La mujer de piedra

LA MUJER DE PIEDRA

                “Lo que sostiene una casa no es una piedra sino una mujer” – declaró un señor el otro día por la radio y se quedó tan pancho, o más bien se quedó satisfecho y orgulloso de exhibir tanta simpatía paternalista hacia el sexo débil. Por supuesto que no podemos negar que lo dicho por este señor es el espejo de una realidad milenaria que se perpetúa hasta nuestros días, pero  desencadenó en mí un gran malestar, mucha rabia y lo que es peor me sentí víctima de un gran timo. Pienso que pocos roles que se nos han atribuido y que hemos representado a lo largo de la Historia nos ha favorecido realmente, y todo aquello que hemos conquistado son sólo migajas que el sistema patriarcal ha tenido a bien otorgarnos.

El camino hacia la igualdad y el reconocimiento (desde el punto de vista masculino) comenzó durante la Segunda Guerra Mundial con el famoso We can do it  que invitaba a las mujeres estadounidenses a incorporarse al sistema productivo para salvar la patria mientras los hombres andaban por ahí salvando a la vieja Europa. Y así, a lo tonto y sin darnos cuenta seis millones de  mujeres se pusieron a construir tanques, municiones, jeeps y otros artilugios bélicos. Durante este prodigioso periodo de igualdad las mujeres soportaron duras condiciones de trabajo, cobraban mucho menos que los hombres, y sufrieron, como no, acoso sexual. Lo peor es que en los años ochenta las feministas utilizaron este slogan como símbolo de la igualdad de género.

Aunque no soy feminista, me cansé de llevar sobre mis espaldas el peso del devenir de mi tribu y de la humanidad entera. Estoy harta de llevar a cuestas el Karma de la responsabilidad eterna y de sentirme culpable por no ser perfecta. No, no  me siento orgullosa de ser ciudadana de segunda venida a más por conveniencia de un sistema patriarcal. Me siento timada, ridícula y algo patética. Es como si un esclavo se sintiese feliz y satisfecho de su enorme capacidad productiva a la hora de recoger el algodón del amo, olvidando su condición, la pérdida de su libre albedrío, las humillaciones y los azotes recibidos.

No, no quiero ser la piedra que sostiene la casa que me impide ser Yo. No quiero ser abnegada, ni dócil, ni valiente por decreto patriarcal, tampoco deseo ser una gran administradora de los bienes de la tribu. Me niego tirar de mi prole sin otra ayuda que las migajas que nuestro generoso compañero nos ofrece, después -por supuesto- de haber cumplido con sus obligaciones laborales. Deseo poder exhibir sin miedo todas mis debilidades, fisuras y limitaciones.

Y si eligiese ser solícita, generosa, abnegada y perfecta  sería resultado de un camino personal muy meditado, o simplemente porque me da la gana, pero en ningún caso porque soy mujer y tengo un rol asignado de antemano.

Ahora bien, supongamos que exista una genética femenina que condiciona nuestro comportamiento diferenciándonos así de los  hombres. Pero, ¿por qué  esta diferencia debería servir de pretexto para justificar la falta de equidad entre los géneros? Creo  sobre todo que somos seres únicos, en donde el género, aunque importante, es sólo un factor más, que determina una identidad singular e irrepetible. Me gusta ser femenina, sensible y coqueta, pero al mismo tiempo me siento, independiente, vulnerable, capaz de decidir, de arriesgarme y de meter la pata. Quiero poder admitir que a veces las hormonas ganan las lides impuestas por la naturaleza y que atravieso por periodos de profunda contradicción sensiblera en donde no me aguanta ni mi sombra.

Seguramente quien escribió eso de que la mujer es la piedra que sostiene la casa lo hizo con toda la buena intención…o no. Lo que está claro es que ha querido desde su ignorancia dignificar nuestra condición de esclavas, pero en ningún caso cambiarla.

Para probar que somos seres humanos completos, con alma y un sistema cognitivo como corresponde, hemos tenido que aguantar lo inaguantable. ¿Por qué nos empeñamos en ser heroínas? ¿Cómo podemos disfrutar de tantos deberes y de tan pocos derechos? Confieso que prefiero ser yo misma, es decir, terriblemente imperfecta. Lo de super-woman lo dejo para las heroínas de culebrones o para alguna despistada que no se ha enterado de que las cosas deben cambiar.

