Mediocres hasta la médula

Ser mediocre tiene mucho mérito. En primer lugar hay que renunciar a todo cuanto la naturaleza, tras millones de años de evolución,  nos otorgó tan generosamente al nacer. Se necesita mucha voluntad para darle la espalda e ignorar el  kilo y medio de materia gris que llevamos sobre las espaldas y pasar olímpicamente de las cerca de  cien mil millones de neuronas que hacen que nuestra especie sea la  más dotada de todas las especies hasta el momento conocidas.

Pero, me replicará usted, querido lector, que hay por ahí muchos cerebros excepcionales creando cosa prodigiosas (y otras no tanto). Pues sí, tiene usted razón, pero estos no son más que las excepciones que confirman una fatal regla que rige nuestra especie: La del deterioro del  sistema cognitivo por falta de uso.

El resultado del avance de la mediocridad es el aumento de la ignorancia, la atrofia irreversible de la creatividad, la desaparición del espíritu crítico y la total incapacidad  de alcanzar algún grado de sabiduría.  El mediocre contempla el mundo a través de los cristales  de un ventanuco sin atreverse a cruzar la puerta abierta que tiene a su lado.

En nuestra sociedad occidental, blanca, católica, obesa, democrática, y minoritaria, la mediocridad es una decisión personal. Nacemos ignorantes pero no mediocres. Debemos, sin embargo,  admitir que hay personas en nuestra sociedad, que por sus circunstancias personales y su entorno, les es imposible, o cuanto menos muy difícil, escapar de la mediocridad. Tampoco podemos olvidar que esta sociedad abundante y oronda, hace mucho tiempo que dejó de apostar por la excelencia cognitiva y espiritual. Quiere, y trabaja con ahínco para ello, individuos sumisos, obedientes, escasos de espíritu crítico y con conocimientos parcelados, entre otras cosas.

Por otro lado, y he aquí la paradoja, para salir de las tinieblas hoy en día contamos con  herramientas inimaginables hasta hace tan solo algunos décadas. No hay excusa. El mediocre se jacta de su ignorancia, y si por casualidad se siente obligado a justificar su estado de deterioro cognitivo, esgrime escusas tan absurdas como “los libros son caros” (quien dice libros dice teatro, cine etc.) “No tengo tiempo”  Y yo  pregunto ¿Cuánto vale un cubata? ¿Una entrada para asistir a un partido de fútbol? ¿Cuánto tiempo pasan en la oficina haciendo horas extras sin rechistar?

Cuando elegimos ser mediocre estamos eligiendo una rutina gris y prolongada,  perdemos la capacidad de cambio, y aceptamos la obediencia, así sin más. El mediocre es fácil de detectar porque siempre ve el problema y nunca la solución. La mediocridad no tiene ninguna relación con el grado de inteligencia, ni con el éxito profesional, ni con la productividad en términos mercantilista, ni tan solo con el conocimiento enciclopédico. Es una actitud que se refleja en todos los aspectos de la vida, hasta en lo más cotidiano.

 

El mediocre repite constantemente “es lo que hay”…como una forma de aceptar las reglas del juego sin cuestionar nada. Con tal de evitar el esfuerzo y la polémica, el mediocre es capaz de entregar su alma al mismísimo lucifer. Desprecia el talento y el esfuerzo. No siente en ningún momento la  necesidad de aprender, sin embargo, es arrogante y se considera el detentor exclusivo de la verdad. Se le reconoce por su falta de humildad. ¿Algún ejemplo? Pues basta con escuchar a los numerosos tertulianos que habitan las radios y televisiones, que a golpe de codazos luchan por exhibir su cultura wikipédica. El mediocre carece de modestia y escuchar no está entre sus prioridades. Apenas le llegan a sus oídos afirmaciones disonantes para su sistema de entendimiento desconecta sin antes lanzar reproches como dardos.

¿Qué podemos hacer para dejar de ser mediocres? Pues poca idea tengo,  solo sé que como punto de partida se necesita esfuerzo, rigor y un gran espíritu crítico.

Si el lector detecta un atisbo de arrogancia en estas líneas,  le ruego que me disculpe, pero es simplemente la manera que he  encontrado para exorcizar mi propia mediocridad.

Mediocre es quien:

Trata al fútbol como un asunto de estado.

Cree que la Reviera Maya es un resort.

Vomita tras cada revés la manida frase: “Es lo que hay”.

Pretende tener más derechos que deberes.

Piensa que la Wikipedia recoge la sabiduría universal.

Se alegra de que en el mes de diciembre tengamos temperaturas primaverales.

Cree que la salud consiste únicamente en ocuparse del cuerpo.

Piensa que el futuro es más importante que el presente.

Asegura que las exhibiciones  públicas de tortura animal son una tradición que hay que conservar, y lo que es peor, se siente orgulloso de ella.

Insiste en que un libro es caro mientras saborea su tercera caipiriña de la noche.

Afirma no tener tiempo para leer mientras cada noche  se atiborra de series o de futbol.

Ignora al vecino.

Desprecia la sabiduría y alaba la belleza y el dinero.

Asegura que la única realidad es la que se ve.

Desea enseñar más que aprender.

Habla más de lo que escucha.

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