Progreso ¿Dijo usted progreso?

Cada vez que nos asomamos a la historia de nuestra especie lo hacemos desde la perspectiva del progreso y del desarrollo, sin que por ello entendamos lo que son realmente. No pretendo aquí definirlos ni mucho menos. Pero desearía, desde mi supina ignorancia, desmitificar esos dogmas esenciales que parecen determinar nuestras vidas.
Desde nuestro púlpito occidental tendemos a pensar que el modo de vida que hemos alcanzado es muchísimo mejor que el de nuestros antepasados. Puede ser cierto desde una perspectiva etnocentrista domínate que en cuyos análisis considera únicamente a los habitantes de Europa, Estados Unidos o de otros pocos lugares pero que solo representan el 20% de la especie. Además, gran parte de los análisis que se hacen acerca de la evolución están planteados en términos casi exclusivamente cuantitativos y la premisa principal que se aplica es cuanto más mejor. No llenamos de orgullo y nos sentimos enormemente realizados, cuando leemos datos como los publicados por la WWF que afirman que en la actualidad tenemos de tres mil a cuatro mil objetos en nuestros hogares, algo así como 15 veces más que nuestros abuelos. Y por otro lado nos llevamos las manos a la cabeza con horror cuando escuchamos que por la primera vez nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Pero, no siempre más rima con mejor, muchas veces es disonante y contraproducente
En mis eternos arrebatos de optimismo yo también pensaba que la tendencia natural de la sociedad era ir a mejor. Eso si, yo esgrimía argumentos menos incorpóreos tales como el incremento de la libertad, la incorporación de la mujer al trabajo, la educación obligatoria y gratuita, el mayor acceso a la cultura y a la sanidad. Sin embargo, Juan Luis Arzuaga, antropólogo y divulgador, se encarga de desmitificar tanta maravilla cuando afirma que “Desde los agricultores-ganaderos del Neolítico hasta el medio urbano actual no se ha dado ningún indicador biológico que evidencie que el paso del Paleolítico al Neolítico haya mejorado nuestra calidad de vida. Más bien fue un retroceso: más enfermedades, más horas de trabajo, más mano de obra y, en cambio, bajó la rentabilidad, incluso la estatura; y la condición de la mujer, a mi parecer, también se degradó. Ni viven más, ni viven mejor. No le veo ninguna ventaja, que quiere que le diga. Puestos a escoger… Otra cosa es una sociedad del primer mundo como la nuestra: tenemos asistencia médica, más posibilidades culturales.., pero todo esto es reciente y sólo para una parte muy reducida de la humanidad…lo que nos rodea, es Neolítico en estado puro: producción de alimentos, excedentes, intercambio, economía, sentido de la propiedad, civilizaciones, imperios…”.
Es verdad que temas como la esclavitud han evolucionado mucho. Efectivamente, ha corrido mucha agua bajo el puente desde que se cogían en África a jóvenes y robustos especímenes de homo sapiens y se les metían en galeras rumbo a América ¡Gracias a Dios que algo ha cambiado! Primero que nada hoy existen dos categorías bien diferenciada de esclavos: Nosotros y los otros, los del Sur a quienes se les explota in situ o vienen “por voluntad propia” en pateras, o escondidos en camiones. Para estos últimos la situación no ha cambiado en nada desde hace cientos de años. ¿Qué no me cree? Pues le invito querido lector a que vea el documental “Sangre en el móvil” que circula por en internet y después dígame si he exagerado. No, no es una pequeña mancha en un océano de progreso. Casi todos los productos manufacturados que se realizan en el Sur son hechos con mano de obra esclavizada, ¿Que sigo exagerando?, pues hurgue en el ciberespacio y ahí encontrará pruebas de sobra en forma de documentales.
Y luego estamos nosotros que pertenecemos a otra categoría de esclavos algo más moderna, donde el maltrato y la tortura (en este caso sicológica) son más sutiles: Ora te despido, ora te reduzco las horas de trabajo…o no, mejor te amenace con un ERE a ver si así te quedas tranquilo. Hasta que un día llegamos al trabajo y el jefe nos espera con el rostro compungido con una carta en la mano y un talón en la otra mascullando un “Lo siento. No es nada personal” Y nos quedamos, en la calle con el trasero al aire, una hipoteca que pende sobre nuestra cabeza y como único apoyo el de nuestro clan. Eso si, muchos esclavos modernos, cuando están bajo la tutela de un amo (trabajando y con contrato), gozan de regalías impensables para los colegas de antaño. Tienen coche, casa en propiedad (del banco), tele de plasma (encargada de lobotomísarnos) y hasta vacaciones pagadas. Para mantenernos dominados la modernidad ha cambiado los grilletes y el látigo por créditos y circo.
