La información y otros tóxicos

“…Ya conocen las noticias, ahora les contaremos la verdad” Reza la cabecera de entrada de un programa de televisión de humor inteligente que se emite cada día inmediatamente después de las noticias.
Cuando yo era estudiante de periodismo en Paris, allá por los ochenta, mis maestros se empeñaban e inculcarnos, entre otras cosas, que la neutralidad en el tono y el rigor informativo debían ser el credo de todo buen periodista. Pues ha llovido mucho desde entonces. Hoy, un hatajo de periodistas, expertos tertulianos y columnistas se recrean hasta la saciedad en emplear un lenguaje tremendista plagado de malos augurios; y si por casualidad dan una buena noticia rematan con un “si pero” seguido de una aterradora traca final. Intentan, y con éxito, inocular sus escuálidos conocimientos plagados de nubarrones en los cerebros vacíos de los pobres oyentes y lectores. Dice un proverbio que la cultura es como la mantequilla: mientras menos se tiene más lo extendemos. Por añadidura hay algunos que, para rizar el rizo, añaden un tono ñoño que resulta empalagoso y falso hacia todos aquellos que lo están pasando mal.
Es tal el abuso del lenguaje tremendista que a veces parece una verdadera tomadura de pelo. En algunas cadenas de radio lo más frecuente es escuchar en boca de los periodistas estrellas cosas tales como: “con la que está cayendo…”; Situación terrible…”; “Estamos al borde del precipicio…”; “La situación es insostenible…”; “La crisis no da tregua…”;”Acoso de los mercados…”; “Han sucedidos muchas cosas en estos primeros cuatro días del año, y todas malas…” “Nos siguen metiendo el miedo en el cuerpo…y con justa razón…” declara el periodista tras escuchar unas declaraciones del ministro de economía; y la joya de la corona: “…Hoy tenemos una buena noticia, pero que no sirva de precedente…” y así un largo etcétera de terror y catastrofismo que servidora, y millones de personas escuchan cada mañana por la radio. Así, estos profesionales de la comunicación con ese lenguaje siembran el desaliento ahí donde abren la boca o meten su pluma, van por ahí, convertidos en apóstoles de la desgracia, haciendo proselitismo del terror. ¿Quién después de escuchar semejantes declaraciones puede albergar un ápice de optimismo? Desde el comienzo de la crisis nos hemos deslizado poco a poco del pesimismo al catastrofismo y de este al terror, y todo al son de la letanía diaria de esos señores de pluma fecunda y verbo fácil. ¿Y saben lo peor de esta macabra historia? Que nos lo creemos. Nos tragamos las amenazas de los mercados iracundos, como ya una vez nos tragamos lo de la gripe aviar, la peste porcina, las vacas locas y más recientemente, la gripe A. Picamos como borregos, sin ánimo de ofender a esos pobres animalitos. Nuestro estado de ánimo depende de las dichosas primas de riesgos, de las bolsas que bajan, de una canciller alemana que se enfada y nos riñe, de las agencias de calificación que nos amenazan con ponernos una mala nota. Y en medio de este ataque colectivo a nuestra integridad síquica y moral los mercados y los bancos aprovechan para saquear nuestros bolsillos y secuestrarnos el sosiego.
La prensa se ha convertido en un menjunje indigesto que tiene un ingrediente básico: El miedo. Todos sabemos que el miedo es una emoción que en la infancia de nuestra especie fue utilizada como recurso adaptativo, fue el salvoconducto que nos garantizó la supervivencia. En toda situación que comporta un cierto peligro, riesgo o simplemente novedad, prima el principio de precaución y cautela, es normal, eso forma parte de nuestro instinto de supervivencia. Pero hoy se han superado todos los límites, este principio se aplica de manera irracional y excesiva y nos quita autonomía y viola el libre albedrío. Cada cierto tiempo quienes nos gobiernan, con la complicidad de los Medios, crean sus propios demonios para mantenernos distraídos y controlados, y de paso nos piden, a modo de exorcismo, que hagamos sacrificios, que trabajemos más, si cabe, que cobremos menos y que seamos dóciles y disciplinados.
