Amor de madre

El reloj del ordenador marcaba las 20h14 cuando Max sintió el ruido inequívoco de la llave en la cerradura. Era su madre, un ser generoso y solícito, que llegaba a casa.

—Hola cariño, ya estoy aquí —lanzó a modo de contraseña que cada tarde le permitía entrar en la vida de su hijo. El chaval masculló un hola perezoso y apenas audible.

La mujer aún no se había enterado de que desde hacía unos meses su hijo ya era legalmente adulto y que  ya tenía edad suficiente para saber si tenía  hambre,  frío o ganas de mear. A pesar de los numerosos mensajes, no siempre muy sutiles,  que su hijo le enviaba, la pobre no entendía  que aquel aguilucho que vivía en casa  estaba ávido de libertad y lo único que deseaba era abandonar  el nido, decididamente el amor de madre además de abnegado es rotundamente ciego. Siempre estaba encima de él, preocupada como si aún tuviera dos años.

Cuando, hace algunos meses, su madre se echó novio pensó, en un hálito de esperanza, que le dejaría en paz, pero se equivocó. Siguió empeñada, con ahínco y alevosía,  en  tratarlo como a un discapacitado funcional.  Había veces que la odiaba. Hacia tiempo que buscaba la manera de largarse, como ya lo habían hecho sus amigos Lucas y Guillén,   pero tal y como pintaban  las cosas no tendría un  mísero  piso hasta al menos los 30 años, y aun le quedaban  unos cuantos.

Su madre en el fondo era una buena mujer, pensaba el chaval, lo único malo es que la naturaleza se había excedido al suministrarle  la dosis de  amor materno.

Para evitarla,  se encerraba en su cuarto con la excusa de que tenía que estudiar, pero en realidad,  chateaba  con sus amigos, jugaba con el ordenador y de vez en cuando, sólo de vez en cuando estudiaba, no vaya a ser que se convierta en un hábito.

—Si al menos tuviese otros hermanos  para sobrellevar está cruz  —pensaba cuando se encontraba frente a ese aluvión diario de maternidad pegajosa.

Rocío donde mejor manifestaba su celo materno era en asuntos de gastronomía casera.  Cada día, después de la universidad el niño, su niño, tenía que comer en casa.

—Es mejor así, la verdad es que eso de andar comiendo por ahí,  quien sabe qué  y quien sabe donde no me parece una buena idea —le replicaba a su hijo cada vez que este  le reclamaba dinero para comer en la Universidad como lo hacían desde siempre todos sus amigos.

Cada noche, tras saludar y despojarse de su abrigo, la madre se dirigía a la cocina con la intención de inspeccionar la nevera y verificar si su retoño había comido.

—Pobre hijo, con lo que tiene que estudiar hasta se le olvida  comer, suspiraba preocupada  al ver en la nevera intacto el plato de comida que con  tanto amor le había preparado la noche anterior. Era la tercera vez esta semana que  no había probado bocado.

—Bebé ¿te caliento la comida que te dejé en la nevera? Mira que con el estomago vacío  no se puede estudiar.

—No tengo  hambre, balbuceó el adolescente desde su habitación.

Haciendo caso omiso de las palabras del chico, Rocío puso a calentar el plato en el microondas a la vez que colocó con diligencia  en una bandeja una fruta, cubiertos, una servilleta y un vaso de zumo, seguramente el niño tendría sed.

Minutos después, mientras se dirigía a la habitación del chico para llevarle la cena, sintió un ligero frío en la espalda.

—Hay hijo, no has puesto la calefacción, así es cómo te me resfrías. Y tras un leve aunque profundo suspiro lanzó la traca final

— ¡Que harías sin mi!

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