El cumpleaños de la prima

Tengo prisa, pero aquí estoy plantificada hace más de media hora delante de mi armario, como una perfecta idiota sin saber que ponerme. Me he probado todo, o casi todo. El pantalón negro de lino, ese que tengo para las ocasiones que me queda de perla con la camisa gris de rayas, pero no, es demasiado formal para la ocasión. Intento con los vaqueros, esos tan ajustados que me acabo de comprar y que combinan tan bien con la camiseta naranja que me compré en Paris, pero nada, demasiado “arreglada pero informal”. Pruebo con mis vestidos, el marrón tipo Channel,  pero versión china, no tampoco, parezco señora y, además, funcionaria. Intento con  el negro de floripondios rojos y verdes, pero lo descarto,  demasiado escotado, me da un aire de mujer fácil, no puedo permitir que los invitados piensen que estoy buscando novio. Me encuentro al  borde del colapso nervio.  Si tengo el armario a rebosar de ropa de todos los estilos, tejidos y colores, no es posible que no encuentre nada que ponerme. Además, tengo un tipo bastante fácil de vestir: mi metro cincuenta de estatura soporta tan sólo 44 kilos que  entran sin mayores dificultades en cualquier trapo.  Pero, a pesar de eso, vestirme para ocasiones especiales como esta es siempre un verdadero vía crucis. Mi armario es un caos de trapos variopintos incombinables entre ellos.  Cuando hago shooping rara vez aplico criterios de funcionalidad,  armonía o estilo Compro, sin más.

Envidio el armario de Lola, mi prima, la que cumple años,  que con cuatro pilchas made in china sabe vestirse hasta para una boda. Si tan sólo ella estuviera aquí para sacarme de este embrollo, pero precisamente hoy es su fiesta y me espera dentro de una hora y media en su casa. Como cada año, Lola celebra su cumpleaños por todo lo alto, aunque sus invitados son gente normal y corriente, cómo yo, ella se arregla como si acudiera a una recepción  al Château de Versailles y recibe a sus invitados como si fuesen los miembros de la  corte de Luis XIV. Es la anfitriona perfecta,  prepara entremeses con alimentos tan vulgares como puede ser una lata de paté de marca blanca, un poco de pimiento, algunas aceitunas y restos de queso,  ni Ferran Adrià  lo haría tan bien.  Sonríe, sirve copas,  da comer y baila casi al mismo tiempo, y sin ningún atisbo de estrés. No se mueve, levita.

Siempre he tratado de imitar su manera de estar,  de vestir,  hasta intenté en una ocasión copiar la decoración de su cocina, pero nada, siempre voy a dos zancadas detrás de ella, creo que nunca la alcanzaré.

Nuestra historia data de toda la vida. De pequeñas éramos las Jimenas, apodo que nos auto infligimos cuando un buen día una señora muy amable y entrometida nos preguntó mientras jugábamos en  la calle

-Que monas. ¿Sois gemelas?

-No, yo soy Cecilia y ella se llama Lola. Le contesté algo contrariada.

Creo que por entonces teníamos unos seis o siete años y no nos fue difícil confundir  el adjetivo que denomina a las personas nacidas del mismo óvulo y que son casi iguales con el nombre propio Jimena, bastante feo por cierto.

Lola y yo  somos primas, un tanto lejanas, pero desde muy pequeñas decidimos ponernos juntas en nuestro árbol  genealógico, como hermanas. Yo soy doce meses y seis días mayor que ella y durante nuestra niñez  éramos asombrosamente  parecidas: flacuchentas y pequeñas, de rostros deslavados, como de niñas antiguas, pelo negro y rizado que nuestras madres se esmeraban en peinar, pero estos se empeñaban en imponer su  libre albedrío. Vaya, que íbamos siempre despeinadas. Llevábamos  ropas idénticas,  lo que acentuaba aun más nuestro parecido, de ahí la comprensible confusión de la señora del parque.  Nuestras madres nos ataviaban con vaporosos vestidos de organdí de colores que ya podéis imaginar, con lacitos por doquier, zapatos negros de charol y calcetines blancos.

Durante años las Jimenas compartimos juegos, aventuras y los primeros amoríos, pero,  no más cruzar el umbral de la adolescencia comenzaron las diferencias, que con el tiempo se acentuaron, pero en vez de alejarnos se consolidó entre nosotras una relación armónica y complementaría. Con los primeros atisbos de la juventud Lola comenzó a practicar con esmero las buenas maneras que nos habían inculcado nuestras madres, maneras que pronto se convertirían en su forma de estar en el mundo. Hay algo en sus gestos, hasta en los más cotidianos, que le otorgaba una impronta aristocrática.  Sus manos se mueven al compás de una música inaudible que coordina a la perfección con los movimientos de su rostro. Su hablar es pausado y su voz es dulce y serena.

Yo, en cambio, me convertí en un ser del montón, de maneras sencillas y gustos simples,  nada en mí es digno de ser destacado, aunque pensándolo bien soy simpática y buena persona,  como muchos mortales. Que no se piense que le tengo algún tipo de animosidad hacia mi prima,  he aprendido a vivir en perfecta armonía con las limitaciones que la naturaleza me  dio, y para mí ella ha sido , en muchas ocasiones, un referente, sobre todo en el cultivo de maneras y en el cuidado de mi aspecto personal.

Lola no obedece a los típicos patrones de belleza: Tiene las piernas demasiado delgadas que contrastan con sus pechos próvidos. La naturaleza fue un tanto cicatera con su rostro: tiene una boca diminuta y una nariz apenas perceptible. Sus ojos son pequeños y marrones y albergan una mirada profunda que puede ser arrogante o dulce, según la ocasión  No debe medir más de un metro sesenta, pero su postura eternamente erguida la hace parecer más alta. Pero sabe como nadie sacar partido de esas pequeñas imperfecciones. Maneja con maestría el arte del maquillaje discreto y eficaz.

Seguramente esta noche estará deslumbrante como en cada uno de sus cumpleaños.

Y yo todavía aquí, sin saber como vestirme. Me tranquilizo y me decido finalmente  por el vaquero ajustado y la camisa gris de rayas. Total,  haga lo que haga acabaré hecha un desastre.

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