A través de la historia el miedo siempre ha estado presente pero ha cambiado de rostro: Antes era el temor a Dios (que en su tiempo fue casi tan temido como lo son hoy las agencias de calificación), a las enfermedades, al “otro bloque”, a las catástrofes nucleares, al sida etc. Hoy los temores son casi todos de orden económica: miedo a perder el empleo, a no poder pagar la hipoteca, a una merma de nuestro nivel de vida. La prensa tóxica reacciona histérica frente a cualquier síntoma de hostilidad o amenaza que vengan de los mercado, de la agencias de calificación, o de un simple virus gripal. Los informadores responden con una explosión de pánico contagiosa “El monstruo ataca” ¿Y nosotros que hacemos? Pues, nos volvemos temerosos, conservadores y finalmente abúlicos. En esta sociedad de la abundancia y del despilfarro nos volvemos presa fácil del miedo ¡Es que tenemos tanto que perder¡
Si hemos llegado hasta aquí es porque nuestros amos han comprendido que la información da poder al que la posee, poder que se acrecienta cuándo quien la recibe carece de espíritu crítico y navega en la ignorancia. Así, los estados democráticos ya no necesitan ejércitos enemigos ni países invasores ni montar una buena guerra como a la vieja usanza, eso cuesta caro y ensucia (de sangre). Dice Chomsky que “La propaganda es a la democracia lo que la chiporra al estado totalitario” Ahora con un buena amenaza de las agencias de calificación por aquí y unos recortes por allá es suficiente para mantenernos tranquilos en casa y, a poder ser, mirando alguna bazofia televisiva mientras damos gracias al supremo por tener un trabajo, de mierda, pero un trabajo al fin y al cabo, por qué no podemos olvidar que hay cinco millones de parados.
Pero no les basta a nuestros informadores con ser catastrofistas y mediocres sino que también son monotemáticos y repetitivos, pueden estar días enteros dale que dale con las fechorías de algún político corrupto, con el rescate de algún país pauperizado por una democracia mafiosa. . Las noticias llegan a ser banales de tan manidas., pero e trata de atraer la atención del oyente o del lector.
En todo este trasiego informativo malsano, la dureza de las imágenes utilizadas en las noticias se han banalizado tanto que podemos ingerir cantidades ingentes de horror sin que se nos mueva un pelo “Que terrible” exclamamos mientras levantamos la mesa y ponemos el lavavajilla en marcha. El horror foráneo nos impacta menos, que digo, muchísimo menos, que el de casa, sobre todo si toca a nuestro quimérico bienestar. Es una banalización selectiva, que se manifiesta con independencia de la gravedad del hecho referido. Más bien depende del cuanto afecta a nuestro bolsillo. Nos conmociona más la congelación de los salarios que la muerte prematura y evitable de miles de niños. ¡Así somos¡ Por otro lado, nos hemos habituado no sólo a la violencia sino que además al fraude, a las especulaciones carroñeras de ciertos empresarios, al cinismo socarrón del político ignorante y de escasa catadura moral que actúa con impunidad porque sabe que no le pasará nada, al verbo farsante de los representantes públicos, a que una señora nos trate como a monigotes. La verdad es que la capacidad adaptativa de nuestra especie no tiene límites. ¡Esto sí que es adaptación al medio, y no lo que hicieron nuestros ancestros los australopitecos!
El otro día, para ilustrar mi crítica y que no crea el lector que estoy inventando, en una conocida emisora de radio la presentadora de un programa de gran audiencia dijo, tras hablar largamente en un tono apocalíptico de las miserias del pueblo griego, concluyó rápidamente diciendo: “Dejemos de lado Grecia, Merkel y lo arruinado que estamos y hablemos de fútbol” Acto seguido se entregó con entusiasmo y alegría a comentar los últimos resultados de la liga. La ausencia de pasión y de convencimiento les permite a estos profesionales pasar du coq à l’âne, dicho en cristiano, pasar de un tema a otro sin transición, aunque los temas sean diametralmente opuestos. ¿Y nosotros? Pues nos encogemos de hombros y seguimos el camino de la resignación. Cuando el miedo entra por la puerta la dignidad sale por la ventana.
