Ser niña

  Mi madre abandonó la consulta del hospital con el alma hecha añicos y la esperanza derrotada.

            —Es una niña, le había anunciado el medico minutos antes, casi en un susurro, con la certeza de estar dando una mala noticia.  Era la segunda vez que pasaba por esto, pero su desconcierto fue el de una primeriza, tenía la secreta esperanza que esta vez podría burlar los malos designios, pero se equivocó. 

            Hace algunos años mi madre era la única mujer del pueblo que a pesar de estar casada, aún no había cumplido con el sagrado acto de la procreación. No por voluntad propia, no.  Sólo dios sabía cuanto ansiaba tener un hijo, pero su delicado estado de salud había desafiado a las leyes de la fecundidad.

            Hasta que por fin, tras varios años de espera y rogativas, quedó embarazada para regocijo de todos, ahora tan sólo quedaba esquivar el último obstáculo. El bebé tenía que ser un varón, lo contrario sería considerado como una deshonra para sus ancestros.

            Pero nació Yun Li, mi hermana, que por ser la primogénita fue aceptada, aunque a regañadientes, por la familia y el pueblo.

            Mis padres aún tenían  una segunda oportunidad, así lo habían determinado las autoridades chinas que desde hacía  unos treinta años sólo permitían un  hijo por pareja, a no ser que el primero fuese una niña,  en ese caso se les daba la ocasión de traer otro vástago al mundo, a modo de consuelo.

            Yo fui esa segunda oportunidad  que únicamente sirvió para incrementar la primera decepción.

            Ante semejante tragedia, mis padres tenían ante sí varias posibilidades, ninguna de ellas muy halagüeñas. Podían deshacerse de mí por medio de un aborto, dejarme nacer para convertirme en una niña “excedente” y abandonarme a mi suerte, al igual que a miles de niñas. También podían ocultarme, por vergüenza o precaución, y convertirme así en un ser anónimo de alma invisible  y privada de identidad.

            Aquella mañana mi madre volvió al pueblo, dispuesta a no decir nada a su familia política hasta hablar con su marido, que regresaba de las faenas del ampo al atardecer . Para eludir las preguntas inquisitorias mi madre les dijo a todos que el medico no había podido determinar el sexo del bebé y que tendría que regresar dentro de una semana. 

            Cuenta mi madre que por la noche, mientras todos dormían, debatió durante horas  con mi padre sobre mi futuros, cogidos de la mano sentados en el pequeño porche y como único testigo un cielo profundo y oscuro.  Finalmente decidieron desafiar a los ancestros, y plantar cara a los posibles desaires del pueblo y traerme al mundo como dios manda y con todos los honores. Fue así como seis meses más tarde aterricé, ignorante y feliz, en las tierras de mis padres y antepasados.     

            Mi madre dice que no más nacer mis ojos escupieron una mirada tan profunda que en ese momento nadie se hubiese atrevido a poner en duda mi derecho a vivir. Así vine al mundo, desafiante y orgullosa.

           Resistimos algunos años a las adversidades que mi nacimiento había desencadenado, pero finalmente mis padres cansados y sobretodos preocupados por nuestro futuro decidieron abandonar el pueblo. Primero fuimos a una ciudad más grande, y al cabo de un tiempo dejamos definitivamente la China.  Ahora vivimos en un país de esos que llaman libres y desarrollados, en donde cuyos habitantes se sienten orgullosos y satisfechos del suelo que les tocó pisar, pero  en realidad ignoran que están igualmente atados a fantasmas y miedos. Aquí  no matan a las niñas, claro que no, pero se les obliga a ser bellas, delgadas y complacientes y todo ello  para seguir siendo  ciudadanas de segunda categoría, al igual que fueron sus madres y abuelas, y que alguien me diga lo contrario.

 

 

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