Ya lo había dicho

Confieso que siempre he odiado la frase “Ya  lo había dicho” o “ya te lo dije” La detesto porque es una frase sentenciadora, cargada de un triunfalismo barato que va siempre acompañada de un dedo acusador apuntando al interlocutor desconcertado.

Pues bien, heme aquí profiriendo a diestra y siniestra  esa frase tantas veces maldecida por  servidora. Después de ver, sueltos por ahí, a tanto tertuliano y enteradillo declarando verdades recientemente cosechadas acerca de lo enfermo que está el planeta, he decidido enarbolar por todo lo alto, y sin ninguna modestia, la dichosa frase  “Yo ya lo dije”, con los dos pronombres bien puestos.

Para justificar mi cambio de actitud, a los hechos me remito.  Hacia mediado de los 90 creé una  pequeña asociación cuyo objetivo era la sensibilización ambiental en medio urbano, APEU de nombre. Los comienzos fueron difíciles. Inmígrate yo,  no tenía muchas relaciones ni medios para desarrollar las actividades. Pero, poco a poco y con la colaboración de unos cuantos  valientes logramos realizar, durante unos 15 años, actividades de sensibilización: talleres, charlas, material pedagógico. Colaboramos también con la Cruz Roja, ayuntamientos, escuelas y centros cívicos. Durante cuatro años, presenté y dirigí Oikos, un programa radiofónico emitido en una emisora local, que versaba sobre los problemas planteados por  la actividad antropogénica.

En nuestras intervenciones nunca abordamos un problema sin proponer posibles soluciones, intentábamos evitar a toda costa un leguaje alarmista, pues sabíamos de antemano que era un elemento inhibidor. A pesar de todos los esfuerzos, el éxito de nuestras  prédicas era más bien escaso y, sobre todo, muy  difícil de medir el impacto.

En aquel entonces, yo no tenía conocimientos científicos profundos (ni tampoco ahora, pero algo más versada soy) y para más inri no contabamos con el tsunami de información que hoy en día se prodiga por internet.  Para entender los fenómenos que estaban  cambiando el curso de la historia echábamos mano de los informes de Greenpeace, recortes de periódicos, libros de divulgación y revistas. Huelga decir que en aquella época los temas medioambientales ni por asomo despertaban el interés de la gente,  ni mucho menos ocupaban las portadas de los periódicos.

En el ámbito personal, o en la intimidad, como diría aquel, cada vez que abordaba el tema de los residuos, el consumismo, el despilfarro de recursos, etc, mis amistades, conocidos y familiares, me lanzaban una mirada complaciente y cargada de indulgencia:  Qué maja es, y muy bien intencionada, pero se le va un poco la olla, parecían decir. Por desgracia, en esa etapa de evangelizadora ambiental conseguí muy pocos adeptos. Es lo que tenemos los sapiens: Ver para creer.

Desde entonces las cifras se han disparado: desaparición de especies, subida de las temperaturas a nivel global, aumento de la producción de residuos, disminución de los recursos naturales y muchos etcéteras. Sin embargo, frente a la imposibilidad de entender, la opinión pública ha reducido drásticamente los  problemas planteados, parece ser que el único problema  que tenemos es el cambio climático, ignorando que es la consecuencia, el síntoma de una grave enfermedad.  También ha cambiado la nomenclatura: hoy somos activistas ambientales, ayer éramos…la verdad que no teníamos nombre, si acaso nos llamábamos  monitores ambientales, por decir algo. Nunca mostramos la ostentación que exhiben hoy algunos ecologistas domingueros, que  a la más mínima ocasión se pasean por  las redes sociales con un  letrero luminoso colgando del cuello que versa SOY ACTIVISTA AMBIENTAL, mientras limpian playas contaminadas, consumen bio, adoptan animales abandonados y se visten con ropa cool de segunda mano. ¡Pero su modus vivendi ni tocarlo!

