Ya lo había dicho

Confieso que siempre he odiado la frase “Ya  lo había dicho” o “ya te lo dije” La detesto porque es una frase sentenciadora, cargada de un triunfalismo barato que va siempre acompañada de un dedo acusador apuntando al interlocutor desconcertado.

Pues bien, heme aquí profiriendo a diestra y siniestra  esa frase tantas veces maldecida por  servidora. Después de ver, sueltos por ahí, a tanto tertuliano y enteradillo declarando verdades recientemente cosechadas acerca de lo enfermo que está el planeta, he decidido enarbolar por todo lo alto, y sin ninguna modestia, la dichosa frase  “Yo ya lo dije”, con los dos pronombres bien puestos.

Para justificar mi cambio de actitud, a los hechos me remito.  Hacia mediado de los 90 creé una  pequeña asociación cuyo objetivo era la sensibilización ambiental en medio urbano, APEU de nombre. Los comienzos fueron difíciles. Inmígrate yo,  no tenía muchas relaciones ni medios para desarrollar las actividades. Pero, poco a poco y con la colaboración de unos cuantos  valientes logramos realizar, durante unos 15 años, actividades de sensibilización: talleres, charlas, material pedagógico. Colaboramos también con la Cruz Roja, ayuntamientos, escuelas y centros cívicos. Durante cuatro años, presenté y dirigí Oikos, un programa radiofónico emitido en una emisora local, que versaba sobre los problemas planteados por  la actividad antropogénica.

En nuestras intervenciones nunca abordamos un problema sin proponer posibles soluciones, intentábamos evitar a toda costa un leguaje alarmista, pues sabíamos de antemano que era un elemento inhibidor. A pesar de todos los esfuerzos, el éxito de nuestras  prédicas era más bien escaso y, sobre todo, muy  difícil de medir el impacto.

En aquel entonces, yo no tenía conocimientos científicos profundos (ni tampoco ahora, pero algo más versada soy) y para más inri no contabamos con el tsunami de información que hoy en día se prodiga por internet.  Para entender los fenómenos que estaban  cambiando el curso de la historia echábamos mano de los informes de Greenpeace, recortes de periódicos, libros de divulgación y revistas. Huelga decir que en aquella época los temas medioambientales ni por asomo despertaban el interés de la gente,  ni mucho menos ocupaban las portadas de los periódicos.

En el ámbito personal, o en la intimidad, como diría aquel, cada vez que abordaba el tema de los residuos, el consumismo, el despilfarro de recursos, etc, mis amistades, conocidos y familiares, me lanzaban una mirada complaciente y cargada de indulgencia:  Qué maja es, y muy bien intencionada, pero se le va un poco la olla, parecían decir. Por desgracia, en esa etapa de evangelizadora ambiental conseguí muy pocos adeptos. Es lo que tenemos los sapiens: Ver para creer.

Desde entonces las cifras se han disparado: desaparición de especies, subida de las temperaturas a nivel global, aumento de la producción de residuos, disminución de los recursos naturales y muchos etcéteras. Sin embargo, frente a la imposibilidad de entender, la opinión pública ha reducido drásticamente los  problemas planteados, parece ser que el único problema  que tenemos es el cambio climático, ignorando que es la consecuencia, el síntoma de una grave enfermedad.  También ha cambiado la nomenclatura: hoy somos activistas ambientales, ayer éramos…la verdad que no teníamos nombre, si acaso nos llamábamos  monitores ambientales, por decir algo. Nunca mostramos la ostentación que exhiben hoy algunos ecologistas domingueros, que  a la más mínima ocasión se pasean por  las redes sociales con un  letrero luminoso colgando del cuello que versa SOY ACTIVISTA AMBIENTAL, mientras limpian playas contaminadas, consumen bio, adoptan animales abandonados y se visten con ropa cool de segunda mano. ¡Pero su modus vivendi ni tocarlo!

Cuando  en APEU comenzamos las actividades de divulgación, tuvimos que sacar del armario académico nuevos conceptos  que nos parecían esenciales para explicar los problemas. Hoy se han suprimido, por conveniencia o simplemente por supina ignorancia,  de la arena del activismo ambiental.  Me refiero a los conceptos de huella ecológica, capacidad de carga del planeta, impacto significativo, decrecimiento. Ideas, todas ellas, fundamentales para comprender y fomentar la acción individual.

Otros conceptos nacen en su lugar, como la emergencia climática  o la transición ecológica, que solo pretenden modificar el modelo de producción energético o, en el mejor de los casos, mejorar la gestión  del transporte y del agua. El  ecologismo institucional y el ecologismo liberal han colonizado el debate con un discurso incoherente, plagado de  propuestas timoratas e indoloras. Evitan a toda costa las soluciones radicales, tan necesarias pero que harían mucha pupa al sistema económico. Cuando en mi época de activista afirmaba que por primera vez en la historia de Sapiens, los cambios tendrían como principal condición aprender a vivir con menos, mis interlocutores  me lanzaban una mirada de reproche: ¿Yo renunciar a mi estilo de vida? ¡Anda ya!

Para transmitir un mensaje tan contundente, y establecer una relación entre  nuestro estilo de vida y las condiciones de  vida paupérrimas de millones  de sapiens a  lo largo y ancho del planeta, salíamos decir que deberíamos vivir simplemente, para que otros simplemente vivan. Pero al parecer el mensaje no caló. En occidente, nadie quiere dar un paso atrás y ver menguar  su nivel de vida, ni renunciar a la bacanal consumista.

En cambio, hoy, a los problemas ineludibles aplicamos chapuzas transitorias. Flotan por ahí, como partículas de oxígeno, lo bio, lo ecológico, lo sostenible,  con los cuales, a golpe de machaque mediático, estamos cada vez más familiarizados, pero no tenemos ni la más remota  idea de lo que realmente significan, ni que incidencia real tienen en la mejora del medio ambiente. Desconocemos nuestro papel en todo esto, porque de lo contrario otro gallo cantaría.

