CON EL ENEMIGO A CUESTAS

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Pues sí, puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que todos llevamos un  enemigo a cuesta.  Y eso  desde el momento mismo de la unión del espermatozoide  y del ovulo de nuestros padres.  No, no tenga miedo estimado lector, le puedo asegurar que  desde muy pronto aprendemos a convivir con él,  y la mayoría de nosotros logramos un especie de pacto tácito para que nos deje en paz,  aunque no siempre cumple, e incluso hay algunas personas, que no son pocas, que no tienen ni idea de lo que tienen sobre los hombros.  ¿Qué de quien hablo? Ah! Perdón, se me había olvidado desvelar su identidad…es el  cerebro.  Antes de continuar deseo aclarar que las reflexiones que expongo a continuación  no tienen ningún valor científico propio,  es puro empirismo, o reflexiones caseras. No vaya a ser que  venga  el  honorable colegio de neurólogos y me endose una querella por injurias y calumnias hacia su órgano estrella.

Pero vamos por parte, según la wikipedia el cerebro es el órgano mayor del sistema nervioso central y el centro de control para todo el cuerpo, tanto para actividades voluntarias como para actividades involuntarias. También es responsable de la complejidad del pensamiento, de la memoria, de las emociones y del lenguaje. Este enemigo nuestro es tan complejo que en sólo un centímetro cubico de materia gris hay tantas sinapsis (nexos entre neuronas) como estrellas en nuestra galaxia. Es el ecosistema menos conocido a la vez que el más complejo del que se tenga conocimiento. Y además, ¡Imagínese usted! controla y hace posible todo aquello que nos hace humanos. ¡Impresionante! Leyendo esto nadie podría dudar de sus buenas intenciones.

Pero, querido lector,  no se deje impresionar por los análisis reverenciales que hacen  del  susodicho los gurús de la medicina. En realidad estos 1.400 centímetros cúbicos de materia gris esconden un lado oscuro, que puede llegar a ser muy pero que muy oscuro y además retorcido.  Para todo bípedo civilizado  el cerebro constituye la herramienta de vida más importante, tal vez sea así, pero ignoramos  hasta que punto su control sobre nosotros puede ser nefasto. Vamos a ver, voy a intentar explicar este aparente disparate.

Dícese que el cerebro humano tiene la capacidad de almacenar todas las experiencias y cómo es sumamente astuto y organizado las guardas en distintos compartimentos que los expertos llaman subconsciente o inconsciente, según quien lo diga.  Ahí  guardamos tanto las experiencias de andar por casa, esas que se pueden recordar  sin gran esfuerzo, como también  los deseos, instintos,  vivencias que reprimimos y que nos resultan  inaceptables. El cerebro es algo así como un cajón de sastre. También tiene como cometido mantener un “cortafuego” que censura los deseos, el instinto; haciéndonos así más acorde con la realidad exterior, con los principios morales y éticos de la sociedad. Así se construye  la personalidad, en detrimento de nuestra esencia.

Si el cerebro  es el centro de control de todo el cuerpo,  el hipotálamo,  una glándula hormonal tan pequeño como una nuez, es el  mandamás. Esta pequeña glándula tiene funciones tan esenciales como la regulación de la energía, la temperatura, el sistema inmunitario,  el comportamiento sexual, el apetito, entre otros.

Pero,  de lo que realmente deseo hablar es de la mente, aquello que emerge del cerebro,  “su producto”   Es la responsable del entendimiento, de la  capacidad de crear pensamientos, de la creatividad, del aprendizaje, del raciocinio, de la percepción, de la emoción,  de la memoria, de la imaginación y de la voluntad Puf…de cuantas cosas. Hay quienes dicen que la  mente es el comportamiento de la materia, y hay quienes aseguran que  la mente es  algo paralelo y distinto a la materia,  con existencia propia.  Pero esto no es todo, al parecer  la actividad consciente de la mente es solo la punta del iceberg.  En realidad,  es en la parte inconsciente donde se encuentra “la madre del cordero” Y para más inri, aunque tiene el sartén por el mango  esta se deja  ver, o se vuelve consciente,  en contadas ocasiones.

Desde las honduras insondables del inconsciente,  la mente  se encarga, de manera sutil,  de gobernar nuestras vidas y de transformar las  vivencias  pasadas en pesadillas, en obstáculos que nos impiden avanzar, y lo que es peor, vivimos todo esto en la más absoluta ignorancia.   Y si, en un acto de valentía,  tratamos  de modificar todo aquello que nos hace daño  ahí está la  muy canalla erre que erre  machacándonos  el sosiego y aprovecha la mínima distracción para hacerme la vida imposible. No tranquila con meterse con las emociones también, y cuando puede, la mente se ensaña con nuestro cuerpo. Por falta de entendimiento, somatizamos con dolencias físicas.