El éxito de los medios sólo se pude entender si comprendemos nuestra propia ignorancia. No tenemos elementos para descifrar los mensajes, de esta manera para los medios resulta más fácil cualquier tipo de manipulación. “Salió en la tele”, esta frase legítima todo acontecimiento, basta con aparecer en la tele o ser publicado en algún periódico de pacotilla para convertirse en verdad absoluta. Creo que ni Dios, a lo largo de su prolífica trayectoria como guía espiritual, ha conseguido tanto conceso entre sus adeptos.
Para lograr sus objetivos los Medios buscan constantemente el consenso. La información la recibimos por un solo canal ideológico, sin matices ni fisuras. Existe una aceptación del discurso impuesto, y si por casualidad surge alguna voz disonante el Sistema tiene todos los mecanismos de control ya dispuestos. El Estado contempla un porcentaje de falibilidad en su gestión, por eso de vez en cuando nos encontramos con algunos “desmadres sociales”: protestas, ocupaciones, huelgas, o con un resquicio de libertad en boca de algún tertuliano o columnista “indignado” que se rebela contra los poderes y se permite algunas críticas. Todo esto es posible sólo en la medida en que los poderes tienen todo controlado, es más, necesitan esta salidas de tono (son una válvula de escape) Incluso podemos ver y escuchar al frente de programas de gran audiencia a periodistas críticos que hacen gala de libertad e independencia. Pero, por otro lado, las voces disidentes, las de verdad, tienen escasa presencia en las tribunas públicas. ¿En qué mesa tertuliana oímos a Arcadi Oliveras, Esther Vivas o Ignacio Ramonet? En muy pocas. Se les nombra o cita solo cuando son noticia, o se les invita muy de tiempo en tiempo a algún debate cuya presencia es ineludible.
¿Por qué hoy en día los Medios tienen tanta influencia en nosotros? Como ya lo señalé anteriormente, el pilar fundamental de control es nuestra ignorancia-programada. Para poder entender esta situación debemos saber que sólo una pequeña parte del conocimiento y del aprendizaje se adquieren de manera directa, es decir, por medio de los sentidos y de la experiencia, el resto de nuestro acervo está constituido por el estudio, la observación y el razonamiento, entre otros. Esta dinámica ha hecho posible los grandes avances y constituyen la memoria colectiva duradera. Hoy, sin embargo, este proceso está en manos de los Medios, que tienen la potestad casi exclusiva de la transmisión del saber y del conocimiento. Antaño esta dinámica estaba en manos de las llamadas estructuras tradicionales de normalización: la familia (en cuyo seno convivían hasta tres generaciones, lo que permitía un nutrido traspaso de saberes) la comunidad y las instituciones educativas. Hoy, el Yo social está construido casi exclusivamente por los Medios y no por la comunidad, y la experiencia directa es cada vez más virtual y guiada.
