Alienada, y yo sin enterarme

Soy desde hace casi treinta años profesora de idiomas  free lance, forma elegante de decir que tengo un empleo precario y mal pagado. Cada semana tengo unos catorce  grupos y voy a unos diez lugares diferentes.  Como puede apreciar querido lector, mis jornadas son moviditas y extensas, muy extensas. Siempre voy por los metros o autobuses con la adrenalina a tope.  No me quejo porque hago un trabajo que me gusta. La enseñanza es adictiva y sobre todo me desempeño en un ambiente muy agradable.

Ahora bien, este año imparto  algunas horas de clases menos, nada preocupante  y  además,  por cosas de calendario tengo los horarios muy condensados, la mayoría de mis clases están concentradas en dos días y medio, completitos.

Resultado: desde tiempos remotos nunca había gozado de tanto tiempo libre. Tengo algunas medias mañanas y un par de  tardes completas donde puedo hacer lo que me venga en gana.

Aunque raro le parezca estimado lector, la cosa no es tan fácil. Al principio fue muy duro encontrarme así, de repente, con tantos minutos disponibles para que mi libre albedrio campe a sus anchas. Mi nueva situación me descolocó bastante y estuve al borde de una depresión, si como lo oye, una depresión por tener tiempo libre. Primero me asusté por el salario, pero rápidamente  saqué cuentas y con gran alivio vi que  todo seguía en su lugar: puedo seguir sufragando el alquiler de las cuatro paredes que me dan cobijo y honorar los pagos de los diferentes suministros,  e incluso puedo darme algunos  caprichitos. Pero eso no es todo, luego se presentó otro problema: ¿Qué hacer con esas horas libres, caídas del cielo? Los primeros días fueron un verdadero infierno: daba vueltas por casa  como león enjaulado o como pollo sin cabeza, asustada y sin atinar a nada.  ¿Qué hacer con un tiempo que normalmente debía utilizar en producir dinero? Tardé algún tiempo en deshacerme de esa desagradable  sensación plagada de   inseguridad y  de angustia.  Me costó lo suyo  darme cuenta de  que los beneficios obtenidos gracias a mi nueva situación eran incomparablemente superiores a los pocos euros perdidos. Hoy en día tener tiempo libre  es una herejía,  un monumental desafío a los Dioses de la Modernidad. Mirar una peli un martes a las tres  de la tarde es la antesala a la marginalidad, es bajar a cifras negativas  en la escala social y sobre todo fardar de ello es declarase proscrito social.  Sin una agenda de vértigo no somos de este mundo.  Tengo una amiga con la cual últimamente solo  coincidimos en el universo de la virtualidad. Cada vez  que me envía un WhatsApp lleno de emoticonos es solo para decirme lo liada que está y el poco tiempo que tiene para menesteres sociales, o sea para ver a sus amigas, y a juzgar por la elección de los emoticonos, podría asegurar que esta situación le procura un goce masoquista repleto de orgullo.

Tras haber superado el pánico inicial, ahora,  después de cada clase, en lugar de coger el metro vuelvo a casa o  acudo a  la siguiente clase utilizando la locomoción bípeda, lo que me permite descubrir  nuevos lugares, respirar aire fresco-contaminado, vitrinear sin comprar. Y cuando estoy en casa leo, escribo,  miro pelis, hago tareas de bricolaje, costura, en fin todo aquello que el servilismo asalariado nos impide hacer. No es gran cosa, la verdad, pero suficiente para recobrar un poco de humanidad. Intento aprovechar al máximo estos paréntesis laborales porque se me antoja que duraran  muy poco.

La  alienación es una patología propia de este  sistema en la cual somos considerados, nosotros los sapiens, no como personas en sí, sino en función de nuestro  valor mercantil , como herramienta indispensable  para la multiplicación del capital, es decir, no somos más que una determinada cantidad de dinero. Y cuando estamos fuera de este engranaje demencial perdemos el oremus.  Nuestra vida tiene sentido solo si tenemos una agenda de vértigo o un ritmo de vida que desafía toda naturaleza humana.

Díjome, hace pocas semanas, el cajero de un supermercado, respondiendo a un cometario mío acerca de la rapidez con que  pasaba los productos por el escáner, “Señora, estoy obligado a mantener este ritmo, sino lo mantengo me despiden. Para que vea usted, añadió,  la esclavitud no se ha abolida, solo se ha transformado”, me contestó tan pancho. Y una señora que estaba detrás de mí en la cola añadió: Pues es lo que hay, y también se quedó tan pancha. Alienados no, alienadisímos.

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