MI MULTICULTURALIDAD

Hace algunos días   tropecé en un vagón del metro con un joven que cantaba con una voz exquisita un bolero de Agustín Lara dile que la quiere dile que me muero de tanto esperar… que mi madre canturriaba hace más de cuarenta años en su Chile natal, a unos 15 mil kilómetros de Barcelona. Hasta aquí nada nuevo, me replicará usted, pues se equivoca, resulta que el joven cantante era rumano (lo sé porque le pregunté) lo que no le impedía, en un español algo macarrónico, dejar en esa canción su alma y tripas. Ni Agustín Lara lo hubiese hecho mejor. Mientras cantaba, acompañado de románticos movimientos pendulares, dos jóvenes franceses que estaban sentados a mi lado se preguntaban si aquel cantante callejero lo hacía en castellano o portugués. En unos pocos metros cuadrados y en el espacio de dos minutos soplaron por ese vagón aires cosmopolitas, ¿Será eso la multiculturalidad?

Soy hija de una diáspora, y desde que tengo uso de razón llevo pegada en mi frente una etiqueta en la que reza la palabra extranjera. Lo he sido en países muy diferentes, de los cuales he tenido que aprender usos y costumbres y, cómo no, la lengua. Soy meteca y no es fácil empezar de nuevo en un medio desconocido y por ende hostil, al menos en un primer tiempo. Los metecos somos los “otros”, aquellos que vienen de fuera y que jamás serán como los autóctonos, y esto nos perseguirá toda la vida como una piedra en el zapato. Por mi fisonomía anodina nunca, debo decir, he tenido problemas, algunas veces, mi acento raro me delata pero no provoca nada en el otro que denote rechazo.  Además por el hecho de haber cambiado de terruño tantas veces y desde tan joven no he tenido tiempo de cultivar raíces, de esas que alimentan la nostalgia, que nos atrapan y no nos dejan movernos. Con tantas idas y venidas tampoco ha cuajado en mí una cultura que me defina de manera rígida e inalterable. Soy como el fango que nunca acaba de cuajar y que es eternamente moldeable. No me aqueja ningún tipo de añoranza, lo que más me importa está por aquí. No tengo raíces ni cultura que me definan o etiqueten, soy del lugar donde me encuentro.

Por las venas de mi tribu corre sangre chilena, francesa, sueca, finlandesa, irlandesa, peruana, y rusa. Entre todos hablamos siete lenguas que van desde el catalán al finlandés pasando por el inglés y el español, sin olvidar el frañol o el catañol. En más de algún encuentro familiar hemos tenido que recurrir al traductor de google para entendernos.

Aprendí que entender e interesarse por la cultura de acogida, y hablar su lengua es una muestra de respeto y agradecimiento. Aunque parezca cursi, cada vez que alguien me habla en catalán sin ningún “miramiento” me siento alagada y agradecida.

Pero conviene matizar. Primero que nada la comunidad inmígrate no es nada homogénea. No todos los “nous vinguts” tenemos la misma capacidad de adaptación, esta capacidad es indirectamente proporcional a las diferencias, no solo culturales, sino también de usos y costumbres, y en muchos casos religiosas que existen entre el inmígrate y la tierra de acogida. A mayor diferencia menor es la capacidad de adaptación. Pero sobre todo hay una diferencia de clases que a menudo define la mirada de los autóctonos. No es lo mismo un inmigrante ruso instalado en la costa y muchas veces protegidos por las autoridades locales, que un inmígrate chino enjaulado en algún taller inmundo de Badalona trabajando hasta catorce horas que no tiene nada que envidiar a las maquilas de la india. No podemos poner en el mismo escaparate a un ejecutivo japonés instalado en Madrid y a un chaval marroquí detenido en un centro de internamiento. Ambos son inmigrantes.

Aunque después de un cierto tiempo acabemos moviéndonos con soltura entre nuestros orígenes y la cultura de adopción, muchos inmigrantes vivimos en una especie de limbo porque ya no somos de “allá” y nunca seremos de “acá”. Amin Maalouf, maravilloso escritor de origen libanes afincado en París desde hace muchos años, declara en uno de sus libros que a menudo le preguntan si se siente más libanés o francés él responde inequívocamente “lo uno y lo otro” Este tipo de pregunta debería ser irrelevante si consideramos que cada uno de nosotros tiene una identidad propia, única e irrepetible hecha de miles de piezas que encontramos a lo largo del camino y que conforman nuestro Yo. Si aceptásemos lo irrelevante y empequeñecedor que resulta identificarnos con una sola cultura, solo entonces podríamos hablar de multiculturalidad y diversidad.   Por el momento autóctonos y metecos insistimos, con ahínco y tesón, en reivindicar un solo un acervo cultural.

La verdad es que no tengo ningún sentimiento patriótico, ni venero ninguna bandera, pero adoro mi ciudad, y aun más mi barrio, tengo un apego casi familiar con algunos comerciantes de mi calle. Con Carolina, mi panadera; con Toni mi quiosquero, con quien tengo acaloradas conversaciones sobre deporte y gimnasia ; con mi ferretero, que suele darme sabios consejos de bricolaje, o con Ahmed, el joven marroquí que tiene una tienda de arreglos de ropa que con su vieja máquina de coser y sus sabias manos obran verdaderos milagros. Esta es mi patria “chica” y la que recordaré con nostalgia si algún día tuviese que abandonar este país.

