A modo de introducción

En el proceso de adaptación de nuestra especie hay tres factores que han desempeñado un papel esencial: la audacia, la creatividad, y la curiosidad. Lucy, uno de nuestros antepasado más viejo e ilustre, sobrevivió no gracias a sus herramientas, no tenía ninguna, sino a su audacia y a su decisión  de dejar la seguridad del bosque. Se adentró en la sabana en busca de mejores oportunidades esquivando a los depredadores, y a los innumerables peligros que representan los medios abiertos. Los otros parientes que se quedaron  en el bosque se convirtieron en nuestros primos los monos. Muchos antropólogos aseguran que la osadía de Lucy y la de quienes la acompañaron nos permitió continuar el camino de la evolución. Gracias a esta entrañable abuelita de tres mil quinientos millones de años hoy podemos presumir de ser poetas, ingenieros, o traficantes de armas, nuestra especie da para todo.

En la historia evolutiva de nuestra especie encontramos un lento, pero significativo, trasiego de usos y desusos de órganos y funciones, y una notoria modificación de la anatomía. Así, nos creció el cerebro y nos convertimos en bípedos. Con los miembros superiores liberados y, tras el desplazamiento del pulgar, llegamos a tener los dedos oponibles. Todo este “acomodo anatómico” nos permitió la fabricación de herramientas, el desarrollo del lenguaje  y de este modo emprender el largo camino que ha hecho de nosotros “la especie elegida”, pero nada de esto hubiera sido posible sin una enorme dosis de curiosidad e instinto creativo.   Pero,  en la senda de este mismo proceso  estamos perdiendo, por falta de uso, esas funciones vitales que en su momento fueron decisivas para la supervivencia de nuestra abuelita Lucy. Hoy la curiosidad y la capacidad creadora está reservada a un puñado de elegidos que se encargan de ejercer esta función en nombre de todos nosotros.

Cuando decidí emprender esta aventura  me dediqué  a analizar el potencial creativo de mis congéneres más cercanos, pura curiosidad. Cuán grande fue mi sorpresa al comprobar que a pesar de todo el potencial creativo que anda suelto por ahí, y a pesar de todo lo que hemos sido capaces de crear,  nos arrastramos por los rincones de la vida  como víctimas de  la monotonía y del “inmovilismo” mental. Nos cuesta más pensar que actuar.

Nuestras limitaciones en el campo de la innovación cotidiana se manifiestan con toda claridad en el momento de abordar y de solucionar problemas. Muchas veces convertimos en un problema los simples avatares que la vida nos impone como tributo, y derrochamos nuestra energía vital en lamentos y quejas. Hay otras maneras de apartar las piedras que en nuestro camino va dejando la vida, e incluso en algunos casos ¿para qué apartarlas? Podríamos atribuirles un noble uso.

Estoy profundamente convencida de que podemos solucionar muchos problemas de manera original y con un  coste menor del que sufragamos habitualmente, y con mejores resultados,  a condición, claro está, de estar dispuesto a romper con lo evidente, con “lo hago porque siempre se ha hecho así”. Un espíritu innovador se forja con una actitud crítica,  valiente y profundamente curiosa. Se trata de desterrar (tabúes), enmendar (vicios), adoptar (nuevas actitudes), recuperar (la infancia), atreverse (a cambiar).  Muchos verbos dirá usted, mucho trabajo digo yo.

Para navegar por la vida utilizamos cada vez más recursos ajenos en detrimento de los propios, lo que desvela con toda claridad la escasa confianza que tenemos en nosotros mismos a la hora de coger el timón. Al mismo tiempo que solemos mostrar una clara tendencia a recrearnos en nuestros problemas, nos cuesta desprendernos de ellos, son como una carta de visita, sin las cual adolecemos de identidad.

¿A qué podríamos achacar nuestros bajos niveles de innovación?