El tratamiento que hacen los Medios de la información nos muestra una realidad hecha sólo de sucesos, crisis, escándalos financieros y estafas. Ah! y como no, de futbol. La realidad es solo lo que muestra la televisión, se excluye todo lo que no sale en ella. Ya sé que es difícil definir lo que es la realidad ya que está sujeta al análisis subjetivo de los actores, pero lo que hacen los Medios es simple y llanamente perverso y retorcido. Así, nos encontramos con que la realidad está hecha a semejanza y capricho de quienes nos gobiernan. Diseñan el mundo a través de los medios que nos (des)informan, gracias a la tecnología, en tiempo real y en permanencia. Lo hacen empleando un lenguaje pragmático plagado de tecnicismos incomprensibles, la prensa no invita a la conciencia ni alude a la razón. Este descalabro informativo se hace a través de una comunicación sintética en donde se evaden los contenidos de calidad. Está elaborada desde una perspectiva unilateral, en donde se expone un solo punto de vista y no se muestra el proceso total (en donde se analiza causas y efectos) Pero hay una lógica detrás de tanta manipulación y un principio moral: Somos demasiado estúpidos para entender y aun más para tomar decisiones. “hay que domesticar al rebaño desconcertado” ¿y Cómo? Pues movilizando a la opinión pública alrededor de conceptos vacios de contenido como el crecimiento económico, el bienestar, la patria (aunque ahora es Europa), la competitividad y otras patrañas. Se trata de crear lemas o consignas que no creen ninguna oposición, y así sentados frente al televisor masticamos religiosamente el mensaje “el rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee y para ello habrá que distraerlo”. Es necesario emplear la ingeniería del conocimiento, es decir el arte de manipular opiniones, que según Edward Bernays de la comisión Creel, es la base de la democracia. Para obtener el favor del rebaño desconcertado hay que motivarlo y que mejor que con el miedo.
Este tipo de tratamiento informativo, cavernícola y tendencioso, tiene su génesis en la propaganda utilizada por las dictaduras y las democracias sátrapas. Fue durante la Primera guerra mundial cuando tuvo lugar la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un estado. Fue en bajo el mandato de Wilson en 1916. Por entonces la población americana, desprovista de todo aire belicista, no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea. Sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto, por lo que había que hacer algo para inducir en la sociedad la obligación de participar en el conflicto. Se creó para ello una persuasiva comisión de propaganda y bastaron pocas semanas para que la opinión pública adhiera a las intenciones bélicas de sus dirigentes.
Entre “las técnicas de persuasión invisible” (siendo la propaganda y la publicidad las más importantes) encontramos también los sondeos que se han convertido en un instrumento imprescindible para mantenernos el miedo bien metido en el cuerpo. Los sondeos tiene el valor añadido de ser la voz del pueblo, lo que les da mayor credibilidad. No sé si usted, querido lector, se ha dado cuenta que constantemente los medios se hace ecos de sondeos realizados por “prestigiosas instituciones: “según un sondeo realizado por un prestigioso centro de investigación, los españoles somos, tenemos, estamos, adolecemos, etc. (e cambia el verbo según et tema sondeado) Los resultados son siempre espectaculares y nos encontramos “entre los más” si es negativo o “los menos” si es positivo, sólo sirven para justificar el alarmismo y mantener el clima de desazón en el que vivimos. Los sondeos crean opinión y, mira que casualidad, siempre negativa y alarmista.
Pero, no creo que los señores que nos informan sean cómplices conscientes de un plan global de lavado de cerebro, no. Pienso, más bien, que son víctimas de la presión de sus amos (que son por lo general multinacionales o entidades financieras que nada tienen que ver con la prensa) de su propia mediocridad, de un tratamiento poco riguroso de la información y tal vez de una falta de escrúpulo. Son simples monigotes, como mucho de nosotros. Sin embargo, el hecho que la prensa sea toxica y perversa no nos excluye de nuestras responsabilidades. No somos culpables, pero en cambio sí somos responsables de nuestra propia ignorancia y borreguismo, de nuestro ensimismamiento e indiferencia, cada vez mayores. Al contrario de todas las otras especies que habitan este planeta, los humanos somos animales racionales, capaces de elaborar pensamientos complejos, y de rodearnos de un universo simbólico construido a nuestro antojo, así que no podemos eludir ninguna responsabilidad, personal o colectiva.
y ¿Que podemos hacer? Pues ni idea. La verdad es que no es santo de mi devoción dar recetas o decir lo que debemos hacer, no faltaba más. Pero tampoco me agrada quejarme sin más, a semejanza de quienes estoy criticando. Para empezar podríamos intentar adoptar una mirada crítica siempre acompañada de una actitud proactiva y buscar otros canales de información, en internet, por ejemplo, en donde soplan algunas bocanadas de aire libre.

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