Y a propósito de circo, hay que ver lo poco que hemos cambiado, si hasta hemos conservado los rituales catárticos. Lo que antaño eran el Circo (Romano) La quema de brujas (La inquisición) ahora son el futbol, las macro fiestas con botellón incluido, los reallitys o cualquier pantomima mediática.
He querido acotar mi pseudo tesis a algunos temas que a mi parecer son relevantes:
La alimentación
En poco tiempo (solo unos diez mil años) hemos pasado de la ingesta de carroña y granos, de la caza y la recolecta a la sofisticada comida de diseño o a la comida chatarra, según el bolsillo del comensal.
Las primeras fuentes de alimento que nos proporcionaban energías y proteínas provenían de frutas, verduras, raíces y nueces. Luego, hacia el paleolítico, la alimentación se volvió más eficiente gracias a la carroñaría, la cacería y la antropofagia. Dicen por ahí los eruditos que en el Paleolítico, hace unos sesenta mil años, la alimentación era mucho más equilibrada, Fue justo antes de que nuestro modo de alimentación pasara de la extracción (recolección caza) a la producción (agricultura, ganadería). Al parecer el paso del Paleolítico al Neolítico marcó el principio de un paulatino deterioro de la dieta.
Fue en el Paleolítico cuando se estableció nuestra estructura genética que prevalece hasta hoy y que establece las necesidades nutricionales. Ahora bien, desde el Neolítico (con la agricultura y la ganadería) comenzó una lenta modificación de la dieta, sin que por ello se haya modificado la estructura genética, y se produjo según Juan Luis Arzuaga una discordancia evolutiva entre la estructura genética humana y los cambios de alimentación ocurridos en los últimos diez mil años intensificados con la revolución industrial. Hablando en cristiano, la dieta actual no corresponde a las necesidades nutricionales de la especie, ni en cantidad ni en calidad.
Los estragos de esta discordancia evolutiva son evidentes: En occidente los problemas de sobrepeso ha alcanzado dimensiones de epidemia (Los obesos constituyen más del 30% de la población occidental) Aquí en el norte nos hemos convertido en glotones, y despilfarradores, o dicho con otras palabras nos alimentamos de porquería y, tiramos casi la mitad de los alimentos que compramos. Así lo asegura Tristram Stuart autor del libro Despilfarro :”Sólo con la comida que desperdician EE.UU. y Europa se podría solucionar el problema del hambre en el mundo entre tres y siete veces y evitar la pérdida diaria de más de 25.000 vidas humana” Por donde lo miremos, el modelo de alimentación actual está lejos de ser sano y equitativo. Al menos, en la prehistoria los escasos recursos eran repartidos de manera bastante equitativa entre los miembros del clan.
Por supuesto, también están los otros, aquel billón (si, con B) de personas que sufren de mal nutrición o que, según la FAO padecen de un estado permanente de inseguridad alimentaria, y cuyas causas se conocen sobradamente, y no son todas naturales, se lo aseguro yo.
La crueldad
Este rasgo tan humano siempre ha despertado la curiosidad de los estudiosos de la evolución. Cuando miro a mí alrededor creo que la crueldad es un comportamiento humano que ha resistido a las inclemencias de la Historia. Como primera acepción podemos decir que la crueldad es la respuesta emocional de indiferencia o placer frente al sufrimiento y dolor de otros o la acción que innecesariamente causa tal sufrimiento o dolor. Tradicionalmente se le atribuye a culturas primitivas, que según dicen practicaban el canibalismo, los sacrificios humanos y otra “atrocidades”. También se considera un paradigma de crueldad a la Inquisición cristiana o al nazismo. Pero, si hurgamos en la historia reciente encontramos actos de crueldad equivalentes, y a las pruebas me remito: las formas de explotación de minerales estratégicos que se encuentran en su mayoría en África, la explotación sexual de menores y mujeres, la crueldad hacia los animales en los modos de explotación intensiva u otras prácticas, el trafico de mano de obra barata. La indiferencia es otra forma de crueldad. Vale que ya no nos matemos a mordiscos, pero aun hay quince países que fabrican con toda impunidad bombas antipersonas especialmente diseñadas para matar a niños (de colorines y formas atractivas para llamar la atención de los pequeños) Cada año, en la isla de Feroe, en Dinamarca se lleva a cabo con inaudita crueldad la matanza de miles de delfines calderones por parte de adolescentes que celebran así un rito de paso que simboliza la llegada a la edad adulta. ¡Pura tradición! Y por aquí, en tierras ibéricas aún hay algunos descerebrados que creen que las corridas de toros son una tradición y que deberían enorgullecernos y claman para que sean proclamadas patrimonio de la humanidad.