Hace veinte año en APEU reivindicábamos el desarrollo sostenible como una gran alternativa.  Hoy, sin embargo, pienso que defender cualquier idea de desarrollo, de crecimiento o de imperativo tecnológico es un espejismo que esconde un modelo de civilización depredador que no para de arremeter impunemente contra la vida misma. Debemos restablecer la  dimensión ética y social,  y los límites de la sostenibilidad.

Propongo, desde mi escuálida tribuna, meter en el armario, durante  un siglo, más o menos, a los dioses de la tecnología, del crecimiento y del desarrollo. Utilizar durante ese tiempo, todos los recursos ya existentes (humanos y tecnológico) para arreglar este monumental desaguisado planetario. No hay salida posible si no transformamos drásticamente nuestro modelo de consumo, de trabajo, de ocio. Es urgente humanizar  las relaciones entre sapiens  y redefinir   la gestión de nuestro tiempo, fomentar un  desarrollo sin crecimiento, optimizando al máximo los recursos ya existentes. Ya hay,  en este sentido, muchas propuestas basadas en tecnologías tradicionales. Se necesita un discurso radical, que no alarmista, que nos obligue a comprometernos. Es urgente, que digo, urgentísimo, entender que ya no podemos seguir manteniendo nuestro nivel de vida y satisfacer nuestros deseos con recursos que no existen.

En los años 90 se trataba  de evitar toda esta hecatombe y lo planteábamos siempre en un futuro más o menos cercano, pero futuro al fin y al cabo. Hoy, sin embargo, debemos conjugar los fenómenos en gerundio. Se trata, en el mejor de los casos,  de encontrar la manera de adaptarnos, sin saber siquiera si llegaremos a buen puerto. ¿Y mañana qué? ¿Acaso será la supervivencia el único objetivo de nuestros esfuerzos?

Felizmente, ya hay comunidades, compuestas por una inmensa minoría de individuos conscientes de la  problemática, que se están haciendo cada vez más visibles.  De estas comunidades surgen cada día nuevas alternativas  y propuestas, difíciles de imaginar hace tres décadas, basadas en la economía colaborativa, en la simplicidad como modo de vida, en el consumo responsable, el de verdad.

No obstante,  no me atrevo a afirmar que estamos asistiendo a un cambio de comportamiento significativo y generalizado. Una cosa es el conocimiento (tenemos un problema) y otra el cambio de conducta (voy a cambiar mis hábitos tóxicos que enferman al planeta) De  lo que estoy segurísima es de que ya no podemos conjugar las acciones en condicional o en futuro, el ahora y el aquí es lo único que puede dar una oportunidad a nuestra especie.  No hay cambio posible si  no ponemos en entredicho los valores actuales basados en el  crecimiento sin límite, en el tener por encima del ser. Tenemos que dejar de venerar, como si de dioses se tratara, el crecimiento,  la inmediatez, la competitividad, el individualismo y el consumo desmedido.

Los nuevos valores se deben construir sobre la conciencia de los límites,  el consumo responsable, el bienestar global, la durabilidad de los objetos, la corresponsabilidad, la cooperación y la simplicidad. Es perentorio incorporar la dimensión ética al debate y a la búsqueda de soluciones.

Hoy, sin pulpito ni seguidores, me limito, a mucha honra, a mantener en mí día a día un comportamiento responsable con el planeta: Separo la basura, dejé, casi totalmente, de comprar en las cadenas de ropa barata. En su lugar intento comprar ropa de segunda mano, o simplemente no comprar. En cuando a la comida, consumo productos de proximidad y de temporada, y como no podía ser de otra manera, he suprimido la carne y casi todos los productos procesados (aun no me declaro vegana, pero poco me falta) Y por supuesto he declarado al plástico y al sobre empaquetado  personas non grata y los evito como a la peste. En definitiva,  Intento llevar una vida libre de consumos innecesarios, y la verdad es que mi mochila de andar por la vida es cada vez más ligera, y eso, mi conciencia lo agradece. Al adoptar comportamientos basados en la sobriedad  he aprendido a vivir mejor con menos.  Por el momento mi vida de activista está en receso pero  práctico un activismo de proximidad y sigo dando la lata a todo bípedo que se me cruce por delante, espero que esta vez me escuchen.

Después de haber dado un gran paseo en busca de una vida más sostenible, a la fábula del colibrí, que cuenta Pierre Rabhi, me remito:

Todos los animales huían despavoridos. En mitad de la confusión, un pequeño colibrí empezó a volar en dirección contraria a todos los demás. Los leones, las jirafas, los elefantes… todos miraban al colibrí asombrados, pensando qué demonios hacía yendo hacia el fuego.

Hasta que uno de los animales, por fín, le preguntó: “¿Dónde vas? ¿Estás loco? Tenemos que huir del fuego”.

El colibrí le contestó: “En medio de la selva hay un lago, recojo un poco de agua con mi pico y ayudo a apagar el incendio”.

Asombrado, el otro animal sólo pudo decirle “Estás loco, no va a servir para nada. Tú solo no podrás apagarlo”.

Y el colibrí, seguro de sí mismo, respondió:
“Es posible, pero yo cumplo con mi parte.”

Aunque albergo muchas dudas, creo que la incerteza que nos brinda el futuro nos permite una cierta esperanza, ya que nadie, ni el científico más ducho, es capaz de predecir lo que el avenir nos depara.  El futuro no está escrito y no olvidemos que lo esperado no siempre se cumple y sobre todo, no debemos olvidar que lo inesperado siempre tiene las puertas abiertas. Y, como atea, digo que sea lo que Dios quiera.

