LA EDAD CRÍTICA

Todo comienza hacia los cuarenta y mucho o los cincuenta y poco. Primero, se manifiestan cambios en el ciclo menstrual: la regla se vuelve irregular y caprichosa, luego, y aquí empieza la fiesta, llegan los sofocos. A l principio son tenues, casi imperceptibles, son tan solo un “¡Ouf Que calor que hace!” En esta fase aún se puede disimular, pero de repente te encuentras abanicándote con lo primer que pillas, te pones roja como el mismísimo demonio y unas indiscretas gotas de sudor se deslizan suavemente por tu frente sin poder sacártelas de encima de manera disimulada y discreta. Pronto la fase “que calor que hace” ya no cuela, estamos en pleno mes de enero y todos a tu alrededor están más arropado que un esquimal y tu sudando como un cerdo. La gente comienza a sospechar que ya has entrado en la edad crítica, así se le llama con pudor a la menopausia, como si se tratase de una enfermedad venérea. Contrariamente a la sociedad oriental, en nuestra sociedad la menopausia está estigmatizada: “Está menopaúsica” se suele decir de manera negativa cuando se desea descalificar a una mujer. Esta actitud, que a vece proviene del entorno cercano, muestra desconocimiento y desprecio. ¡Pura ignorancia¡
Son cambios que al principio no entiendes, porque nadie te ha dado un cursillo de preparación a la menopausia, como el de preparación al parto. “Tengo un retraso, debe ser el estrés”, no te enteras, o no quieres entérate que estás entrando en la edad critica, que es el principio del fin. Bueno, así nos lo han vendido, pero yo, que lo estoy viviendo en carne propia, pienso que aquí no se acaba nada, ¡Que va! Me quedan aún unos cuantos años por delante y no pienso renunciar a ellos lloriqueando porque estoy envejeciendo.
Eso si, debes aceptar que es un periodo chungo: Los kilos de más, los sofocos, el sueño que te abandona, los cambios de humor difíciles de controlar pueden ser una pesadilla si no los aceptamos e intentamos tomarlo con humor. Piensa que todas esas putadas que nos juega la madre naturaleza no son nada en comparación con tu acervo inmenso, tu solidez y saber estar en el mundo que solo lo dan los cincuenta. Pero es difícil no alarmarte si durante veinte años pensabas que tenías treinta y de repente cumples cincuenta.
Pero aquí hay algo que no entiendo: en esta aventura menopaúsica me he encontrado con mujeres cincuentonas que rehúyen hablar del tema, como si esto no fuera con ellas, no se sientes aludidas. No me extraña porque para la sociedad esta etapa casi no existe, solo se trata el tema en los ámbitos médicos y científicos, pero la sociedad en general tiende un tupido velo sobre el tema. Sin embargo, hay otras etapas, como la infancia, la pubertad y la adolescencia sobre las cuales existe una abundante literatura.
Desde mi humilde condición de menopaúsica creo que es importante, primero que nada, aceptar nuestra condición, entender que no es el fin, es una etapa difícil, pero sólo es eso: una etapa. Pienso también que es importante hablarlo con nuestro entorno: hijos, pareja amigos y con quien haga falta. No es una vergüenza. Hablando, muchas veces he encontrado respuestas a mis dudas, y eso no es poca cosa.
Cansada de disimular y por qué no decirlo, de sentirme avergonzada, un buen día decidí pregonarlo a los cuatro vientos. “Perdón, pero estoy menopáusica pérdida” es la frase que utilizo con ironía para excusar mis salidas de tono, cambios de humor y arrebatos de rabia que me poseen sin justificación aparente. En mi manera de exorcizar tanto demonio.
Durante este periodo tienes que hacer acopio de toda tu capacidad de control, disimulo y paciencia ya que tu vida navega al vaivén de los antojos de las dichosas hormonas que antes de retirarse se insurgen, conspiran, campan a sus anchas e instauran una verdadera dictadura que rigen durante un tiempo tus emociones, tu libido, tu comportamiento. Vas llorando por las esquinas sin saber por qué, mientras que minutos antes fuiste presa de un súbito arrebato de entusiasmo y optimismo. Muchas veces es imposible gestionar tanto desequilibrio, es como si estuvieras constantemente subida en una montaña rusa. Pero no todo sucede al interior, de repente tu cuerpo también es presa de cambios: todo lo que puede caerse se cae (trasero, pecho) se te instala en el abdomen una especie de flotador imposible de erradicar y te inflas como un globo lleno de agua. Retención de líquido, dice el médico. Y todo eso sin haber cambiado en nada tus hábitos alimentarios. Te pones a dieta, pero el maldito flotador continúa aferrado a tu cintura, y el líquido que tu cuerpo se niega a liberar sigue ahí, testarudo y resuelto. Creo que con tanto disturbio hormonal el cuerpo se asusta y se prepara para la peor de las catástrofes (una sequía o hambruna) sino, no entiendo por qué está tan empeñado en hacer acopio de vituallas.
