¡Que se vayan¡

La verdad es que ya comienzo a estar harta de tanta estupidez que anda por ahí suelta campando a sus anchas sin que nadie sensato le ponga coto.
El otro día hablaba yo por teléfono con una persona, muy parisina ella, que se quejaba de lo mucho que habían proliferado los sin techos en las calles de la ciudad luz.
―Están en los metros, portales y puentes de París, proliferan como champiñones― Replicaba indignada.
Y yo, toda inocente, le dije que era una gran lastima, y que aquí en la madre patria eso no era tan grave ya que la red familiar funciona como muro de contención a tanta miseria. Sin embargo, este muro de solidaridad y contención en Francia es más bien escuálido.
―Qué no ―me dijo ella ―, que no son franceses, son en una gran mayoría, inmigrantes que han venido a Europa tras un falso canto de sirena. Y lo peor, ―siguió replicando, esta vez con más rabia, si cabe― es que nos quitan todas las ayudas y andan por ahí tirados, mendigando.
Y para que su argumento tuviera más peso dialectico me refirió una situación que ella misma había vivido algunos días antes en una de las oficinas de la EDF (la Endesa francesa), en la que una familia de inmigrantes, todos ellos muy negros, venía a solicitar una ayuda para pagar una factura de electricidad y que, para más inri, la funcionaria descubrió que tambíen debían algunos meses de alquiler.
―Te das cuenta? ―insistió furibunda― vienen aquí para vivir a costa nuestra.
Y yo me debatía entre darle un sopapo, pero no podía puesto que la susodicha estaba al otro lado de la línea, o colgarle el teléfono en sus mismísimas narices…pero cogí una tercera vía: improvisar una respuesta que me diera tiempo para digerir tanta estupidez.
―Tu votarás Le Pen en las próximas elecciones, ¿no es así? ―Atiné a decirle.
― ¡Qué va! ―replicó ella, algo ofendida―, Que yo soy muy de izquierdas. Pero no estoy de acuerda en que vengan tantos inmigrantes sin una planificación previa, que esto no es burdel (expresión muy francesa para referirse al caos). Que vengan sólo los que necesitamos –soltó a modo de conclusión. La verdad es que la estupidez no tiene techo…
Hoy en día El Dorado para los inmigrantes consiste en un cajero para dormir, un banco en un parque, una ayuda económica misérrima, alguna sopilla arrancada a algún comedor popular y alguna que otra humillación muy solapada, no vaya a ser que se nos acusen de racistas, que ya no estamos en tiempos de esclavitud. Para los más “despabilados” un trabajo mal pagado, educación gratuita-laica-obligatoria-de mala calidad para sus hijos, algo de cobertura sanitaria…y poco más.
¡Ah¡…, que despistada soy, se me quedaba en el tintero un pequeño detalle sin importancia, a saber, que si ellos están aquí, durmiendo en nuestras calles, tan impolutas, es simplemente porque nosotros antes hemos ido a sus tierras para robarles todo, arruinando de paso territorios enteros que otrora servían para una economía de subsistencia. Le hemos quitado, con la misma crueldad que se le quita el corazón de un zarpazo a un ser desvalido, todo las riquezas que sus tierras poseen. ¡Me parece mentira que tenga yo, una triste bloguera, que recordar estos hechos!
Europa solo produce el 3% de los minerales estratégicos que necesita. ¿De dónde saca el 97% que le falta? ¡Bingo¡ Vienen en gran mayoría de las próvidas tierras africanas, ellos desde sus países y en un acto de forzada generosidad nos proveen de mano de obra barata para la confección y producción de todo lo que nos rodea, materias primas como cobre, bauxita, manganeso, níquel, platino, cobalto, radio, germanio, litio, titanio y fosfato, madera nobles y como no petróleo…¿sigo?…porque la lista es aún más larga. Para lograr su cometido Occidente impulsa guerras para asegurarse el control de todo aquello que no tiene y que tanto necesita para asegurar nuestro nivel de vida. Y como guinda del pastel, estos países también se han convertido, desde hace algunos años, en un gran vertedero de residuos nucleares.
Según las cifras manejadas por los expertos, África pierde cada año 39.000 millones de dólares nada más con la evasión fiscal de la industria extractiva. En el Congo, por ejemplo, en solo cinco contratos de explotación de minerales que se firman se deja de percibir cerca de 1.400 millones de dólares porque no se negocian con un precio justo. Este dinero que se deja de percibir equivale al doble de la inversión anual en salud y educación.
Y como si no bastara con Occidente, se han unido al festín carroñero algunos países asiáticos quienes se han abalanzado como buitres sobre todos los recursos de los cuales ellos carecen. ¿Quién le debe a quién? No hay que ser muy ducho en mates para saber quién es el deudor. Lo que nosotros les damos a los parias venidos de lejos son migajas si lo comparamos con todo lo que Occidente les robamos con malas artes.
Parece mentira que en pleno siglo veintiuno aun sigamos debatiendo sobre estos asuntos. Y no nos demos cuenta que nuestro bienestar económica se ha logrado a expensas de los infortunios de otros. Miserable es aquel que piensa que los inmigrantes vienen a quitarnos el pan de la boca.
Hay un personaje creado por la pluma de Gabriel García Márquez que marcó para siempre mi espíritu. Se trata de una abuela desalmada que, tras un desgraciado accidente, somete a su cándida nieta Eréndira a una vida de penuria y explotación. La anciana, una centenaria descomunal y decrepita aquejada por un apetito voraz por todo bien material. Siempre muy emperifollada, a golpe de baratijas y un maquillaje grotesco, vive de glorias pretéritas para exorcizar su actual decadencia. El patetismo de este personaje me hace pensar en occidente. ¿A usted no?

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