Cuando  en APEU comenzamos las actividades de divulgación, tuvimos que sacar del armario académico nuevos conceptos  que nos parecían esenciales para explicar los problemas. Hoy se han suprimido, por conveniencia o simplemente por supina ignorancia,  de la arena del activismo ambiental.  Me refiero a los conceptos de huella ecológica, capacidad de carga del planeta, impacto significativo, decrecimiento. Ideas, todas ellas, fundamentales para comprender y fomentar la acción individual.

Otros conceptos nacen en su lugar, como la emergencia climática  o la transición ecológica, que solo pretenden modificar el modelo de producción energético o, en el mejor de los casos, mejorar la gestión  del transporte y del agua. El  ecologismo institucional y el ecologismo liberal han colonizado el debate con un discurso incoherente, plagado de  propuestas timoratas e indoloras. Evitan a toda costa las soluciones radicales, tan necesarias pero que harían mucha pupa al sistema económico. Cuando en mi época de activista afirmaba que por primera vez en la historia de Sapiens, los cambios tendrían como principal condición aprender a vivir con menos, mis interlocutores  me lanzaban una mirada de reproche: ¿Yo renunciar a mi estilo de vida? ¡Anda ya!

Para transmitir un mensaje tan contundente, y establecer una relación entre  nuestro estilo de vida y las condiciones de  vida paupérrimas de millones  de sapiens a  lo largo y ancho del planeta, salíamos decir que deberíamos vivir simplemente, para que otros simplemente vivan. Pero al parecer el mensaje no caló. En occidente, nadie quiere dar un paso atrás y ver menguar  su nivel de vida, ni renunciar a la bacanal consumista.

En cambio, hoy, a los problemas ineludibles aplicamos chapuzas transitorias. Flotan por ahí, como partículas de oxígeno, lo bio, lo ecológico, lo sostenible,  con los cuales, a golpe de machaque mediático, estamos cada vez más familiarizados, pero no tenemos ni la más remota  idea de lo que realmente significan, ni que incidencia real tienen en la mejora del medio ambiente. Desconocemos nuestro papel en todo esto, porque de lo contrario otro gallo cantaría.

Hace veinte año en APEU reivindicábamos el desarrollo sostenible como una gran alternativa.  Hoy, sin embargo, pienso que defender cualquier idea de desarrollo, de crecimiento o de imperativo tecnológico es un espejismo que esconde un modelo de civilización depredador que no para de arremeter impunemente contra la vida misma. Debemos restablecer la  dimensión ética y social,  y los límites de la sostenibilidad.

Propongo, desde mi escuálida tribuna, meter en el armario, durante  un siglo, más o menos, a los dioses de la tecnología, del crecimiento y del desarrollo. Utilizar durante ese tiempo, todos los recursos ya existentes (humanos y tecnológico) para arreglar este monumental desaguisado planetario. No hay salida posible si no transformamos drásticamente nuestro modelo de consumo, de trabajo, de ocio. Es urgente humanizar  las relaciones entre sapiens  y redefinir   la gestión de nuestro tiempo, fomentar un  desarrollo sin crecimiento, optimizando al máximo los recursos ya existentes. Ya hay,  en este sentido, muchas propuestas basadas en tecnologías tradicionales. Se necesita un discurso radical, que no alarmista, que nos obligue a comprometernos. Es urgente, que digo, urgentísimo, entender que ya no podemos seguir manteniendo nuestro nivel de vida y satisfacer nuestros deseos con recursos que no existen.

En los años 90 se trataba  de evitar toda esta hecatombe y lo planteábamos siempre en un futuro más o menos cercano, pero futuro al fin y al cabo. Hoy, sin embargo, debemos conjugar los fenómenos en gerundio. Se trata, en el mejor de los casos,  de encontrar la manera de adaptarnos, sin saber siquiera si llegaremos a buen puerto. ¿Y mañana qué? ¿Acaso será la supervivencia el único objetivo de nuestros esfuerzos?