Hay quienes atribuyen a estos cambios causas afectivas y emocionales: Ya nos vemos mayores, los hijos se van de casa y el sindrome del nido vacío se instala, y nos coge una depre de caballo y lo único que nos queda es comer y comer mientras miramos la tele. Pero yo alego, en defensa de las menopáusicas del mundo que la cosa no es tan así. Es simplemente la biología y la química que nos juega una mala pasada y se empeña en fastidiarnos la existencia, independientemente de la situación en la que nos encontramos. El entorno o la situación personal pueden mitigar o exacerbar el proceso, pero nunca evitarlo.
A veces, cuando me encuentro en medio de un ataque hormonal maldigo a la madre naturaleza que nos parió. ¿Por qué las mujeres tenemos que cargar durante casi cuarenta años con sangrías mensuales acompañadas de todo tipo de malestar, ¿Por qué tenemos que parir con dolor y lidiar casi a solas durante años con retoños exigentes que nos chupan toda la energía? Y para más colmo, cuando creemos que la libertad está a la vuelta de la esquina no ataca la dichosa menopausia. ¡Es el cuento de nunca acabar! Pero una vez pasada la crisis y tras el repliegue de mis atacantes, recobro la razón y revindico toda mi feminidad. Si algo nos caracteriza a las mujeres en este periodo es el aguante, el estoicismo, la dignidad y la resignación. Me pregunto, sin ánimo de ofender, si los hombres reaccionarían de igual manera si se encontrase frente a los mismos avatares. Permitidme que lo dude.
Pero el bicho no ataca a todas las cincuentonas por igual, al parecer, según un sondeo casero que hice, con algunas mujeres es más más clemente. Las afortunadas apenas perciben los sofocos y lo único relevante que señalar es la desaparición de la regla. La menopausia es diferente según la frecuencia e intensidad de los síntomas, e incluso los síntomas varían, pero aun así hay características generales comunes a todas las mujeres. Hay también mujeres, cada vez más numerosas, que les pilla la menopausia aún con hijos adolescentes en casa, y en este caso el mal oscuro es la adolescencia y no la menopausia y es difícil, por no decir imposible, ocuparse del otro mal. Graso error, en nuestra vida este periodo es delicado e importante, y si no le damos la importancia que merece (sin exageración ni catastrofismo) puede causar estragos difícil de recuperar (depresión, mala forma física, exceso de peso, y sobre todo una sensación de frustración y abandono terriblemente arraigadas)
Hay muchos mitos que envuelven este periodo, siendo el más relevante aquel que afirma que ya no nos interesa el sexo. Y digo yo que eso es tan falso y anacrónico como afirmar que la tierra es plana. Además científicamente no hay nada que justifique esta afirmación. Así que, ¡¡cincuentonas a disfrutar!!
Un día, cansada de ser víctima del boicot hormonal del que era víctima acudí a mi médica de cabecera. Una mujer joven, para quien eso de la menopausia queda muy lejos, que digo, lejísimo. La acribillé con mis lamentos esperando algo de clemencia acompañada de algún tratamiento hormonal de sustitución. Me miró fijamente a los ojos y me dijo, en un tono empático a la vez que muy profesional “Es lo que te toca, aguanta porque no hay mucho que hacer”. Me fui aún más deprimida, si cabe. Decidí aceptar la situación, pero sin antes haber tomar cartas en el asunto. Aconsejada por conocedores, y aficionados de buena voluntad me hice devota del gimnasio, la soja y de todo tipo de pócimas anti estragos de la menopausia. Para ser sincera no he sufrido cambios milagrosos pero si he logrado un cierto bienestar físico, y sobre todo me reconforta la idea de saber que estoy haciendo algo, y por último creo que mantener una actitud activa mitiga los síntomas.
¿Qué hacer? Pues no lo sé muy bien, tal vez tan solo tener paciencia, hacer ejercicio (mental y físico), comer sano, practicar el buen humor y una pisca de resignación. A pesar de los sofocos, de mi barriga acuosa y del brote repentino de arrugas me siento estupenda.

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