La desigualdad
Solemos afirmar que la democracia y el progreso han traído más igualad. Permítame que ponga en duda la validez de esta premisa. Es verdad, lo reconozco, hasta bien avanzada la era industrial la sociedad estaba plagada de terribles desigualdades que alcanzaban a una gran parte de la población, mientras que una minoría se enriquecía de lo lindo. Reinaba la pobreza extrema, el trabajo infantil generalizado, la insalubridad en los lugares de trabajo y en los hogares, la mala alimentación que diezmaban sobre todo a la población infantil. Pero mire usted lo poco que ha cambiado la cosa: resulta ser que son hoy las mismas condiciones de trabajo y vida de miles de personas, principalmente mujeres y niños, que se dejan la vida y la salud trabajando en talleres inmundos para que nosotros podamos ir por el mundo guapos y a la moda. ¿Más desigualdad? Aquí va otro ejemplo: El Premio Nobel de Economía Paul Krugman asegura que 25 ejecutivos de las compañías de inversión más importantes de Wall Street ganan tres veces más que la suma de los sueldos de 80 mil maestros neoyorkinos;
¿Más?: Según el Índice de Desarrollo Humano (IDH) la mayoría de la población mundial es pobre. Pero no deseo, querido lector, aburrirlo con cifras, internet está lleno de información muy ilustrativa acerca del tema.
La mujer
Otro aspecto de la evolución humana que muestra lo poco que hemos cambiado es la condición de la mujer. En recientes hipótesis, algunos antropólogos demuestran que eso de la supremacía del varón no es algo ancestral. Al parecer en la Prehistoria el sustento de la prole era proporcionado en partes iguales por hombres y mujeres. Las mujeres se dedicaban a la caza menor (conejos, pequeños roedores) esta practica aunque proporcionaba un aporte energético menor era constante y segura, es decir más eficaz. En cabio la caza mayor, que practicaban los hombres, era más aleatoria. Hay quienes especulan asegurando que el hombre practicaba la caza mayor más por alardear de fuerza y poderío que por proporcionar el sustento al clan.
Obligadas por imperativos económicos las mujeres han tenido, con una sonrisa en el rostro, que incorporarse a la vida laboral. De ese modo, a su tradicional role de procreadora, criadora y responsable del hogar ahora la modernidad le impone el rol de productora sin que por ello se le halla eximido de algunos de sus roles tradicionales. Consecuencia: Sufre una doble jornada de trabajo, y es esclava de una imagen denigrante (sexi, joven y guapa). La incorporación de la mujer al mundo de trabajo le ha proporcionado poco rédito. Hoy el porcentaje de mujeres en puestos directivos es ridículo, tanto que la Comunidad Europea tuvo que obligar, mediante decreto, a la paridad y eso que hoy el porcentaje de mujeres con estudios supriores es mayor al de los hombres. Ah, se me olvidada, las mujeres, según estudios realizados, a trabajo y cualificación igual ganan menos.
En definitiva podemos afirmar que, en el mundo desarrollado, dejando de lado la maquina de lavar (maravillosos invento, por cierto), los platos precocinados (que aligeran la esclavitud en la cocina, pero empeoran nuestra dieta), el derecho a voto, la píldora anticonceptiva (que marcó un antes y un después en la sexualidad de la mujer occidental), de poco podemos jactarnos.
Ni que hablar de la situación de una gran mayoría de mujeres que malviven en otras latitudes. Siguen siendo victimas de prácticas ancestrales criminales tales como la ablación, el matrimonio forzado de las niñas-novias, la ausencia total de libertad en países como Afganistán o Irán, la lapidación, la explotación sexual, la exclusión de la vida pública, de la educación o de la sanidad. La mayoría de estas prácticas son protegidas y alentadas por la religión, la familia y el Estado. No nos engañemos el mundo continúa siendo masculino.
Depredadores
En su infancia, nuestra especie era ya una experta depredadora. La naturaleza y un aparato cognitivo único y privilegiado la pusieron a la cabeza de la cadena evolutiva. La pericia en estas artes le aseguró la supremacía y por ende la supervivencia.