 

Alienada, y yo sin enterarme

Soy desde hace casi treinta años profesora de idiomas  free lance, forma elegante de decir que tengo un empleo precario y mal pagado. Cada semana tengo unos catorce  grupos y voy a unos diez lugares diferentes.  Como puede apreciar querido lector, mis jornadas son moviditas y extensas, muy extensas. Siempre voy por los metros o autobuses con la adrenalina a tope.  No me quejo porque hago un trabajo que me gusta. La enseñanza es adictiva y sobre todo me desempeño en un ambiente muy agradable.

Ahora bien, este año imparto  algunas horas de clases menos, nada preocupante  y  además,  por cosas de calendario tengo los horarios muy condensados, la mayoría de mis clases están concentradas en dos días y medio, completitos.

Resultado: desde tiempos remotos nunca había gozado de tanto tiempo libre. Tengo algunas medias mañanas y un par de  tardes completas donde puedo hacer lo que me venga en gana.

Aunque raro le parezca estimado lector, la cosa no es tan fácil. Al principio fue muy duro encontrarme así, de repente, con tantos minutos disponibles para que mi libre albedrio campe a sus anchas. Mi nueva situación me descolocó bastante y estuve al borde de una depresión, si como lo oye, una depresión por tener tiempo libre. Primero me asusté por el salario, pero rápidamente  saqué cuentas y con gran alivio vi que  todo seguía en su lugar: puedo seguir sufragando el alquiler de las cuatro paredes que me dan cobijo y honorar los pagos de los diferentes suministros,  e incluso puedo darme algunos  caprichitos. Pero eso no es todo, luego se presentó otro problema: ¿Qué hacer con esas horas libres, caídas del cielo? Los primeros días fueron un verdadero infierno: daba vueltas por casa  como león enjaulado o como pollo sin cabeza, asustada y sin atinar a nada.  ¿Qué hacer con un tiempo que normalmente debía utilizar en producir dinero? Tardé algún tiempo en deshacerme de esa desagradable  sensación plagada de   inseguridad y  de angustia.  Me costó lo suyo  darme cuenta de  que los beneficios obtenidos gracias a mi nueva situación eran incomparablemente superiores a los pocos euros perdidos. Hoy en día tener tiempo libre  es una herejía,  un monumental desafío a los Dioses de la Modernidad. Mirar una peli un martes a las tres  de la tarde es la antesala a la marginalidad, es bajar a cifras negativas  en la escala social y sobre todo fardar de ello es declarase proscrito social.  Sin una agenda de vértigo no somos de este mundo.  Tengo una amiga con la cual últimamente solo  coincidimos en el universo de la virtualidad. Cada vez  que me envía un WhatsApp lleno de emoticonos es solo para decirme lo liada que está y el poco tiempo que tiene para menesteres sociales, o sea para ver a sus amigas, y a juzgar por la elección de los emoticonos, podría asegurar que esta situación le procura un goce masoquista repleto de orgullo.

Tras haber superado el pánico inicial, ahora,  después de cada clase, en lugar de coger el metro vuelvo a casa o  acudo a  la siguiente clase utilizando la locomoción bípeda, lo que me permite descubrir  nuevos lugares, respirar aire fresco-contaminado, vitrinear sin comprar. Y cuando estoy en casa leo, escribo,  miro pelis, hago tareas de bricolaje, costura, en fin todo aquello que el servilismo asalariado nos impide hacer. No es gran cosa, la verdad, pero suficiente para recobrar un poco de humanidad. Intento aprovechar al máximo estos paréntesis laborales porque se me antoja que duraran  muy poco.

La  alienación es una patología propia de este  sistema en la cual somos considerados, nosotros los sapiens, no como personas en sí, sino en función de nuestro  valor mercantil , como herramienta indispensable  para la multiplicación del capital, es decir, no somos más que una determinada cantidad de dinero. Y cuando estamos fuera de este engranaje demencial perdemos el oremus.  Nuestra vida tiene sentido solo si tenemos una agenda de vértigo o un ritmo de vida que desafía toda naturaleza humana.

Díjome, hace pocas semanas, el cajero de un supermercado, respondiendo a un cometario mío acerca de la rapidez con que  pasaba los productos por el escáner, “Señora, estoy obligado a mantener este ritmo, sino lo mantengo me despiden. Para que vea usted, añadió,  la esclavitud no se ha abolida, solo se ha transformado”, me contestó tan pancho. Y una señora que estaba detrás de mí en la cola añadió: Pues es lo que hay, y también se quedó tan pancha. Alienados no, alienadisímos.

Mediocres hasta la médula

Ser mediocre tiene mucho mérito. En primer lugar hay que renunciar a todo cuanto la naturaleza, tras millones de años de evolución,  nos otorgó tan generosamente al nacer. Se necesita mucha voluntad para darle la espalda e ignorar el  kilo y medio de materia gris que llevamos sobre las espaldas y pasar olímpicamente de las cerca de  cien mil millones de neuronas que hacen que nuestra especie sea la  más dotada de todas las especies hasta el momento conocidas.

Pero, me replicará usted, querido lector, que hay por ahí muchos cerebros excepcionales creando cosa prodigiosas (y otras no tanto). Pues sí, tiene usted razón, pero estos no son más que las excepciones que confirman una fatal regla que rige nuestra especie: La del deterioro del  sistema cognitivo por falta de uso.

El resultado del avance de la mediocridad es el aumento de la ignorancia, la atrofia irreversible de la creatividad, la desaparición del espíritu crítico y la total incapacidad  de alcanzar algún grado de sabiduría.  El mediocre contempla el mundo a través de los cristales  de un ventanuco sin atreverse a cruzar la puerta abierta que tiene a su lado.