Poco de lo que hoy dignifica a la mujer me parece válido. Sólo  sirve, de manera maquillada, siniestra y retorcida, para prolongar nuestra servidumbre. Aquella mujer que aguanta la miseria y los malos tratos no es abnegada, ni heroína, solo tiene mucho miedo y escasas herramientas para  defenderse y decir basta. No hay nada de poético en todo ello.

En ocasiones he pedido a mi entorno femenino que me explique por qué asumimos con tanta naturalidad la doble jornada de trabajo impuestas por nuestra condición. La respuesta es casi unánime: Es  que ellos no saben hacer nada, ¡los pobres! O lanzo otra pregunta, tan inocente como la primera: ¿Por qué en el devenir profesional nuestros maridos tienen la prioridad? No sabe, no contesta. Este tipo de reflexión o de silencio emana de cerebros de  mujeres del primer mundo, emancipadas económicamente e instruidas. Me parece a mí que hemos sacado muy poco rédito de la lucha feminista.

Es verdad que desde hace algunos años hay  un reconocimiento público del rol de la mujer en la sociedad, pero por el momento no es más que una tenue visibilidad empapada de demagogia. Bajo el pretexto de que podemos ocuparos de varias cosas a la vez, de que somos campeonas en resolver problemas y de que  gozamos del don de la ubicuidad, se sigue perpetuando nuestra condición. Sin contar que ahora somos estupendas, maravillosas y muchos otros  bla-bla edulcorados. El discurso ha cambiado de manera radical: de repente las mujeres pasamos de ser unas mantenidas con un cerebro incapaz de albergar a más de  una neurona, a ser el centro del universo masculino. Hoy, los hombres confiesan sin tapujos que sin nosotras no  son nada. Toda esa retórica oportunista no es un reconocimiento reparador de miles de años de sometimiento. ¡Qué va! Es solo la manera moderna y maquiavélica de mantenernos en casa (o en el despacho) y con la pata  quebrada. Continuamos siendo excluidas de lo público, y lo que es peor, lo aceptamos con resignación, aún se nos  trata como objetos y no como sujetos, aunque nos vendan lo contrario.

Mi intención no es cargarme al sexo fuerte, ni arremeter contra esta sociedad sexista e injusta, eso lo dejo para otra ocasión. Pretendo, sin embargo, llamar la atención de mis colegas mujeres, ya que siguen empeñadas en aferrarse  a su condición. Muchas de nosotras sentimos un placer casi masoquista en ocuparnos de la intendencia del hogar, en tratar al marido como a un hijo más al mismo tiempo nos sentimos realizadas porque ingresamos un salario cada mes en las arcas familiares. La verdad es que somos un chollo. Como forma de mostrar nuestro afecto nos ocupamos de satisfacer todas las necesidades vitales de la familia: ropa limpia, comida, casa organizada hasta los más mínimos detalles, hijos bien entrenados en el arte de no molestar a papá. ¿Compartir todo eso con mi  compañero? Ni hablar, es que él no puede, y además está tan ocupado. Nos han tendido una trampa y hemos picado. Muchas mujeres “emancipadas y modernas” van  por ahí ufanas fardando de sus cualidades intrínsecas tan superiores a las del hombre: ¡Qué va! si ellos  no pueden hacer dos cosas a la vez…si no, pídeles que mastiquen chicle y que caminen al mismo tiempo. Con una sola neurona ¡Imposible¡ (pues sí, ahora son ellos los que padecen de escases neuronal). Qué ilusas que somos, olvidamos que ellos son los que dirigen la economía y deciden nuestro estilo de vida. Vaya, que tienen el sartén por el mango.

Documentándome para escribir estas líneas encontré una joya  que  define “l’etat de grâce” en el que nos encontramos las mujeres:

“…Las mujeres tiene fuerzas que maravillan a los hombres.

Aguantan dificultades, llevan grandes cargas pero tienen felicidad, amor y dicha.

Sonríen cuando quieren gritar

Cantan cuando quieren llorar.

Lloran cuando están felices y ríen cuando están nerviosas”  

O esta otra joya: “Las mujeres luchan todos los días para hacer del mundo un mejor lugar donde poder vivir”.