En algún momento de nuestra historia llegamos a pensar que el papel civilizador de la cultura había acabado con esa práctica ancestral tan poco honorable. Pero, mire usted por donde, algunos miles de años después seguimos acechando y cazando como locos. Eso si, con mayor pericia y sutileza. Además, ya no practicamos solo la depredación inter especie, y he aquí la novedad, ahora también la practicamos intra especie, es decir entre nosotros mismos. A modo de ilustración que mejor que la imagen de los banqueros, voraces e implacables cómo el más rancio de los depredadores, que a lo largo y ancho del planeta descuartiza moralmente a miles de personas. También la predación entre congéneres se da con natural cotidianeidad en el mundo de trabajo. ¿El depredador?, ese jefecillo inepto y mediocre que practica impunemente el acoso laboral obligando a sus presas a cumplir jornadas demenciales o imponiendo tareas inalcanzables, que ellos llaman “objetivos”, que no son más que el equivalente de los latigazos que recibían los antiguos esclavos. Esta situación está alimentada, por nuestro conformismo aletargador y por el miedo, hoy exacerbado por la crisis.
A modo de conclusión
Vamos a ver, siempre podemos hacer una lectura positiva de la evolución humana si pensamos que el mundo es sólo occidental, blanco, católico y masculino…pero no es así. Millones de personas, que no son ni católicos ni occidentales, ni blancos y que son la mayoría, malviven en condiciones infrahumanas. Y a los números me remito. El 80% de nuestros congéneres se tiene que conformar con el 20 % del pastel, y seis son los amos que acaparan el 59 % de la riqueza. Según datos oficiales cerca de mil millones de seres humanos viven con menos de un dólar al día, cerca de cuatrocientos millones de niños sufren de malnutrición, dos tercios de los novecientos millones de analfabetos son mujeres. Cada día mueren treinta mil niños por causas evitables. A pesar de los esfuerzos de las ONG aun hay más de mil millones de personas que no tiene acceso al agua potable. Y así, suma y sigue.
Aunque son muy recientes, pocos conceptos gozan de tanto prestigio y cuentan con tan pocos detractores como son el progreso, la modernidad o el crecimiento. Están sobredimensionados y llevan intrínseca la aceptación y la fe ciega. Pero, a mi me cuesta aceptar los avances de la ciencia, los viajes del hombre a la luna, las maravillas de las tecnologías de la comunicación, si aun siguen muriendo miles de personas por enfermedades evitables o que miles de seres humanos pasen hambre mientras que aquí nos peleamos con la obesidad, o que las mujeres sigan siendo tratadas como mercancías, ya sea por religión o en aras de una imagen. No puedo disfrutar de mi móvil de ultima generación sabiendo que está hecho con trabajo esclavo. No podemos seguir construyendo nuestra civilización con esclavitud.
No olvidemos tampoco que progreso y modernidad son también el control tecnológico por medio de los chips que pretende cercenarnos la libertad. También lo son la bomba atómica, el estrés, la falta crónica de tiempo, las bombas antipersonas, la comida chatarra, la tele basura, la prima de riesgo, los OGM (organismos genéticamente modificados), el Prozac o la Coca-Cola.
Aunque somos una especie muy joven, hemos causado más estragos que cualquier otra. Aparecimos tardíamente en este planeta, hace solo un minuto en una escala de 24 horas, y no hemos perdido el tiempo ya que en tan sólo sesenta segundos hemos sido capaces de modificar el entorno con alevosía, conciencia y premeditación, más que ninguna otra especie.
Sin embargo, en un intento de reconciliarme con mi especie y como atenuante, quisiera señalar que los primitivos nunca sacrificaban más animales de los que necesitaban ni trabajaban más tierras de las que precisaban. Luchaban pero no desataban guerras, y sobre todo compartían. Todo esto me hace pensar que tal vez tanto desacierto no es intrínseco a nuestra especie. Tal vez solo estamos algo descarriados, y nos hemos equivocado en el modelo de civilización. Podemos achacarlo a que somos una especie adolecente y que con la madurez alcanzaremos la sabiduría y el sosiego. Qué manido y cursi suena esto último ¿No? Pero, mire usted, es lo único que me permite tener algo de esperanza. Y que quede bien claro: No pretendo desdeñar los logros de mi especie como los avances científicos en materia de salud que miles de hombres y algunas mujeres han alcanzado dejándose la piel y con escaso reconocimiento. Tampoco podría olvidar el formidable legado artístico dejado por miles de hombres y mujeres. Además no creo para nada en eso del determinismo. La única certeza que compartimos los humanos es que algún día desapareceremos de la faz de la tierra, mientras tanto puede suceder cualquier cosa. Nadie puede vaticinar el futuro, por más estudios científicos que se hagan, aunque todo parezca indicar que vamos mal. Mi propia ignorancia, que no es menor, me impide afirmar si el vaso está medio vació…o medio lleno. Me aferro al derecho a la duda.
Ya sé que mi análisis es vehemente y visceral, y con un asidero teórico bastante raquítico, pero exhorto a cualquiera que alarde de progreso, crecimiento o bienestar que demuestre si somos más felices, sabios, libres o críticos que nuestros antepasados.

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