Evolución: sí, hemos evolucionado mucho en egoísmo, también en avaricia.

 

Ayer de camino a casa un chico pedía en la calle, con sus rastas más o menos limpias en el pelo y su mochila. Para variar, me sentí mal al pasar de largo, pero luego pensé: bueno él ha escogido su esclavitud y yo la mía. Él se levanta cada mañana pensando en cómo conseguirá dinero para comer o vete a saber qué más, con su estómago por despertador, supongo. Y yo cada mañana asesinaría a mi despertador a pilas que me obliga a levantarme porque soy responsable y no falto al trabajo a menos que me esté muriendo literalmente, que me esclaviza de 9 a 7, y me permite pagar la hipoteca que yo misma me he impuesto.  Eso sí, con vacaciones pagadas, unas vacaciones que hemos convertido en necesidad cuando en realidad son un lujo, pero nadie quiere reconocerlo. Mi infancia apenas tuvo algunas vacaciones en el pueblo de mi padre, el resto fueron unos geniales veranos en la calle con el grupo de niños de los pisos de alrededor yendo y viniendo todo el día por la misma calle o el parque. O en la galería de casa, con mis muñecas, mis gomas de saltar y mis disfraces (una caja llena a rebosar de trapos varios que se combinaban de mil maneras fantásticas). ¡Ay, qué veranos tan estupendos! El súmmum ya era ir a la torre que vigilaba mi tía a jugar, pues había una gran avenida con pinos, donde hacíamos casas en el suelo con pinaza, y una fábrica de piensos abandonada desde hacía siglos que nos deparaba una aventura tras otra. Cuando no estábamos en una piscina de plástico, en la que nos metíamos todos a la vez aunque no hubiera sitio, y hacíamos juegos pasando baja el chorro de una manguera mis primas, mi hermano y yo. Eso sí que eran vacaciones. Y de fondo, cada tarde, Elena Francis dando consejos en antena… ¡Ah, y los Bravos cantando Un Rayo de Sol! Divino.

Sí, señoras y señores, hemos refinado el esclavismo, con un trasfondo de egoísmo puro y duro que no nos permite ayudar a nadie porque necesitamos el dinero para tener más dinero y para ir de vacaciones, y así poder presumir a la vuelta.

A mis cuarenta y cinco años he tenido la gran suerte de disfrutar algunas que otras vacaciones a otros continentes y ver mundos diferentes y otras formas de vivir y sobrevivir en apenas cuatro metros cuadrados una familia entera, pero también muchos veranos maravillosos leyendo libros y en compañía de mi familia, sin nada más que hacer que disfrutar del tiempo sin despertador. ¡Y no se acaba el mundo porque luego no tengo viaje que explicar o fotos de las que presumir!

Aunque tengo que decir que me siento egoísta con mi situación privilegiada: trabajo, casa, ocio, dinero para mis caprichos… Y todo por haber nacido en Barcelona. A veces me gustaría dedicar un poco de tiempo (no mucho, que soy avariciosa con mis días) ayudando a alguien, quizás gente mayor que está sola, niños sin hogar, pero me convenzo a mí misma de que no puedo sacar ya más horas a la semana. ¡Y sigo con mi organizada vida! Qué triste llegar a sentirse bien así, o no, pero claro esta sociedad nos dice que somos fantásticos y muy cool si nuestro preciado tiempo está ocupado con actividades tan estupendas como viajar, ir al cine, cenar en restaurantes a los que vamos con nuestros flamantes coches caros… ¡Qué pena! Pero no lo arreglo. Me lo impide mi carácter avaricioso: avaricia de mi tiempo y de mi buena vida. Me conformo con aportar un dinerito cada mes a una ONG que ayuda en la India a crear hogares para familias sin casa y dar formación a los niños y hacer hospitales… Todo bien lejos, que no me moleste. La madre Teresa de Calcula decía que había que hacer lo que se pudiera aunque fuese poquito, pero presiento que lo mío es birrioso, de birria, o sea poco menos que nada.

Este es mi caso particular, pero también me contento viendo que los demás no se quedan atrás. En mi ciudad todo el mundo viste bien, todos van de vacaciones, todos se compran prácticamente todo lo que les apetece, y se hipotecan, y salen a menudo, y ocupan todo su tiempo en cualquier cosa que luego pueden contar y presumir. Esto no es excusa, pero ayuda a sentirse mejor ¿verdad?

Me maravilla lo egoísta que es el ser humano. Pienso que puede formar parte de alguna manera de la supervivencia innata, pero no, es demasiado el punto al que hemos llegado. Lo de la avaricia ya no tiene desperdicio: empezando por uno mismo, y pasando por empresas y empresarios, bancos, políticos… y acabando por los más ricos que cuanto más ricos son más ricos todavía quieren ser. En estos tiempos de crisis ellos siguen ganando dinero, menos que antes, pero siguen ganando, y aún así no dejan de quejarse. Por favor, señores, que en este mundo hay muchas PERSONAS que no tiene recursos para poder comer cada día y cobijarse de manera adecuada.

La avaricia rompió el saco. ¡Qué verdad más grande! Como una catedral, que dirían las voces populares.

 

 

 

 

 

 

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