¿Por qué abandonamos nuestro país de origen? Simplificando podemos argumentar una razón fundamental: huir de una sociedad que nos niega oportunidades. Pero cualquiera sea la razón no podemos pretender rehacer el universo que hemos dejado atrás. Es necesario aceptar la cultura hegemónica, de lo contrario la integración es muy difícil y estaríamos condenados a un perpetuo limbo cultural e identitario. Nuestra condición de inmigrante no nos exime de deberes y obligaciones, como la de entender y respetar la cultura de los autóctonos. A priori ser meteco no nos convierte en victimas o en seres inferiores. Debemos abrazar la nueva sociedad en todo lo que tiene de bueno, y lo malo combatirlo al lado de los nativos. Es verdad que en un primer tiempo, que varía según el caso, el proceso de adaptación es muy duro, la supervivencia es una prioridad y ocupa toda nuestra energía. Llegamos al país de destino con una maleta vacía y la cabeza llena de ilusiones, sueños y proyectos, y no más llegar la mayoría de ellos des desvanecen tras un estruendoso choque con la realidad. Rápidamente nos enteramos que para sobrevivir hay que aprender los códigos de los autóctonos, sino estamos perdidos, pero resulta que hay códigos que no acabamos de asimilar, y por “narices” debemos aprender si no queremos ser excluidos. Por ejemplo, cuando llegué a Cataluña me chocó la manera tan directa que tenían de comunicarse, tan opuesta al protocolo algo repipi y anacrónico de los franceses, o a esas maneras dulces y relamidas de los sudamericanos. Cuando viví en Perú me costó un potosí acostumbrarme al ritmo lento y relajado de los limeños, a su habitual costumbre de mecer al otro (es la manera dulce y encantadora de posponer los compromisos)

Cuando llegamos a tierras ajenas, y en un afán de conjurar la nostalgia y el desarraigo creamos guetos o comunidades de iguales. Hay comunidades que crean verdaderas redes de apoyo con sus propios médicos, prestamistas, abogados etc. Aunque parezca políticamente incorrecto pienso que hay inmigrantes que dan la espalda a la sociedad que nos acoge. “Me quedo aquí, en tu casa, pero no me interesas en lo más mínimo” parecen decir algunos xénos. Muchos de de mis colegas metecos se conforman con solo alcanzar la “alfabetización funcional”, es decir saber desenvolverse en menesteres prácticos y administrativos, y ya está. Ningún interés por la historia o cultura de los anfitriones. De todas maneras, independientemente del grado de integración, la diferencia persiste toda la vida, y depende de cada persona hacer de ello una virtud o una maldición. Yo creo que es una virtud. Siempre he creído que la inmigración es un proceso sumativo de lengua, cultura, olores, sabores, usos y costumbres que otorga al inmigrante una situación de privilegio. ¡Qué maravilla poder movernos en varios universos! Confieso, con mucha vergüenza y muy poca modestia, que el ego se me dispara y me pongo muy vanidosa cuando tomo conciencia que puedo ostentar varias culturas y lenguas.

En cuanto a los autóctonos, la primera reacción hacia el “otro” es la desconfianza, nos olisquean como hacen los otros animales para conocerse y marcar su territorio. Esta actitud es hasta cierto punto normal, ya que cualquier especie lo haría si algún extraño irrumpe en su manada, para ellos (los autóctonos) somos moros, sudacas o gabachos, individuos distintos y bizarres. Pero, una vez superada esta etapa, y se dan cuenta de que el vecino marroquí no es un “nemicus” (extranjero hostil) nuestros anfitriones se relajan y hasta son capaz de establecer una convivencia sana y amigable, salvo algunos imbéciles que aun piensan que somos responsables del paro, de la crisis y si me apuran también del cambio climático. A menudo la ignorancia se oculta bajo una montaña de tópicos.

Los autóctonos solo logran tener pinceladas de las culturas foráneas, de la misma manera que los inmigrantes tenemos un pobre conocimiento de nuestros anfitriones. En Catalunya son muy pocos los inmigrantes que aprendemos la lengua vernácula, “¿para qué? si con el español basta. Son tan pocos los que hablan el catalán en el mundo, que no sirve de nada…” Este tipo de razonamiento de parte de un gran número de inmigrantes, me parece irrespetuosa y vergonzoso. Y no es que yo hable muy bien el catalán.

Estoy de acuerdo con Salvador Cardús cuando afirma que el reconocimiento identitario es imposible. Los valores y la cultura hegemónicos, siempre predominaran, y los xénos no podemos pretender legitimizar nuestra cultura. En Francia, los inmigrantes árabes solo han logrado introducir, después de cuarenta años, el cuscús y poco más. Claro que tienen sus mezquitas, muchas mujeres llevan el tchador e incluso existen barrios enteros árabes, pero siguen siendo una cultura subordinada. En realidad no se ha producido aquella riqueza cultural preconizada por los bonachones bien pensantes. Creo que esta riqueza se produciría bajo condiciones que hoy no se cumplen como son la curiosidad intelectual, la empatía, el abandono de una visión etnocentrista que caracteriza sobretodo a los europeos. Asimismo, algunos metecos deberían abandonar los aspectos belicosos y excluyentes de su cultura y religión. Y por ultimo deberíamos renunciar a un cierto narcisismo excluyente que nos afecta a casi todos los seres humanos.

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