Lo que el tiempo se lleva

 

¿Cómo algo que escapa a nuestros sentidos domina con tanta tiranía cada acto de nuestra vida? Pregunta de difícil respuesta que nos hacemos cuando, presos por los avatares del tiempo, nos damos cuenta de sus efectos perversos: angustia, estrés.

Pero et tiempo no  siempre fue un instrumento de coerción. Por imperativos sociales el hombre desde muy temprano ha tenido que medir el tiempo y convertirlo en un instrumento regulador de la convivencia humana. Su evolución hacia un arma de presión va a la par con el advenimiento de la sociedad industrial. Pero, en realidad fue mucho antes, a mediados del siglo catorce,  cuando se impuso el reloj, convirtiéndose en un instrumento de poder.  Aquí se inició el fenómeno de autoaceleración del tiempo, alejándonos definitivamente de los ciclos naturales. A este respecto, estudiosos del tema han realizado una experiencia muy interesante: A los participantes se les pedía que cierren los ojos y cuenten un minuto,  la mayoría pensaban que los sesentas segundos habían transcurrido cuando aun falta la mitad.

Hoy, el tiempo, más precisamente su gestión, es uno de los elementos  más conflictivos de la sociedad a la vez que existen, gracias a la tecnología, todas las condiciones para vivir en perfecta armonía. Esta es una de las tantas paradojas que nos ofrece la vida moderna.

Por otro lado, si consideramos que el tiempo es una invención del hombre y que transcurre a un ritmo diferente para cada persona, podemos, entonces, soñar con un tiempo más humano y abogar por un equilibrio entre las necesidades sociales y personales en lo que a tiempo se refiere.

Todos los seres vivos tienen lo que comúnmente llamamos relojes biológicos o ciclos vitales marcados por patrones cíclicos dependientes de la naturaleza.  La principal función  de los ritmos biológicas es la de sincronizar los patrones de comportamientos del organismo con  el medio externo. Dan la estructura temporal a la vida.

En el transcurso de la historia se has desarrollado dos tipos de tiempo: el subjetivo que corresponde a una vivencia íntima directa. Es una experiencia inmediata que adquirimos mientras vivimos. Para cada uno de nosotros el tiempo subjetivo representa  nuestra manera de ser más intima, que no se puede comparar con la de los demás. Este tiempo tiene connotaciones cualitativas: puede ser agradable, lento, insoportable. No es lo mismo diez minutos junto a la persona amada  que pasarlos esperando el metro.  La valoración  y la  percepción de la duración son distintas.

Por otro lado existe el tiempo objetivo, simbólico, que marcan los relojes. Obedece a un ritmo homogéneo, monótono, cuya tarea es ordenar las actuaciones del colectivo humano. Cada día pasamos del tiempo vivido que sentimos (subjetivo) al tiempo cronológico marcado por la sociedad: Existe una diferencia irreconciliable, al menos en este sistema social y económico,  entre  estos sentidos del tiempo, ambos representan dos facetas de la vida humana.

A medida que la sociedad humana adquiría mas complejidad  el tiempo  ha sido regulado principalmente a través del tiempo simbólico, representado por marcadores temporales (relojes, calendarios,  cronómetros, horarios) qua a su vez, evolucionaron al ritmo de las necesidades sociales. El calendario, antes que el reloj, fue la primera representación simbólica que reguló la conducta de los hombres.

¿Es el tiempo un hecho objetivo impreso en la naturaleza?; ¿Es una peculiaridad de la conciencia humana? El debate está aún vigente,  por el momento solo podemos intentar definir su función social. Podemos asegurar, sin embargo,  que el hombre, empujado por intereses ajenos a su naturaleza, ha violentado su relación con el tiempo convirtiéndose en motivo de conflicto.

El tiempo en femenino

La mujer y el hombre han manifestado siempre diferencias en el momento de definir las prioridades temporales, aunque la creciente aceleración de nuestro estilo de vida toca a los dos por igual.