En nuestra sociedad occidental, blanca, católica, obesa, democrática, y minoritaria, la mediocridad es una decisión personal. Nacemos ignorantes pero no mediocres. Debemos, sin embargo,  admitir que hay personas en nuestra sociedad, que por sus circunstancias personales y su entorno, les es imposible, o cuanto menos muy difícil, escapar de la mediocridad. Tampoco podemos olvidar que esta sociedad abundante y oronda, hace mucho tiempo que dejó de apostar por la excelencia cognitiva y espiritual. Quiere, y trabaja con ahínco para ello, individuos sumisos, obedientes, escasos de espíritu crítico y con conocimientos parcelados, entre otras cosas.

Por otro lado, y he aquí la paradoja, para salir de las tinieblas hoy en día contamos con  herramientas inimaginables hasta hace tan solo algunos décadas. No hay excusa. El mediocre se jacta de su ignorancia, y si por casualidad se siente obligado a justificar su estado de deterioro cognitivo, esgrime escusas tan absurdas como “los libros son caros” (quien dice libros dice teatro, cine etc.) “No tengo tiempo”  Y yo  pregunto ¿Cuánto vale un cubata? ¿Una entrada para asistir a un partido de fútbol? ¿Cuánto tiempo pasan en la oficina haciendo horas extras sin rechistar?

Cuando elegimos ser mediocre estamos eligiendo una rutina gris y prolongada,  perdemos la capacidad de cambio, y aceptamos la obediencia, así sin más. El mediocre es fácil de detectar porque siempre ve el problema y nunca la solución. La mediocridad no tiene ninguna relación con el grado de inteligencia, ni con el éxito profesional, ni con la productividad en términos mercantilista, ni tan solo con el conocimiento enciclopédico. Es una actitud que se refleja en todos los aspectos de la vida, hasta en lo más cotidiano.

 

El mediocre repite constantemente “es lo que hay”…como una forma de aceptar las reglas del juego sin cuestionar nada. Con tal de evitar el esfuerzo y la polémica, el mediocre es capaz de entregar su alma al mismísimo lucifer. Desprecia el talento y el esfuerzo. No siente en ningún momento la  necesidad de aprender, sin embargo, es arrogante y se considera el detentor exclusivo de la verdad. Se le reconoce por su falta de humildad. ¿Algún ejemplo? Pues basta con escuchar a los numerosos tertulianos que habitan las radios y televisiones, que a golpe de codazos luchan por exhibir su cultura wikipédica. El mediocre carece de modestia y escuchar no está entre sus prioridades. Apenas le llegan a sus oídos afirmaciones disonantes para su sistema de entendimiento desconecta sin antes lanzar reproches como dardos.

¿Qué podemos hacer para dejar de ser mediocres? Pues poca idea tengo,  solo sé que como punto de partida se necesita esfuerzo, rigor y un gran espíritu crítico.

Si el lector detecta un atisbo de arrogancia en estas líneas,  le ruego que me disculpe, pero es simplemente la manera que he  encontrado para exorcizar mi propia mediocridad.

Mediocre es quien:

Trata al fútbol como un asunto de estado.

Cree que la Reviera Maya es un resort.

Vomita tras cada revés la manida frase: “Es lo que hay”.

Pretende tener más derechos que deberes.

Piensa que la Wikipedia recoge la sabiduría universal.

Se alegra de que en el mes de diciembre tengamos temperaturas primaverales.

Cree que la salud consiste únicamente en ocuparse del cuerpo.

Piensa que el futuro es más importante que el presente.

Asegura que las exhibiciones  públicas de tortura animal son una tradición que hay que conservar, y lo que es peor, se siente orgulloso de ella.

Insiste en que un libro es caro mientras saborea su tercera caipiriña de la noche.

Afirma no tener tiempo para leer mientras cada noche  se atiborra de series o de futbol.

Ignora al vecino.

Desprecia la sabiduría y alaba la belleza y el dinero.

Asegura que la única realidad es la que se ve.

Desea enseñar más que aprender.

Habla más de lo que escucha.