Felizmente, ya hay comunidades, compuestas por una inmensa minoría de individuos conscientes de la  problemática, que se están haciendo cada vez más visibles.  De estas comunidades surgen cada día nuevas alternativas  y propuestas, difíciles de imaginar hace tres décadas, basadas en la economía colaborativa, en la simplicidad como modo de vida, en el consumo responsable, el de verdad.

No obstante,  no me atrevo a afirmar que estamos asistiendo a un cambio de comportamiento significativo y generalizado. Una cosa es el conocimiento (tenemos un problema) y otra el cambio de conducta (voy a cambiar mis hábitos tóxicos que enferman al planeta) De  lo que estoy segurísima es de que ya no podemos conjugar las acciones en condicional o en futuro, el ahora y el aquí es lo único que puede dar una oportunidad a nuestra especie.  No hay cambio posible si  no ponemos en entredicho los valores actuales basados en el  crecimiento sin límite, en el tener por encima del ser. Tenemos que dejar de venerar, como si de dioses se tratara, el crecimiento,  la inmediatez, la competitividad, el individualismo y el consumo desmedido.

Los nuevos valores se deben construir sobre la conciencia de los límites,  el consumo responsable, el bienestar global, la durabilidad de los objetos, la corresponsabilidad, la cooperación y la simplicidad. Es perentorio incorporar la dimensión ética al debate y a la búsqueda de soluciones.

Hoy, sin pulpito ni seguidores, me limito, a mucha honra, a mantener en mí día a día un comportamiento responsable con el planeta: Separo la basura, dejé, casi totalmente, de comprar en las cadenas de ropa barata. En su lugar intento comprar ropa de segunda mano, o simplemente no comprar. En cuando a la comida, consumo productos de proximidad y de temporada, y como no podía ser de otra manera, he suprimido la carne y casi todos los productos procesados (aun no me declaro vegana, pero poco me falta) Y por supuesto he declarado al plástico y al sobre empaquetado  personas non grata y los evito como a la peste. En definitiva,  Intento llevar una vida libre de consumos innecesarios, y la verdad es que mi mochila de andar por la vida es cada vez más ligera, y eso, mi conciencia lo agradece. Al adoptar comportamientos basados en la sobriedad  he aprendido a vivir mejor con menos.  Por el momento mi vida de activista está en receso pero  práctico un activismo de proximidad y sigo dando la lata a todo bípedo que se me cruce por delante, espero que esta vez me escuchen.

Después de haber dado un gran paseo en busca de una vida más sostenible, a la fábula del colibrí, que cuenta Pierre Rabhi, me remito:

Todos los animales huían despavoridos. En mitad de la confusión, un pequeño colibrí empezó a volar en dirección contraria a todos los demás. Los leones, las jirafas, los elefantes… todos miraban al colibrí asombrados, pensando qué demonios hacía yendo hacia el fuego.

Hasta que uno de los animales, por fín, le preguntó: “¿Dónde vas? ¿Estás loco? Tenemos que huir del fuego”.

El colibrí le contestó: “En medio de la selva hay un lago, recojo un poco de agua con mi pico y ayudo a apagar el incendio”.

Asombrado, el otro animal sólo pudo decirle “Estás loco, no va a servir para nada. Tú solo no podrás apagarlo”.

Y el colibrí, seguro de sí mismo, respondió:
“Es posible, pero yo cumplo con mi parte.”

Aunque albergo muchas dudas, creo que la incerteza que nos brinda el futuro nos permite una cierta esperanza, ya que nadie, ni el científico más ducho, es capaz de predecir lo que el avenir nos depara.  El futuro no está escrito y no olvidemos que lo esperado no siempre se cumple y sobre todo, no debemos olvidar que lo inesperado siempre tiene las puertas abiertas. Y, como atea, digo que sea lo que Dios quiera.

 

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