De manera general podemos afirmar que a través de la historia la mujer ha privilegiado el tiempo subjetivo, el hombre en cambio se ha inclinado por el tiempo simbólico, marcado por la rigidez del reloj y del calendario. Además la mujer tiene la capacidad de dar al tiempo una elasticidad y rentabilidad que el hombre no  posee. De ahí la creencia popular que asegura que “el hombre no puede marcar chicle y caminar al mismo tiempo” mientras que las mujeres pueden realizar varias tareas a la vez.  Mi propia experiencia da fe de esto último.

A lo largo de la historia se ha considerado, de manera tacita y explicita,  que el tiempo del hombre era más importante, mientras que la mujer asumió de manera “natural” las tareas menos gratificantes y menos valoradas.  De la misma manera que la mayoría de las mujeres consideran un privilegio aquella tarde pasada con sus hijos.  Para muchos hombres, aunque lo consideran importante, sin embargo no ocupa un lugar destacado en sus agendas. En el ámbito laboral las “inclemencias del  tiempo” parecen afectar más a la mujer que al hombre. En efecto, desde  que la mujer se incorporó al mundo del trabajo remunerado lleva sobre sus espaldas el peso de la doble jornada de trabajo.

La importancia del tiempo en el ámbito laboral

En la era industrial los marcadores temporales se convirtieron en un instrumento de poder absolutamente necesario para la organización económica.

El principal mentor de estos instrumentos fue sin duda el stajanovismo soviético, que impuso una “organización científica del trabajo” Esta  consistía en medir el tiempo laboral hasta los últimos detalles, imponiendo un trabajo intenso y cronometrado. A tenor de las estadísticas, podríamos asegurar que en los últimos cien años asistimos a una reducción del número de horas de trabajo real.  Pero lo que las estadísticas no desvelan es el incremento sustancial del trabajo real.  Desde hace medio siglo, la productividad de los trabajadores de los países más avanzados se ha duplicado, dicho de otro  modo, podríamos  producir el mismo bienestar en menos de la mitad del tiempo. De estas cifras se deduce, que cuando se incrementa la productividad se nos presenta la oportunidad reducir la jornada de trabajo y por ende tener más tiempo libre, pero no es así.  Cuentan por ahí que los Bosquimanos que ocupan las regiones  más remotas del desierto Kalahari  y que viven de la recolección recibieron de parte de una ONG herramientas que les permitían  incrementar la recolecta de frutos y granos. Pero estos, ni tontos ni perezosos, en vez de aumentar la producción prefirieron disminuir el tiempo dedicado al  trabajo y seguir produciendo lo mismo, es decir estrictamente lo necesario.   Lo entendemos cuando nos enteramos que estos indígenas son grandes contadores de historias, y se expresan de manera elocuente a través de la música, la mímica y el baile, ¿Qué es más satisfactorio, contar historias y bailar o trabajar?, al parecer ellos lo tiene claro.  Cuestión de prioridades.

Antaño, la concepción del uso del tiempo era distinta. Una vida “ociosa” dedicada al arte y la cultura, era de buen ver, hoy en cambio, una agenda atiborrada de citas y reuniones es sinónimo de prestigio.

Hoy, inducidos por la dinámica propia de la sociedad de consumo, optamos por ganar más dinero. Nos inclinaos por el “tener”, que nos proporciona en dinero en detrimento del “ser” que solo el tiempo nos lo puede dar: La sociedad está organizada para al individuo un estilo de vida en donde sobran los objetos materiales y escasea el tiempo.

El trabajo estructura todos los ámbitos de la vida: En ningún sitio como en el trabajo se libra una batalla más dura contra la vorágine del tiempo, provocando el desequilibrio de nuestros ciclos vitales: dormimos dos horas menos que nuestros abuelos, comemos en la mitad de tiempo y a horas disparatadas.  Aplazamos al máximo la maternidad, y hace muchos lustros que no contemplamos amaneceres ni nos emocionan los atardeceres.

El tiempo de nuestros hijos.

El problema del tiempo y su administración alcanza a los niños. Nuestros hijos e hijas, al igual que nosotros, están atrapados en esta “locura”. Así, nos encontramos con retoños que, entre  el cole, los deberes y las actividades extraescolares se encuentran con jornadas de trabajo que se prolongan hasta más allá de las nueve de la noche.