Los malos momentos,  el cerebro los almacena y la mente se encarga de materializarlos convirtiéndolos en fobias, bloqueos, bulimia, anorexia, depresión, miedos,  paranoias, baja autoestima, etc. En realidad la lista es mucho más larga pero no deseo deprimir a mis lectores.

A menudo la mente, desde el subconsciente,  nos obliga a hacer o a decir cosas  que delatan nuestras  debilidades  y, por supuesto, en los momentos más inoportunos.  ¿Quién no ha sufrido  un sabotaje mental cuando se presenta a una entrevista de trabajo o acude a una primera cita? A menudo la mente se sirve del verbo para acometer sus embistes, ¿Quién no se acuerda cuando Zapatero se equivocó y anunció  “un acuerdo para follar” en unos de sus discursos”?

Claro que no todos somos maltratadores, fóbicos,  anoréxicos, neuróticos, pero si que estamos a la merced de los caprichos de la mente: nos bloquea, nos infunde miedos irracionales que no podemos explicar y que nos impide muchas veces desplegar todo nuestro acervo de manera sana y plena. Desgraciadamente por falta de conocimiento e ignorancia, cada vez que empieza a funcionar mal no la podemos “resetear”,  como a los ordenadores, pero solo por ignorancia nuestra.

Por otro lado, ¿Se ha fijado usted que  las experiencias que la mente utiliza provienen  de los  hechos más oscuros de nuestra historia personal?  Se nutre de las vivencias pasadas, y no de las más placenteras precisamente. En definitiva, la mala pécora se encarga de  distorsionar la visión del mundo, de robarnos la realidad, y machacar nuestro Yo a su antojo, ¿será masoquista esta dichosa tirana?

Siendo  la mente  tan frágil y vulnerable, y que  se resiente a la menor experiencia negativa,  ¿Cómo puede tener tanto dominio sobre nosotros?  La respuesta está en nuestra educación e ignorancia. Si nos enseñaran desde pequeños  a conocer nuestro cuerpo y a escucharlo tendríamos más control sobre sus funciones, y le aseguro yo que otro gallo cantaría.

Pero, modificar esta situación y tomar las riendas de nuestras vidas constituye un dispendio tan grande de energía y dedicación que la mayoría de los mortales renunciamos a esta batalla incluso antes mismo de librarla.  Es más fácil contraer un trauma que deshacerse de él.  Nos cuesta años de psicoanálisis y muchas veces con resultados más que dudosos. Y  hoy la principal forma de combatir los embistes de la mente son los fármacos, para alegría y regocijo de las farmacéuticas.

Pero tranquilícese querido lector, hoy en día hay muchos estudiosos del tema que piensan que eso del determinismo y de que estamos a la merced del cerebro y de su acolita  la mente son historia antigua y que podemos, bajo ciertas condiciones, vencer sus  “maleficios”

¿Qué no me cree? Pues bien, recientes descubrimientos científicos aseguran que el cerebro, tras un trauma, es capaz de repararse  a sí mismo  es la “resiliencia neuronal” o la Nueroplasticidad. Estos hallazgos  atribuyen a las células del sistema nervioso la capacidad de regenerarse anatómica y funcionalmente tras sufrir alguna patología  o trauma. De esta manera,  los   estudios realizados confirman la  reversibilidad del destino y aseguran que es posible esquivar las zancadillas de la mente.

Boris Cylunik, padre de la resiliencia y resiliente el mismo, siempre ha defendido la capacidad de nuestra especie no solo de  afrontar los infortunio de la vida sino que  asegura que podemos salir fortalecidos. Los traumas siempre estarán en la memoria, y no hay vuelta que darle, solo se trata de no someternos a ellos.  Cylunik asegura, por su propia experiencia  y por su erudición en el tema, que es posible. Para llegar a ello es necesario “encuentros significativos”  con personas que faciliten  la resiliencia.  Para él fue una maestra de escuela,  que lo escondió  de los nazis y le salvo la vida, para mi fueron dos personas que confiaron en mí y me indicaron el camino, cuando la cosa estaba más bien chunga.

Claro que no es tarea fácil ¡Qué va!  Se necesitan recursos internos, esfuerzo, un entorno solidario, un “nicho afectivo” sólido  y voluntad… muchísima voluntad.  No se trata de que cada mañana nos miremos al espejo e invoquemos a los dioses de la resiliencia para alcanzar el nirvana,  como vaticinan algunos gurús de pacotilla que circulan por el mercado esotérico, es algo más complejo.

Los factores que facilitan  la resiliencia no son solo genéticos. Está también la estabilidad afectiva, recibida durante los primeros meses de vida, y que configura la “confianza primitiva”, la familia, el entorno, la escuela.

Como ve, querido lector, hay herramientas a nuestro alcance que podrían vencer la tiranía de la mente. Eso sí, el precio por librar  esta batalla es muy elevado, pero no intentarlo es infinitamente  más oneroso.  Usted decide.

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