Amores imperfectos


Fue un encuentro sin alevosía ni premeditación. Me disponía a salir de aquel lugar cualquiera cuando dos golpecitos tímidos en mi espalda me sacaron de mi estado de semi-autismo en el que suelo encontrarme a menudo. Al girarme me di cuenta de que era aquel desconocido con quien había cruzado algunas frases cualesquiera minutos antes mientras esperábamos turno para hacer aquel trámite cualquiera del que nadie se salva.

— ¿Te tomas un café conmigo? —me dijo. Desconcertada por la propuesta tan inesperada como inoportuna ya que tenía el tiempo justo para subir a casa, comer algo de prisa y volver al trabajo.

—Vale  —contesté con precipitación mientras le daba dos besos, uno por mejilla, como reza la canción de Sabina. Aun me pregunto porqué acepté su invitación y sobretodo porque le di esos dos besos precipitados y algo patéticos.

Nos tomamos, por supuesto, ese café, excusa trillada pero de probada eficacia para propiciar encuentros callejeros.

Así, a primera vista Gabriel me pareció un hombre interesante pero de trasfondo complejo. Pero lo que más me llamó la atención era su capacidad de desvelar sentimientos, y relatar matices, algo tan poco masculino y que las mujeres echamos en falta en la mayoría de las relaciones.

Aprobado el primer examen nos dimos nuestros números de teléfonos.

Esperé algunos días, como una adolescente febril, su llamada telefónica. Harta de esperar le envié un mensaje que rezaba algo así como “¿Nos vemos mañana?”. No más depositar el teléfono sobre la mesita de la sala me devolvió el mensaje en forma de llamada. Parecía nervioso, las palabras se amontonaban torpes y desordenadas en su boca, sus frases estaban llenas de muletillas, de esas que el subconsciente saca a destajo de manera tan poco oportuna.

Gabriel aceptó la invitación con miedo infantil. Yo, sin embargo, la acepté con curiosidad y entusiasmo.

Por aquella época, tras haber ejercido muchos años de madre devota y abnegada, me hallaba con el nido medio vacío. Mi Hijo había decidido modificar el contrato que nos unía y prescindir de algunos de mis servicios, algo así como una declaración de independencia. Así que, de repente me encontré en paro parcial, digo parcial porque en asuntos de intendencia  terrenal aún me encontraba en activo. Al mismo tiempo, comencé a sufrir un brote repentino de arrugas, a lo que se añadiría el desplome de mi trasero y la agonía de mis pechos.

Con cuarenta y mucho y al borde de lo que con pudor llamamos la edad crítica era difícil imaginar un guión más aciago para mi vida. Y por añadidura hacia una eternidad que no me beneficiaba de los favores de cupido, aunque había tenido algunos líos carnales.

Gabriel tampoco atravesaba el mejor de sus mementos, acababa de perder su empleo y padecía los últimos estertores de una ruptura.

A pesar de que ya era socio del club de los cincuentones, Gabriel aún conservaba casi intacta aquella guapura insolente que le había acompañado durante toda su vida. A primera vista no exhibía los signos propios de quienes ya tienen medio siglo a su haber, tenía una barriga discreta, unos hombros firmes, un porte que le hacían parecer mucho más joven de lo que en realidad era, y sobre todo una sonrisa capaz de despertar el morbo hasta del alma más casta

Así estaban las cosas cuando acudí a nuestra primera cita.

La relación se fraguó bajo el sol implacable de un verano cualquiera. Con asombrosa

rapidez compartimos afinidad y fluidos corporales, que dieron cobijo a una relación rara y a un día a día contaminado por la ambigüedad.

Los encuentros se hicieron frecuentes y plagados de palabras. Gabriel tenía el verbo fácil y genial, y yo, sin gran esfuerzo me convertí en una oyente agradecida, aunque confieso que a veces me era difícil seguir sus razonamientos y su lenguaje complejo. Me esforzaba por entender porque intuía que detrás de toda esa retórica había muchas de las respuestas que yo estaba buscando. Debo admitir que me enamoré de su verbo antes que de sus más bien escuálidas dotes afectivas.

Pero no todo fueron palabras, también practicamos el amor con apetencia.

Me costó muy poco darme cuenta de que Gabriel sufría de anorexia afectiva, cada bocado de cariño que recibía lo expulsaba de su cuerpo con mal disimulado repudio, y cuando era sorprendido respondía con excusas torpes. Tenía el alma asustada y el corazón estropeado de tanto consumir amores tóxicos. Era dadivoso en palabras pero tacaño en gestos cariñosos, de esos que se dejan sentir en la piel y que yo tanto añoraba.

Con igual rapidez me enteré de que su vida funcionaba con dificultad y a medias.

—No puedo hacer nada, he extraviado el manual de instrucciones de mi vida, —solía decirme cada vez que yo intentaba entender aquel caos.

—Y yo no puedo prestarte el mío. Los modos de empleo son personales e intransferibles. —le decía yo.