Los padres, con justo interés, deseamos ofrecer a nuestros hijos todos los recursos necesarios para afrontar  la jungla que les espera. Para ello los iniciamos en todo tipo de actividades “preparatorias”  que conllevan  un importante despliegue de recursos y tiempo en detrimento de la convivencia familiar.  Deberíamos enseñar a los niños a apreciar el tiempo “ocioso” ese que nos permite pensar, soñar, improvisar. Rousseau ya lo dijo: “Los niños tienen su propio modo de ver, pensar y sentir y nada más necio que hacerles cambiar su mundo por el nuestro”

Además, en su proceso de aprendizaje, de por sí muy deficiente, el niño invierte cada vez menos tiempo en la búsqueda de conocimiento, siendo este cada vez de menor calidad. Los pequeños engullen una cantidad “obscena” de información (no confundir con conocimiento) que no tienen tiempo de digerir. Desde siempre, la adquisición del conocimiento ha supuesto un esfuerzo, un camino sembrado de rituales que recorríamos con asombro y mucho apetito. Sin embargo, en este proceso se han abolido las fronteras temporales y espaciales, el contacto con los objetos tradicionales de cultura y conocimiento, con las personas susceptibles de transmitirnos su sabiduría.  Actualmente un clic sobre Wikipedia sacia toda sed de conocimiento, sin el romanticismo que debería acompañar este proceso. ¿Cuántos niños acuden a la biblioteca para consultar una enciclopedia, o tienen distendidas charlas con sus mayores? Muy pocos.

La desigual distribución del tiempo.

Cuando hablamos de la insostenible aceleración del tiempo olvidamos a menudo su aspecto desigual. Si nos detenemos a pensar, “los recortes temporales” siempre se ejercen sobre las actividades esenciales: descanso, alimentación, vida afectiva, desarrollo personal, a favor de actividades “contranatura” impuestas por el trabajo remunerado. Con natural resignación no nos importa prolongar  una reunión o trabajar hasta horas impropias. Pero cuando se trata de leer un cuento a nuestros hijos intentamos acabar “la faena” lo antes posible, no porque no lo deseemos sino porque toda la energía se quedó en el despacho. Sólo empleamos como media treinta minutos para comer contra las dos horas de antes. Según algunos expertos los norteamericanos han perdido como media el 40% de su tiempo libre, y trabajan al año casi un mes más que hace dos décadas.

La tecnología liberadora

Podríamos pensar, en un ejercicio de optimismo, que la llegada de la tecnología en nuestras vidas tendrá o mejor dicho, está teniendo, un impacto positivo.  En muchos aspectos así es. La modernidad ha puesto a nuestro alcance una inestimable variedad de artilugios entre cuyas principales tareas se encuentra la de ganar tiempo. No podemos negar lo que ha supuesto para la mujer la llegada de los electrodomésticos a sus hogares, o el ahorro de tiempo que nos ofrece el ordenador e internet, que otorgan la posibilidad de comunicarnos e informarnos con una rapidez y eficacia sin precedente. Estos instrumentos han abolido las fronteras temporales y espaciales, creando una nueva noción de atemporalidad que nos ha hecho también impacientes.

El ocio como regenerador de la fuerza de trabajo

“…El trabajo es la causa de toda degeneración intelectual de toda deformación organica…” (Paul Lafargue. Le droit à la paresse) El carácter antinatural del trabajo asalariado ha tenido, por lógica supervivencia, que desarrollar su antídoto: el ocio organizado.

Inicialmente el ocio era una categoría muy amplia que básicamente abarcaba todas las actividades a las que nos dedicábamos fuera del trabajo remunerado: descansar, leer, dar un paseo, mirar una película etc.

Sin embargo, hoy en día, en el ocio la espontaneidad y la improvisación no están incluidas. Cada instante, cada minuto están cuidadosamente organizados, cronometrados o inmortalizados en agendas. Tenemos un amplio abanico de posibilidades para no dejar ni un solo instante al azar. Las actividades que realizamos en ese tiempo son cada vez más sofisticadas e implican un enorme derroche de recursos y energía. Hemos aprendido, equivocadamente, que lo importante son las llegadas” y las “salidas”  y no la experiencia misma, no hay disfrute.