¡Que se vayan¡

La verdad es que ya comienzo a estar harta de tanta estupidez que anda por ahí suelta campando a sus anchas sin que nadie sensato le ponga coto.
El otro día hablaba yo por teléfono con una persona, muy parisina ella, que se quejaba de lo mucho que habían proliferado los sin techos en las calles de la ciudad luz.
―Están en los metros, portales y puentes de París, proliferan como champiñones― Replicaba indignada.
Y yo, toda inocente, le dije que era una gran lastima, y que aquí en la madre patria eso no era tan grave ya que la red familiar funciona como muro de contención a tanta miseria. Sin embargo, este muro de solidaridad y contención en Francia es más bien escuálido.
―Qué no ―me dijo ella ―, que no son franceses, son en una gran mayoría, inmigrantes que han venido a Europa tras un falso canto de sirena. Y lo peor, ―siguió replicando, esta vez con más rabia, si cabe― es que nos quitan todas las ayudas y andan por ahí tirados, mendigando.
Y para que su argumento tuviera más peso dialectico me refirió una situación que ella misma había vivido algunos días antes en una de las oficinas de la EDF (la Endesa francesa), en la que una familia de inmigrantes, todos ellos muy negros, venía a solicitar una ayuda para pagar una factura de electricidad y que, para más inri, la funcionaria descubrió que tambíen debían algunos meses de alquiler.
―Te das cuenta? ―insistió furibunda― vienen aquí para vivir a costa nuestra.
Y yo me debatía entre darle un sopapo, pero no podía puesto que la susodicha estaba al otro lado de la línea, o colgarle el teléfono en sus mismísimas narices…pero cogí una tercera vía: improvisar una respuesta que me diera tiempo para digerir tanta estupidez.
―Tu votarás Le Pen en las próximas elecciones, ¿no es así? ―Atiné a decirle.
― ¡Qué va! ―replicó ella, algo ofendida―, Que yo soy muy de izquierdas. Pero no estoy de acuerda en que vengan tantos inmigrantes sin una planificación previa, que esto no es burdel (expresión muy francesa para referirse al caos). Que vengan sólo los que necesitamos –soltó a modo de conclusión. La verdad es que la estupidez no tiene techo…
Hoy en día El Dorado para los inmigrantes consiste en un cajero para dormir, un banco en un parque, una ayuda económica misérrima, alguna sopilla arrancada a algún comedor popular y alguna que otra humillación muy solapada, no vaya a ser que se nos acusen de racistas, que ya no estamos en tiempos de esclavitud. Para los más “despabilados” un trabajo mal pagado, educación gratuita-laica-obligatoria-de mala calidad para sus hijos, algo de cobertura sanitaria…y poco más.
¡Ah¡…, que despistada soy, se me quedaba en el tintero un pequeño detalle sin importancia, a saber, que si ellos están aquí, durmiendo en nuestras calles, tan impolutas, es simplemente porque nosotros antes hemos ido a sus tierras para robarles todo, arruinando de paso territorios enteros que otrora servían para una economía de subsistencia. Le hemos quitado, con la misma crueldad que se le quita el corazón de un zarpazo a un ser desvalido, todo las riquezas que sus tierras poseen. ¡Me parece mentira que tenga yo, una triste bloguera, que recordar estos hechos!
Europa solo produce el 3% de los minerales estratégicos que necesita. ¿De dónde saca el 97% que le falta? ¡Bingo¡ Vienen en gran mayoría de las próvidas tierras africanas, ellos desde sus países y en un acto de forzada generosidad nos proveen de mano de obra barata para la confección y producción de todo lo que nos rodea, materias primas como cobre, bauxita, manganeso, níquel, platino, cobalto, radio, germanio, litio, titanio y fosfato, madera nobles y como no petróleo…¿sigo?…porque la lista es aún más larga. Para lograr su cometido Occidente impulsa guerras para asegurarse el control de todo aquello que no tiene y que tanto necesita para asegurar nuestro nivel de vida. Y como guinda del pastel, estos países también se han convertido, desde hace algunos años, en un gran vertedero de residuos nucleares.
Según las cifras manejadas por los expertos, África pierde cada año 39.000 millones de dólares nada más con la evasión fiscal de la industria extractiva. En el Congo, por ejemplo, en solo cinco contratos de explotación de minerales que se firman se deja de percibir cerca de 1.400 millones de dólares porque no se negocian con un precio justo. Este dinero que se deja de percibir equivale al doble de la inversión anual en salud y educación.
Y como si no bastara con Occidente, se han unido al festín carroñero algunos países asiáticos quienes se han abalanzado como buitres sobre todos los recursos de los cuales ellos carecen. ¿Quién le debe a quién? No hay que ser muy ducho en mates para saber quién es el deudor. Lo que nosotros les damos a los parias venidos de lejos son migajas si lo comparamos con todo lo que Occidente les robamos con malas artes.
Parece mentira que en pleno siglo veintiuno aun sigamos debatiendo sobre estos asuntos. Y no nos demos cuenta que nuestro bienestar económica se ha logrado a expensas de los infortunios de otros. Miserable es aquel que piensa que los inmigrantes vienen a quitarnos el pan de la boca.
Hay un personaje creado por la pluma de Gabriel García Márquez que marcó para siempre mi espíritu. Se trata de una abuela desalmada que, tras un desgraciado accidente, somete a su cándida nieta Eréndira a una vida de penuria y explotación. La anciana, una centenaria descomunal y decrepita aquejada por un apetito voraz por todo bien material. Siempre muy emperifollada, a golpe de baratijas y un maquillaje grotesco, vive de glorias pretéritas para exorcizar su actual decadencia. El patetismo de este personaje me hace pensar en occidente. ¿A usted no?

MI MULTICULTURALIDAD

Hace algunos días   tropecé en un vagón del metro con un joven que cantaba con una voz exquisita un bolero de Agustín Lara dile que la quiere dile que me muero de tanto esperar… que mi madre canturriaba hace más de cuarenta años en su Chile natal, a unos 15 mil kilómetros de Barcelona. Hasta aquí nada nuevo, me replicará usted, pues se equivoca, resulta que el joven cantante era rumano (lo sé porque le pregunté) lo que no le impedía, en un español algo macarrónico, dejar en esa canción su alma y tripas. Ni Agustín Lara lo hubiese hecho mejor. Mientras cantaba, acompañado de románticos movimientos pendulares, dos jóvenes franceses que estaban sentados a mi lado se preguntaban si aquel cantante callejero lo hacía en castellano o portugués. En unos pocos metros cuadrados y en el espacio de dos minutos soplaron por ese vagón aires cosmopolitas, ¿Será eso la multiculturalidad?

Soy hija de una diáspora, y desde que tengo uso de razón llevo pegada en mi frente una etiqueta en la que reza la palabra extranjera. Lo he sido en países muy diferentes, de los cuales he tenido que aprender usos y costumbres y, cómo no, la lengua. Soy meteca y no es fácil empezar de nuevo en un medio desconocido y por ende hostil, al menos en un primer tiempo. Los metecos somos los “otros”, aquellos que vienen de fuera y que jamás serán como los autóctonos, y esto nos perseguirá toda la vida como una piedra en el zapato. Por mi fisonomía anodina nunca, debo decir, he tenido problemas, algunas veces, mi acento raro me delata pero no provoca nada en el otro que denote rechazo.  Además por el hecho de haber cambiado de terruño tantas veces y desde tan joven no he tenido tiempo de cultivar raíces, de esas que alimentan la nostalgia, que nos atrapan y no nos dejan movernos. Con tantas idas y venidas tampoco ha cuajado en mí una cultura que me defina de manera rígida e inalterable. Soy como el fango que nunca acaba de cuajar y que es eternamente moldeable. No me aqueja ningún tipo de añoranza, lo que más me importa está por aquí. No tengo raíces ni cultura que me definan o etiqueten, soy del lugar donde me encuentro.