Entre todas las posibles causas, destacaría la falta de ideas, materia prima del pensamiento. Es paradójico comprobar lo mucho que nos preocupa el agotamiento de ciertos recursos naturales como el petróleo, por ejemplo, y no nos preocupa en lo más mínimo el agotamiento de las ideas. Créame, en términos objetivos, son mucho más importantes las ideas que el petróleo, con ellas siempre encontraremos respuestas a los problemas energéticos y de transporte, en cambio, ni con todo el petróleo del mundo podríamos solucionar los problemas creados por su uso y abuso sino contamos con las suficientes reservas de creatividad e innovación. Tras un proceso creativo, una idea acertada, derivada de un problema bien planteado, no supone obligatoriamente la utilización de nuevos recursos materiales. La creatividad se puede ejercer a partir de recursos ya existentes, se trata en muchas ocasiones de encontrar nuevos usos y combinaciones de elementos que ya tenemos en nuestro alrededor. Para ello es muy importante, esencial diría yo, que desarrollemos el mundo de las ideas.

El primer paso hacia una vida más gratificante por medio de la creatividad es romper con una serie de tabúes que acerca del tema tenemos. Está ampliamente comprobado que el creativo no nace, se hace, es una cuestión de actitud más que de un talento relevante. La prueba la encontramos en la curiosidad desbordante y en la creatividad arrasadora que manifiesta la especie humana durante los primeros años de vida, pero que muy pronto, y por necesidades de adaptación social, se van apaciguando poco a poco hasta casi desaparecer en algunos individuos.

Los retos que nuestra sociedad deberá afrontar en un futuro cercano son los referidos a la mente, a su uso y desarrollo. Es necesario potenciar y desarrollar nuestro acervo cognitivo más que continuar por el camino de los aspavientos tecnológicos. Nuestra sociedad debería detenerse a pensar en cómo darle un uso racional, inteligente e equitativo, a los logros materiales y tecnológicos que con tanto ahínco hemos sido capaces de crear. En nuestro universo cotidiano estamos rodeados de muchos más estímulos que nuestros antepasados ¿Por qué, entonces, a pesar de estos estímulos las mentes brillantes, ávidas, curiosas, bulímicas son cada día más escasas?

¿Es cierto eso de que la necesidad hace la astucia, y que deberíamos, tal vez, regresar a una sociedad menos “generosa”? ¿Podemos seguir  ignorando el “don divino” de la creatividad y del pensamiento con el que la naturaleza nos ha premiado?

Es necesario y urgente rescatar la capacidad innovadora de nuestra especie, la curiosidad y el ejercicio diario del pensamiento como reflejos vitales de supervivencia, tal como lo hizo Lucy.

Nuestra sociedad sólo sabe apreciar un cierto tipo de creatividad, aquella que está relacionada directamente con intereses económicos y de rentabilidad, y que es, en muchas ocasiones, tan inútil como absurda. Sin embargo, es incapaz de incentivar otro tipo de innovación, la individual, aquella que nace por iniciativa propia sin otro interés que el  inmenso placer de crear.

El arte de la creatividad para la mayoría de los individuos no significa desarrollar una creatividad talentosa, que como bien sabemos todos, sólo unos pocos tienen la dicha divina de poseer. No todos podemos, ni aplicando todas las técnicas conocidas, alcanzar el talento creador de Einstein, Dalí o Beethoven. Se trata más bien de convertirnos en seres “ocurrentes”, doctos en el arte de gestionar de la mejor manera nuestro día a día, de ser los artífices de una autonomía creativa, es decir, ser capaces de solucionar, en primera instancia, nuestros problemas con recursos propios. No creo que Talía, Calíope o Euterpe sólo tengan a bien visitar mentes portentosas y geniales. Con algo de esfuerzo también podemos, los ciudadanos de a pie,  deleitarnos de la fértil visita de las Musas. Todo, o casi, es una cuestión de actitud y voluntad.

Numerosas son las ventajas que la vida depara a una persona “ocurrente”, y también numerosos son los elementos intrínsecos pero desconocidos con los que contamos para convertirnos en seres creativamente fértiles. Es asombroso comprobar cómo el espíritu creativo, tras haber tomado conciencia de su  necesidad, se convierte en un reflejo de supervivencia, en una herramienta que acompaña la mayoría de nuestros actos, y que convierte nuestras  vidas en algo más divertido, agradable y simple.

 

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