Toda su vida estaba plagada de actos fallidos, de olvidos recurrentes y de miedos incomprensibles. Convertía cualquiera situación domestica en un sin fin de obstáculos.  Fue entonces cuando obtuve mi doctorado Cum Laude en paciencia, sin tan solo habérmelo propuesto.

Al principio fue difícil conciliar una relación tan extraña, pero sin perseguirlo, se instaló entre nosotros un apego de textura rocosa y sólida.  El me necesitaba, yo lo quería, esa era la gran diferencia entre nosotros. Desde el primer momento que nos conocimos la relación estuvo sometida a los caprichos meteorológicos de su alma. Una meteorología tan adversa como imprevisible que a menudo, tras una tormenta ofrecía un tiempo sosegado y luminoso.

Entre nosotros existió desde siempre una enorme afinidad. Y de tanta afinidad, se instaló un cierto mimetismo que le daba armonía a nuestra relación: Cuando él estaba animoso yo también; y cuando a mí me dolía la cabeza Gabriel era atacado por una fuerte migraña. Incluso, constatamos ciertos actos de telepatía entre nosotros. En más de una ocasión, cuando yo lo llamaba por teléfono, él algunos instantes antes se acercaba al aparato esperando mi llamada. Según Gabriel todo esto era el resultado del derroche de afinidad que existía entre nosotros. Yo comencé a lamentar ese exceso de afinidad que de alguna manera impedía ver si entre nosotros había algo más.

—No te preocupes, que mi ascendente Leo asegura la atracción entre nosotros, —me aseveraba.

Él era así, todo lo analizaba a través de la lectura dificultosa de la astrología. Yo me decía, a modo de consuelo, que la afinidad la practicábamos en nuestro cotidiano, y más bien de día, y que la atracción en nuestra intimidad, mas bien de noche. No estaba tan mal. De todas maneras, para mi Gabriel era tremendamente atractivo, y siempre me volvía loco el sexo con el que me obsequiaba.

Gabriel aseguraba que yo practicaba el arte de la negación, algo muy freudiano, según parece, y que era lo que me permitía sobrevivir, y que, además, me daba un aire de perpetua alegría.

Como toda relación que se precie, cuando llevábamos tres meses juntos, tuvimos nuestra primera crisis.  No hubo ruptura pero la relaciona se resintió.

—Cuando las cosas te vayan mejor me dejaras   —le dije un día, con la certeza de una premonición, y él con el hablar pausado y una sonrisa mansa dibujada en sus labios, me contestó

-y entonces te libraras de mis mañas- Lo teníamos claro.

Me bastaron dieciocho meses para convencerme de que no haríamos juntos  el inevitable viaje hacia la vejez. Es más, todavía es un misterio para mí el haber podido compartir parte de nuestras vidas durante más de un año. Secretamente siempre supe que yo era para él algo así como un “mientras tanto”

Nuestra relación se convirtió en un interminable arsenal de lamentos, reproches y malos entendidos. Practicábamos con deleite el acoso intelectual mutuo. Yo sucumbía cada vez más a la paranoia del desamor, en cada uno de sus gestos veía hostilidad y repudio. Mi espíritu estaba repleto de sentimientos encontrados. Para mí era cada vez más evidente que sólo jugábamos en su terreno en donde el imponía sus propias reglas. Me di cuenta que desde que lo conocí me alimenté de su diferencia, a hurtadillas, engulliendo cada bocado  de su vida con la avidez de un cuerpo  bulímico

Esta vez si que hubo ruptura, muy civilizada y meditada, pero igual de traumática que cualquier otra. Cambian las formas pero no el fondo ni la intensidad. Y durante un tiempo  anduve por ahí, vomitando emociones por los rincones de una existencia  amarga y solitaria. Gabriel me había  robado  el alma, algo más que la vida.

Tras la ruptura, mi vida tardó algún tiempo en volver a ser una vida cualquiera.

Hasta hoy no había tenido noticias de Gabriel desde que rompimos, hace poco más de tres meses. Esta mañana mientras me preparaba para afrontar la rutina de un día cualquiera el teléfono sonó.

Contesté, al otro lado de la línea una voz fría, aunque cordial me preguntó:

— ¿Conoce usted a Gabriel Méndez?

—Si —contesté, temiéndome lo peor.

—La llamo del servicio de urgencias hospital general, el señor Méndez se encuentra ingresado, ha hecho un intento de suicidio. Está bien, pero necesita a alguien que se haga cargo de él, me dio este numero de teléfono.

—Voy para allá, contesté mientras colgaba el teléfono.

Llegué al hospital y una enfermera lánguida que se movía con gestos autómatas me condujo hasta la habitación en donde se encontraba Gabriel.

—Hola, me dijo al verme.

—Hola. —Respondí yo. Y al cruzarme con sus ojos me di cuenta de que nuevamente mis días dejarían de ser cualesquiera.


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