Por las venas de mi tribu corre sangre chilena, francesa, sueca, finlandesa, irlandesa, peruana, y rusa. Entre todos hablamos siete lenguas que van desde el catalán al finlandés pasando por el inglés y el español, sin olvidar el frañol o el catañol. En más de algún encuentro familiar hemos tenido que recurrir al traductor de google para entendernos.

Aprendí que entender e interesarse por la cultura de acogida, y hablar su lengua es una muestra de respeto y agradecimiento. Aunque parezca cursi, cada vez que alguien me habla en catalán sin ningún “miramiento” me siento alagada y agradecida.

Pero conviene matizar. Primero que nada la comunidad inmígrate no es nada homogénea. No todos los “nous vinguts” tenemos la misma capacidad de adaptación, esta capacidad es indirectamente proporcional a las diferencias, no solo culturales, sino también de usos y costumbres, y en muchos casos religiosas que existen entre el inmígrate y la tierra de acogida. A mayor diferencia menor es la capacidad de adaptación. Pero sobre todo hay una diferencia de clases que a menudo define la mirada de los autóctonos. No es lo mismo un inmigrante ruso instalado en la costa y muchas veces protegidos por las autoridades locales, que un inmígrate chino enjaulado en algún taller inmundo de Badalona trabajando hasta catorce horas que no tiene nada que envidiar a las maquilas de la india. No podemos poner en el mismo escaparate a un ejecutivo japonés instalado en Madrid y a un chaval marroquí detenido en un centro de internamiento. Ambos son inmigrantes.

Aunque después de un cierto tiempo acabemos moviéndonos con soltura entre nuestros orígenes y la cultura de adopción, muchos inmigrantes vivimos en una especie de limbo porque ya no somos de “allá” y nunca seremos de “acá”. Amin Maalouf, maravilloso escritor de origen libanes afincado en París desde hace muchos años, declara en uno de sus libros que a menudo le preguntan si se siente más libanés o francés él responde inequívocamente “lo uno y lo otro” Este tipo de pregunta debería ser irrelevante si consideramos que cada uno de nosotros tiene una identidad propia, única e irrepetible hecha de miles de piezas que encontramos a lo largo del camino y que conforman nuestro Yo. Si aceptásemos lo irrelevante y empequeñecedor que resulta identificarnos con una sola cultura, solo entonces podríamos hablar de multiculturalidad y diversidad.   Por el momento autóctonos y metecos insistimos, con ahínco y tesón, en reivindicar un solo un acervo cultural.

La verdad es que no tengo ningún sentimiento patriótico, ni venero ninguna bandera, pero adoro mi ciudad, y aun más mi barrio, tengo un apego casi familiar con algunos comerciantes de mi calle. Con Carolina, mi panadera; con Toni mi quiosquero, con quien tengo acaloradas conversaciones sobre deporte y gimnasia ; con mi ferretero, que suele darme sabios consejos de bricolaje, o con Ahmed, el joven marroquí que tiene una tienda de arreglos de ropa que con su vieja máquina de coser y sus sabias manos obran verdaderos milagros. Esta es mi patria “chica” y la que recordaré con nostalgia si algún día tuviese que abandonar este país.

¿Por qué abandonamos nuestro país de origen? Simplificando podemos argumentar una razón fundamental: huir de una sociedad que nos niega oportunidades. Pero cualquiera sea la razón no podemos pretender rehacer el universo que hemos dejado atrás. Es necesario aceptar la cultura hegemónica, de lo contrario la integración es muy difícil y estaríamos condenados a un perpetuo limbo cultural e identitario. Nuestra condición de inmigrante no nos exime de deberes y obligaciones, como la de entender y respetar la cultura de los autóctonos. A priori ser meteco no nos convierte en victimas o en seres inferiores. Debemos abrazar la nueva sociedad en todo lo que tiene de bueno, y lo malo combatirlo al lado de los nativos. Es verdad que en un primer tiempo, que varía según el caso, el proceso de adaptación es muy duro, la supervivencia es una prioridad y ocupa toda nuestra energía. Llegamos al país de destino con una maleta vacía y la cabeza llena de ilusiones, sueños y proyectos, y no más llegar la mayoría de ellos des desvanecen tras un estruendoso choque con la realidad. Rápidamente nos enteramos que para sobrevivir hay que aprender los códigos de los autóctonos, sino estamos perdidos, pero resulta que hay códigos que no acabamos de asimilar, y por “narices” debemos aprender si no queremos ser excluidos. Por ejemplo, cuando llegué a Cataluña me chocó la manera tan directa que tenían de comunicarse, tan opuesta al protocolo algo repipi y anacrónico de los franceses, o a esas maneras dulces y relamidas de los sudamericanos. Cuando viví en Perú me costó un potosí acostumbrarme al ritmo lento y relajado de los limeños, a su habitual costumbre de mecer al otro (es la manera dulce y encantadora de posponer los compromisos)

Cuando llegamos a tierras ajenas, y en un afán de conjurar la nostalgia y el desarraigo creamos guetos o comunidades de iguales. Hay comunidades que crean verdaderas redes de apoyo con sus propios médicos, prestamistas, abogados etc. Aunque parezca políticamente incorrecto pienso que hay inmigrantes que dan la espalda a la sociedad que nos acoge. “Me quedo aquí, en tu casa, pero no me interesas en lo más mínimo” parecen decir algunos xénos. Muchos de de mis colegas metecos se conforman con solo alcanzar la “alfabetización funcional”, es decir saber desenvolverse en menesteres prácticos y administrativos, y ya está. Ningún interés por la historia o cultura de los anfitriones. De todas maneras, independientemente del grado de integración, la diferencia persiste toda la vida, y depende de cada persona hacer de ello una virtud o una maldición. Yo creo que es una virtud. Siempre he creído que la inmigración es un proceso sumativo de lengua, cultura, olores, sabores, usos y costumbres que otorga al inmigrante una situación de privilegio. ¡Qué maravilla poder movernos en varios universos! Confieso, con mucha vergüenza y muy poca modestia, que el ego se me dispara y me pongo muy vanidosa cuando tomo conciencia que puedo ostentar varias culturas y lenguas.

