¡GORDA!

Pues sí, lo confieso, soy una gorda mental. Es decir que mi mente, ignoro por qué razón, envía una imagen distorsionada de mi cuerpo. No, no soy anoréxica, no me precipito al baño para vomitar cada vez que como, más bien mantengo una relación conflictiva con la comida, e incluso, a veces me parece hasta obsceno eso de comer. Es más, para mí fue un gran día cuando leí en un libro de James Lovelock que era posible producir comida de síntesis, es decir que consumiendo algunas pastillitas de colores al día tendríamos todos los nutrientes necesarios para hacer de nosotros seres rebosantes de salud, sin necesidad de cultivar, producir ni cocinar nada. Pero mi alegría no sólo fue provocada por consideraciones ecológicas, o por qué tal vez ese descubrimiento sería la clave para acabar con el hambre en el mundo ¡Que va¡ Para mí lo mejor de la noticia era que ya no tendríamos necesidad de masticar ni de ingerir nada, y sobre todo que nuestros estómagos e intestinos estarían libres de molestas sustancias pestilentes.
Según parece no estoy aquejada de ningún trastorno alimentario, lo mío es…la verdad es que no tengo ni idea, ni tampoco los médicos. Nadie se explica cómo con una talla S, y si me despisto acabo vistiéndome en la sección de niños, puedo sentirme gorda. Seguramente Freud tendría mucho que decir al respecto.
Ni siquiera ahora que ya ha superado el medio siglo de vida he engordado. Peso lo mismo que a los treinta años, y a los treinta pesaba lo mismo que a lo veinte. Claro que no puedo decir que soy flaca: tengo unos huesos generosos un trasero respetable y una barriga algo indiscreta, pero aun así sigo perteneciendo al club de los delgados.
Creo que cuando nací la madre naturaleza se olvidó de bendecirme con el gen gourmet, ¡en que estaría pensando! Pero, mirándolo bien, me hizo un gran favor, ya que si la comida fuera para mí un disfrute mi condición de gorda mental sería aún más difícil de sobrellevar.

Tengo en la puerta de la nevera una verdadera colección de tablas y grafico que señalan el peso ideal y que miro cada mañana tras pesarme y todos me indican que mis valores son totalmente normales, e incluso algo inferiores, pero yo erre que erre que soy gorda. Mi vecina, o más bien mi amiga, que trabaja en un Centro de día con enfermos anoréxicos, cada vez que escucha mis quejas se enfada, y de verdad, me amenaza con llevarme a su trabajo para que yo vea que eso de la comida no es ninguna broma. Conociéndola es capaz de llevarme a restras para acabar con esta guilipolles de una vez por toda.
Pero no es tan fácil. Allá por la adolescencia, o antes, y cuando pesaba tan solo 38 kilos ya tenía serios problemas con la comida. Durante años mis desayunos, almuerzos y comidas consistían en un bocadillo de queso y una Coca-Cola, era incapaz de ingerir otra cosa. Es más, rehusaba comer fuera de casa porque estaba obligada a probar otras comidas, y eso para mí era una verdadera pesadilla.
Desesperado, mi padre a menudo recurría al engaño para hacerme comer. La cocinera, pues si, teníamos una cocinera, preparaba con el pretexto que era para mi padre un plato de exquisitos manjares, este me invitaba a sentarme a su lado para hacerle compañía mientras comía y con limpias artimañas, las típicas de un padre desesperado, me hacía probar su plato, “esta carne está algo salada, a ver pruébala” Solio decirme. O “este arroz tienen un sabor extraño…prueba un bocado para ver si es verdad” Así, lograba hacerme tragar una o dos cucharadas de algo que no fuera queso o pan. Desesperados y tras numerosos intentos, mis padres me llevaron al médico. Algún especialista, supongo, la verdad es que no me acuerdo. Por entonces yo no debía pesar más de 35 kilos y mi aspecto era muy parecido al de un niño salido de un campo de concentración. De mi cuerpo sólo destacaban de manera llamativa dos rodillas rotundas y unos enormes ojos melancólicos, el resto de mi cuerpo era insignificante y escueto. El médico me recetó algunas pócimas de esas que despiertan el apetito y sobretodo insistió en que debía comer de todo y que después de cada comida debía guardar reposo al menos media hora para así ganar peso. Lo único que lograron mis padres fue que reposara después de comer…un bocadillo de queso y una coca cola, porque lo de cambiar mi dieta ni hablar.
Con el tiempo comencé a ingerir poco a poco otros alimentos, llegué incluso a comer de todo, y eso gracias, debo confesar, a mi ex marido que es un virtuoso de los fogones. Con él aprendí a distinguir sabores e incluso a cocinar algunos platos. Pero así y todo, mi relación con los alimentos continuaba siendo dramática, cada vez que comía me sentía culpable, tenía serios problemas digestivos y sobretodo me sentía tremendamente desdichada. Después de tomar un desayuno exiguo podía permanecer sin ingerir alimento alguno durante todo el día. Todo ello en detrimento de mi salud, claro está.
Hete aquí que un día, no hace mucho, me encontraba tranquilamente sentada en el sofá de mi casa disfrutando de un bocadillo de queso, de que otra cosa sino, a modo de cena, cuando de repente comencé a engordar, a cada bocado engordaba de unos veinte kilos o más, calculo que al quinto bocado ya padecía de gordura mórbida, que me impediría abandonar mi diminuto piso por el resto de mi vida, me acordé de un reportaje que vi en tele y que relataba la historia de un hombre que no había salido de su casa durante más de veinte años, y que el día que tuvo de hacerlo, los bomberos tuvieron que destrozar un muro. ¡Qué horror!. Aterrada le di a mis gatas lo que quedaba del bocadillo ¿patético verdad? Pues así ocurrió.
Mis amigos y allegados sitúan mi actitud entre lo patética y lo pintoresco, y piensan que hace parte de mi acerbo y les resulta hasta gracioso, o insultante si el interlocutor sufre de sobre peso, aunque yo intento no tocar el tema delante de aquellos que puedan sentirse incomodos. Y para no ser pesada intento apaciguar mis demonios, y mantener, al menos en apariencia, una relación amistosa con la comida que tanta satisfacción produce a la inmensa mayoría de los animales, humanos o no.
Pero, desde hace algún tiempo algo está ocurriendo en mi cabeza: ya no me siento tan culpable ni desdichada tras comer, e incluso me estoy esforzando y llego a comer cinco veces al día pequeñas cantidades de comida sana y variada, tal como lo aconsejan los versados en temas de nutrición. Y está dando buenos resultados. Me siento fantástica, no he engordado ni un gramo y lo mejor es que aunque así fuera me da lo mismo…! Qué liberación!

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