Ignoramos hasta qué punto estas palabras son peligrosas además de tópicas. Dígame usted si esto no es la negación misma del ser humano. Cuando escucho sandeces como éstas me viene a la cabeza la imagen del dios Atlas sosteniendo la Tierra sobre su espalda, de solo imaginarlo me canso y sobre todo me siento víctima de un despropósito descomunal. ¿Cómo un ser humano, y que para más inri pertenece al sexo débil, puede cargar con semejante carga si no es en detrimento de su propia persona, de su propio yo?  Es un “yoicidio” en toda regla.  No es yendo por la vida con aire “herculiano” y resignadas que debemos reivindicar igualdad de derechos y oportunidades y una mayor equidad. La sociedad puede decir misa acerca de nuestro lugar en el mundo, pero de ninguna manera estamos obligadas a entrar en la iglesia. Y si lo hacemos, es bajo nuestra responsabilidad.

Dicen por ahí  que lo que la  mujer quiere es seguridad, pero olvidamos que esa necesidad primaria está inscrita en los genes de todas las especies animales, machos o hembras, atribuirle esa necesidad solo a la mujer es una manera de sometimiento: “Te protejo y a cambio te ocupas de todo”. No me diga usted que no era un acto de extrema injusticia y abuso cuando nuestros padres soltaban a nuestras madres cada fin de mes un sobre con un salario raquítico y ellas tenían que alimentar, educar y vestir a todo un regimiento, y pobre de ellas si no obraban el milagro. ¿Abnegadas? Sí. ¿Sufridas? Por supuesto. Pero, a pesar de lo vivido por nuestras antepasadas pienso que no solo seguimos arrastrando esa servidumbre ancestral heredada de ellas, sino que además nuestra situación ha empeorado, ahora asumimos una doble jornada de trabajo y una cantidad infinitamente mayor de responsabilidades.

Una mujer de letras, muy respetada, dijo en uno de sus discursos que “la misión de la mujer es dar y preservar la vida”.  Esta es sin duda una visión simplista y muy limitada acerca de nuestro género. Estoy convencida que somos mucho más que eso. Ser madre no es de ninguna manera una misión, es solo una cualidad que la naturaleza nos dio y que podemos utilizar a nuestra guisa. ¿Qué pasa con aquellas mujeres que por convicción han descartado de sus vidas la maternidad, haciendo uso de su libre albedrio? ¿No tienen acaso ninguna misión en la vida? Somos algo más que un útero fértil y acogedor, y me parece increíble que después de tantos años de lucha feminista aún tengamos que debatir sobre temas tales como la repartición de tareas, el aborto, la diferencia de salario y muchas cosas más.

No quiero seguir siendo valorada por lo que hago (cuidar de la casa, de los hijos, traer una paga, asumir un marido-hijo). Quiero dejar de hacer todo eso en solitario, deseo que mi compañero comparta esas tareas con total naturalidad y así  poder, de una vez por todas, moverme por terrenos más amables e equitativos.

Nosotras, mujeres del primer mundo, nos sentimos privilegiadas porque ahora se nos permite una cierta visibilidad en la esfera pública, y con esto olvidamos que el poder sigue siendo masculino con todo lo que eso significa. Y nosotras tan contentas porque en estos últimos cincuenta años se nos ha permitido el acceso a la educación, a un cierto poder de decisión, podemos votar y ya no tenemos que pedir permiso a nuestros maridos para trabajar. Podemos divorciarnos si lo deseamos, e incluso se inventó para nosotras la lavadora, los platos precocinados y otros artilugios que nos sacaron de una esclavitud arcaica y pasada de moda. Ahora somos esclavas con tecnología. Sin embargo, existen mecanismos ancestrales de sometimientos muy sutiles y perversos que aún persisten, y es ahí donde debemos actuar.

Hoy las reivindicaciones en defensa de la mujer continúan estando casi exclusivamente en manos de grupos de activistas, muy minoritarios por cierto. La protesta no se manifiesta de manera  individual y en el ámbito de lo privado. Pienso firmemente que la pelota está en nuestro tejado y que con un diálogo inteligente y sólido en argumentos y convicciones podríamos dar un paso adelante. Sin embargo, creo, tras escuchar a algunas mujeres, que el enemigo está en nuestras propias filas y que hay muchas mujeres que sienten una cierta autocomplacencia en asumir el rol  de heroína-mártir que se nos ha asignado.

Toda esta reflexión es  puro empirismo, no soy versada en temas de feminismo… pero mi intuición e instinto me dicen que las mujeres tenemos aún mucho camino por recorrer plagado de trampas y equívocos.

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