiren. Por eso tenía sus aventurillas ─ justificó Carmen.

─¿Aventurillas?

Mercedes sacudió la melena y las manos y elevó la cara al cielo mostrando su incredulidad

─A ver si nos aclaramos ─dijo mientras arrastraba una silla hasta situarla delante del sofá, se sentaba y pegaba su cara a la de Carmen ─. Soy la agente de Agustín desde hace casi diez años, llevo liada con él nueve y medio y créeme, me jugaría lo que fuera a que también estaba liado con la que tenía antes que yo. No soy un rollo de los viernes por la tarde. Tu marido pasa semanas en mi casa, tiene incluso su estudio montado y tú has tragado siempre sin ni siquiera preguntarle.

─Dice que conmigo no se concentra para pintar, porque le estoy mucho encima ─la voz de Carmen casi no se escuchaba.

─Que yo recuerde nunca te ha llamado cuando ha estado en mi casa, o de vacaciones conmigo.

─No le gusta que le controlen.

Mercedes se giró hacia mí.

─A ver Paula, cuéntale otra vez a esta mujer cuanto tiempo hace que tienes una aventurilla con su santo.

─Cinco años.

─Y si no llega a ser porque el torpe de tu marido me puso en copia sin querer en un correo subido de tono que le envió a Paula, aún nos estaríamos chupando el dedo las tres ─remató Mercedes.

─Agustín me quiere.

A Carmen le temblaban los labios y sus ojos miopes, enormes detrás de las gafas, estaban llenos de lágrimas. Me senté a su lado en el sofá y le cogí la mano.

─Mira Carmen, ya sé que es muy doloroso aceptar que el hombre del que erróneamente estás tan enamorada no te corresponde, pero la vida es así, no la he inventado yo. Si quieres un consejo, cuando todo esto termine agarra el dinero, que va a ser mucho, haz terapia y luego disfruta de la vida.

En realidad todas sacábamos tajada. Carmen, la legítima lo heredaba todo y a mí me cedía un pedazo de loft que habían comprado en Nueva York cuando Agustín empezó a ser un pintor cotizado. Mercedes se quedaba con los beneficios de los cuadros que quedaban por vender y que después de la muerte del artista, a buen seguro se pagarían por las nubes.

─Bueno, ¿y qué hacemos? ─preguntó Mercedes nada a gusto con el cariz íntimo que estaban tomando las cosas.

─Pues nada, Agustín y yo cenamos y ya está ─respondí vencida ante el claro fracaso de nuestro plan ─. Habrá otra oportunidad.

Mercedes se levantó.

─Vamos Carmen que te dejo en casa.

No habíamos llegado a mitad del pasillo cuando sonó el timbre.

─¡Ya está aquí! Madre mía se va a enfadar como nos pille ─Carmen estaba acojonada.

─Para dentro, rápido ─as empujé con urgencia.

Ya estábamos en la puerta de  la cocina cuando Mercedes exclamó.

─¡Los bolsos! Están colgados en la entrada. Voy a por ellos.

Carmen entró en la cocina temblando y Mercedes y yo volvimos hacia la entrada. El timbre sonó de nuevo.

─Espero que Agustín no quiera sexo ─dije segura de que él si querría.

─Pues si le apetece te lo follas en la mesa del comedor y a poder ser gritas mucho para que la pava de su mujer baje de la estratosfera.

Meneé la cabeza ante tan peregrina idea y la apresuré para que se largara a la cocina.

Agustín Sobrado entró arrasando, como siempre.

─Vengo molido Paulita, y que sepas que es culpa tuya por torturarme sin piedad ayer por la mañana. Así que si me duermo a medio polvo no quiero responsabilidades.

Me agarró por la cintura y se puso a bailar conmigo por el pasillo camino del comedor.

─Claro que con semejante bellezón delante ¿quién coño va a dormirse esta noche?

Físicamente, Agustín es un tipo peculiar: lleva el pelo larguísimo recogido en un moño alto con unas agujas de plata y marfil que diseña él mismo, va vestido con camisa y pantalones muy anchos, claros en verano y negros en invierno, tiene los ojos verdes, saltones y separados como los de las palomas y una nariz enorme que, en el caso de Agustín, confirma lo que dice la sabiduría popular acerca del tamaño de dichos apéndices.

Lo conocí en el gimnasio. Soy su entrenadora personal amén de su amante. Habitualmente los hombres creen que soy lesbiana porque mi cuello y mis bíceps miden el doble que los suyos, por eso cuando Agustín empezó a flirtear conmigo creí que eran imaginaciones. La cosa se hizo evidente y entonces sospeché que era gay. Resultó que no y nos enfrascamos en una relación lúdico-sexual que se mantiene viva hasta hoy gracias a nuestra mutua afición por los juegos eróticos.