En cuanto a los autóctonos, la primera reacción hacia el “otro” es la desconfianza, nos olisquean como hacen los otros animales para conocerse y marcar su territorio. Esta actitud es hasta cierto punto normal, ya que cualquier especie lo haría si algún extraño irrumpe en su manada, para ellos (los autóctonos) somos moros, sudacas o gabachos, individuos distintos y bizarres. Pero, una vez superada esta etapa, y se dan cuenta de que el vecino marroquí no es un “nemicus” (extranjero hostil) nuestros anfitriones se relajan y hasta son capaz de establecer una convivencia sana y amigable, salvo algunos imbéciles que aun piensan que somos responsables del paro, de la crisis y si me apuran también del cambio climático. A menudo la ignorancia se oculta bajo una montaña de tópicos.

Los autóctonos solo logran tener pinceladas de las culturas foráneas, de la misma manera que los inmigrantes tenemos un pobre conocimiento de nuestros anfitriones. En Catalunya son muy pocos los inmigrantes que aprendemos la lengua vernácula, “¿para qué? si con el español basta. Son tan pocos los que hablan el catalán en el mundo, que no sirve de nada…” Este tipo de razonamiento de parte de un gran número de inmigrantes, me parece irrespetuosa y vergonzoso. Y no es que yo hable muy bien el catalán.

Estoy de acuerdo con Salvador Cardús cuando afirma que el reconocimiento identitario es imposible. Los valores y la cultura hegemónicos, siempre predominaran, y los xénos no podemos pretender legitimizar nuestra cultura. En Francia, los inmigrantes árabes solo han logrado introducir, después de cuarenta años, el cuscús y poco más. Claro que tienen sus mezquitas, muchas mujeres llevan el tchador e incluso existen barrios enteros árabes, pero siguen siendo una cultura subordinada. En realidad no se ha producido aquella riqueza cultural preconizada por los bonachones bien pensantes. Creo que esta riqueza se produciría bajo condiciones que hoy no se cumplen como son la curiosidad intelectual, la empatía, el abandono de una visión etnocentrista que caracteriza sobretodo a los europeos. Asimismo, algunos metecos deberían abandonar los aspectos belicosos y excluyentes de su cultura y religión. Y por ultimo deberíamos renunciar a un cierto narcisismo excluyente que nos afecta a casi todos los seres humanos.

La mujer de piedra

LA MUJER DE PIEDRA

                “Lo que sostiene una casa no es una piedra sino una mujer” – declaró un señor el otro día por la radio y se quedó tan pancho, o más bien se quedó satisfecho y orgulloso de exhibir tanta simpatía paternalista hacia el sexo débil. Por supuesto que no podemos negar que lo dicho por este señor es el espejo de una realidad milenaria que se perpetúa hasta nuestros días, pero  desencadenó en mí un gran malestar, mucha rabia y lo que es peor me sentí víctima de un gran timo. Pienso que pocos roles que se nos han atribuido y que hemos representado a lo largo de la Historia nos ha favorecido realmente, y todo aquello que hemos conquistado son sólo migajas que el sistema patriarcal ha tenido a bien otorgarnos.

El camino hacia la igualdad y el reconocimiento (desde el punto de vista masculino) comenzó durante la Segunda Guerra Mundial con el famoso We can do it  que invitaba a las mujeres estadounidenses a incorporarse al sistema productivo para salvar la patria mientras los hombres andaban por ahí salvando a la vieja Europa. Y así, a lo tonto y sin darnos cuenta seis millones de  mujeres se pusieron a construir tanques, municiones, jeeps y otros artilugios bélicos. Durante este prodigioso periodo de igualdad las mujeres soportaron duras condiciones de trabajo, cobraban mucho menos que los hombres, y sufrieron, como no, acoso sexual. Lo peor es que en los años ochenta las feministas utilizaron este slogan como símbolo de la igualdad de género.

Aunque no soy feminista, me cansé de llevar sobre mis espaldas el peso del devenir de mi tribu y de la humanidad entera. Estoy harta de llevar a cuestas el Karma de la responsabilidad eterna y de sentirme culpable por no ser perfecta. No, no  me siento orgullosa de ser ciudadana de segunda venida a más por conveniencia de un sistema patriarcal. Me siento timada, ridícula y algo patética. Es como si un esclavo se sintiese feliz y satisfecho de su enorme capacidad productiva a la hora de recoger el algodón del amo, olvidando su condición, la pérdida de su libre albedrío, las humillaciones y los azotes recibidos.

No, no quiero ser la piedra que sostiene la casa que me impide ser Yo. No quiero ser abnegada, ni dócil, ni valiente por decreto patriarcal, tampoco deseo ser una gran administradora de los bienes de la tribu. Me niego tirar de mi prole sin otra ayuda que las migajas que nuestro generoso compañero nos ofrece, después -por supuesto- de haber cumplido con sus obligaciones laborales. Deseo poder exhibir sin miedo todas mis debilidades, fisuras y limitaciones.

Y si eligiese ser solícita, generosa, abnegada y perfecta  sería resultado de un camino personal muy meditado, o simplemente porque me da la gana, pero en ningún caso porque soy mujer y tengo un rol asignado de antemano.