 

El mito de la eterna juventud

La obsesión por evitar el paso del tiempo es un tema que persigue al hombre a lo largo  de la historia. Hoy, esta obsesión se ha “democratizado” y la ciencia nos ofrece un sin número de alternativas para prolongar la juventud. Alentados por modas y valores basados en la belleza y la juventud, el fantasma de la vejez acecha nuestras vidas cada vez más pronto. Cuando, con timidez y casi imperceptibles asoman las primeras huellas del tiempo, reaccionamos con pavor.  Aun recuerdo que cuando me regalaron mi primera crema anti-arrugas, yo tenía tan solo 35 años, para mí fue como tener ya el pasaporte a la vejez.

Así, a los 30 suscribimos un plan de ahorro vivienda, a los 40 pensamos en un lifting y a los 50 dejamos de soñar con cosas tan descabelladas como cambiar de vida, de trabajo,  o volver a enamorarnos. El periodo óptimo se reduce a unos diez/quince años, y oscila entre los 25 y 35/40 años. En este intervalo debemos realizar todo aquello que antaño se realizaba a lo largo de toda una vida.

Apenas pasada la adolescencia miramos el futuro con desasosiego, el pasado con nostalgia, y el presente con inquietud. El paso del tiempo es un mal inevitable, y la vejez tiene un “no sé que” de indecente,  al menos así nos lo han vendido.

Tiempo para recuperarnos de los estragos del tiempo

La constante aceleración del tiempo ha provocado que tarde o temprano tengamos que acudir a especialistas para mitigar sus estragos: Psicólogos para el estrés, gimnasios para paliar las muchas horas pasadas delante del ordenador, masajistas para la fatiga y tensiones. Todo esto, evidentemente supone tiempo y dinero.

En muchos casos es una cuestión de prioridades. Cuantas veces escucho decir a alguien que no tiempo de leer, pero sé con certeza que puede pasar toda una tarde delante de la tele mirando futbol, o algún reallity. Que quede claro, no tengo nada en contra del deporte.

Por otra parte, no siempre somos capaces de distinguir lo importante de lo urgente. E incluso, aunque  admitamos la extrema importancia de ciertas cosas (pasar más tiempo con los nuestros, otorgarle más tiempo al acto de comer, a descansar etc.), pero al no ser urgentes las postergamos indefinidamente…hasta que nos pasa factura. En términos temporales vivimos bajo la tiranía de lo urgente, que muchas veces son asuntos superfluos. No deberíamos olvidar que tenemos una inclinación natural a satisfacer las cosas que nos procuran placer, pero que olvidamos muy pronto, en aras del proceso civilizador en el cual nos encontramos inmerso desde que nacemos.

Hoy el tiempo “pasa volando”,  mientras que antaño transcurría con natural parsimonia. Ni que hablar del afán enfermizo de rentabilizar el tiempo que nos gobierna como una maldición.  Nos movemos entre el “ganar tiempo” y el “no perder el tiempo”, como si se pudiera cuantificar de manera natural y sana. Hemos olvidado que lo que cuenta es el momento y no la hora.

 

¿Podemos hacer algo?

En realidad, lidiar con el tiempo no es nada fácil, pero a modo de humilde consejo puedo mostrar lo que a duras penas logro hacer:

Aprenda a decir “NO”, sin excusas ni mentiras.

Establezca “paréntesis temporales”, a la hora de comer, por ejemplo.

Disfrute de las esperas, es un buen momento para leer, observar el entorno, o lo que usted quiera.

Permítase tener “días sin planes”

Reivindique parcelas domesticas, como una manera de poner los pies en la tierra. Mis amigos se ríen cuando digo que lavar los platos para mí es un momento de relajación y reflexión.

En definitiva,  revelarnos de manera individual contra la tiranía del tiempo no es fácil, lo admito, pero cuando lo logramos, obtenemos una indescriptible y agradable sensación de libertad, se lo puedo asegurar ya que lo he conseguido, sin por ello descuidar mis “responsabilidades” sociales y laborales.  Al Intentarlo, no se pierde nada.

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