─Hoy en el estudio he echado de menos tu culo prieto. No tenía dónde poner los pinceles ─dijo Agustín guiñándome un ojo.

─Ya, bueno, unos días se puede y otros no – contesté incómoda.

Aquella no era una conversación privada y Mercedes se acababa de enterar de que yo visitaba a Agustín en su casa para que él usase mi culo de sujeta-pinceles.

─Anda siéntate que te traigo una copa de vino.

En la cocina, Mercedes me recibió con una mirada que a todas luces parecía un mal de ojo. Carmen permanecía cabizbaja sentada en un taburete.

Salí con dos copas de vino y me senté a su lado en el sofá. Muy a mi pesar Agustín seguía inspirado.

─Suerte que te tengo a ti cariño, porque la mojigata de Carmen no sale del misionero y del dolor de cabeza.

─¿Y por qué no te separas?

─Porque lo mismo se suicida. Carmen no sabría que hacer sin mí. Además después de tantos años juntos… Joder, se le coge cariño a un perro, no se lo vas a coger a tu mujer.

Me imaginé a Carmen en la cocina y decidí darle un respiro.

─Siéntate en la mesa que voy a por el sushi que está en la nevera.

─¿Te ayudo?

─No, gracias. Tú vete poniendo algo de música.

Carmen estaba hecha un mar de silenciosas lágrimas. Mercedes, absolutamente fuera de su elemento le golpeaba la espalda como si quisiera hacerle escupir algo que se le había atragantado.

Salí con la bandeja de sushi y una botella de vino blanco.

─Pero que buena que estás, Paulita.

─Eso se lo dirás a todas.

─¿A todas? ─el muy cínico parecía sorprendido de verdad.

─Venga Agustín que no me creo que yo sea la única.

─Pues créetelo bonita. Tú y nadie más que tú.

─¿Y que me dices de esa agente tuya que te llama a todas horas? ─pregunté como quien no quiere la cosa.

─¿Mercedes? ─Agustín hizo una mueca de disgusto ─. Esa es una histérica que todo el día me pincha para que produzca y produzca. Soy un artista yo, no una puta máquina fotocopiadora que suelta mil copias por minuto. Te diré un secreto: estoy harto. De hecho ya he contactado con otra agente, una chica joven con ganas de triunfar.

─¿Mona?

─Ni la mitad que tú.

Le sonreí muerta de asco. Capullo de mierda, se iba a librar y no se lo merecía.          Lo teníamos todo previsto. Miroslav, un checoslovaco que va al gimnasio y que me surte de anabolizantes ilegales me proporcionó también el frasquito de Tetrado-no-se-qué, un veneno muy rápido y volátil lo que lo hace prácticamente indetectable.

─No te preocupes, apenas tiene sabor ─me había dicho Miroslav ─. Mézclalo con algo dulce y no notará nada.

También me recomendó que el cadáver no apareciese hasta al cabo de tres o cuatro días, así habría todavía menos probabilidades de que encontrasen algún rastro del veneno en la autopsia.  Por eso íbamos a cargarlo en el coche y dejarlo tirado en medio del monte hasta que algún excursionista o un buscador de setas lo encontrase. Pero la maldita lluvia se negaba a colaborar y todos mis vecinos continuaban a la intemperie ejerciendo de testigos en potencia.

─¿Estás bien, Paula?

─Sí, es esta humedad que me tiene un poco aplatanada.

─Pues eso lo arreglo yo ahora mismo con…

Entonces un rayo crujió en mitad del cielo y dos segundos después sonó un espléndido trueno. Las gotas empezaron a caer y de la calle subió el barullo de la gente que un rato antes ocupaba tranquilamente un asiento en las terrazas y que ahora trotaba en busca de cobijo.

─¡Llueve!

─Sí, reina. Llueve.

─¡Llueve! ─grité otra vez enfocando mi cara hacia la puerta de la cocina.

Agustín me miraba divertido.

─¡Sí, es fantástico! ─chilló para seguirme un juego que no entendía.

─No sabes cuanto, mi amor ─le dije levantándome y dándole un sonoro beso en la nuca de camino a la cocina ─. Estate aquí sentadito que te voy a traer un postre que te vas a chupar los dedos. Además hoy si quieres y sin sentar precedente te vas a poder fumar un puro en el salón.

De todos es sabido que es costumbre dejar al condenado echarse un último cigarro

Débora Castillo Abajo

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