Ahora bien, supongamos que exista una genética femenina que condiciona nuestro comportamiento diferenciándonos así de los  hombres. Pero, ¿por qué  esta diferencia debería servir de pretexto para justificar la falta de equidad entre los géneros? Creo  sobre todo que somos seres únicos, en donde el género, aunque importante, es sólo un factor más, que determina una identidad singular e irrepetible. Me gusta ser femenina, sensible y coqueta, pero al mismo tiempo me siento, independiente, vulnerable, capaz de decidir, de arriesgarme y de meter la pata. Quiero poder admitir que a veces las hormonas ganan las lides impuestas por la naturaleza y que atravieso por periodos de profunda contradicción sensiblera en donde no me aguanta ni mi sombra.

Seguramente quien escribió eso de que la mujer es la piedra que sostiene la casa lo hizo con toda la buena intención…o no. Lo que está claro es que ha querido desde su ignorancia dignificar nuestra condición de esclavas, pero en ningún caso cambiarla.

Para probar que somos seres humanos completos, con alma y un sistema cognitivo como corresponde, hemos tenido que aguantar lo inaguantable. ¿Por qué nos empeñamos en ser heroínas? ¿Cómo podemos disfrutar de tantos deberes y de tan pocos derechos? Confieso que prefiero ser yo misma, es decir, terriblemente imperfecta. Lo de super-woman lo dejo para las heroínas de culebrones o para alguna despistada que no se ha enterado de que las cosas deben cambiar.

Poco de lo que hoy dignifica a la mujer me parece válido. Sólo  sirve, de manera maquillada, siniestra y retorcida, para prolongar nuestra servidumbre. Aquella mujer que aguanta la miseria y los malos tratos no es abnegada, ni heroína, solo tiene mucho miedo y escasas herramientas para  defenderse y decir basta. No hay nada de poético en todo ello.

En ocasiones he pedido a mi entorno femenino que me explique por qué asumimos con tanta naturalidad la doble jornada de trabajo impuestas por nuestra condición. La respuesta es casi unánime: Es  que ellos no saben hacer nada, ¡los pobres! O lanzo otra pregunta, tan inocente como la primera: ¿Por qué en el devenir profesional nuestros maridos tienen la prioridad? No sabe, no contesta. Este tipo de reflexión o de silencio emana de cerebros de  mujeres del primer mundo, emancipadas económicamente e instruidas. Me parece a mí que hemos sacado muy poco rédito de la lucha feminista.

Es verdad que desde hace algunos años hay  un reconocimiento público del rol de la mujer en la sociedad, pero por el momento no es más que una tenue visibilidad empapada de demagogia. Bajo el pretexto de que podemos ocuparos de varias cosas a la vez, de que somos campeonas en resolver problemas y de que  gozamos del don de la ubicuidad, se sigue perpetuando nuestra condición. Sin contar que ahora somos estupendas, maravillosas y muchos otros  bla-bla edulcorados. El discurso ha cambiado de manera radical: de repente las mujeres pasamos de ser unas mantenidas con un cerebro incapaz de albergar a más de  una neurona, a ser el centro del universo masculino. Hoy, los hombres confiesan sin tapujos que sin nosotras no  son nada. Toda esa retórica oportunista no es un reconocimiento reparador de miles de años de sometimiento. ¡Qué va! Es solo la manera moderna y maquiavélica de mantenernos en casa (o en el despacho) y con la pata  quebrada. Continuamos siendo excluidas de lo público, y lo que es peor, lo aceptamos con resignación, aún se nos  trata como objetos y no como sujetos, aunque nos vendan lo contrario.

Mi intención no es cargarme al sexo fuerte, ni arremeter contra esta sociedad sexista e injusta, eso lo dejo para otra ocasión. Pretendo, sin embargo, llamar la atención de mis colegas mujeres, ya que siguen empeñadas en aferrarse  a su condición. Muchas de nosotras sentimos un placer casi masoquista en ocuparnos de la intendencia del hogar, en tratar al marido como a un hijo más al mismo tiempo nos sentimos realizadas porque ingresamos un salario cada mes en las arcas familiares. La verdad es que somos un chollo. Como forma de mostrar nuestro afecto nos ocupamos de satisfacer todas las necesidades vitales de la familia: ropa limpia, comida, casa organizada hasta los más mínimos detalles, hijos bien entrenados en el arte de no molestar a papá. ¿Compartir todo eso con mi  compañero? Ni hablar, es que él no puede, y además está tan ocupado. Nos han tendido una trampa y hemos picado. Muchas mujeres “emancipadas y modernas” van  por ahí ufanas fardando de sus cualidades intrínsecas tan superiores a las del hombre: ¡Qué va! si ellos  no pueden hacer dos cosas a la vez…si no, pídeles que mastiquen chicle y que caminen al mismo tiempo. Con una sola neurona ¡Imposible¡ (pues sí, ahora son ellos los que padecen de escases neuronal). Qué ilusas que somos, olvidamos que ellos son los que dirigen la economía y deciden nuestro estilo de vida. Vaya, que tienen el sartén por el mango.

Documentándome para escribir estas líneas encontré una joya  que  define “l’etat de grâce” en el que nos encontramos las mujeres:

“…Las mujeres tiene fuerzas que maravillan a los hombres.

Aguantan dificultades, llevan grandes cargas pero tienen felicidad, amor y dicha.

Sonríen cuando quieren gritar

Cantan cuando quieren llorar.

Lloran cuando están felices y ríen cuando están nerviosas”  

O esta otra joya: “Las mujeres luchan todos los días para hacer del mundo un mejor lugar donde poder vivir”.

Ignoramos hasta qué punto estas palabras son peligrosas además de tópicas. Dígame usted si esto no es la negación misma del ser humano. Cuando escucho sandeces como éstas me viene a la cabeza la imagen del dios Atlas sosteniendo la Tierra sobre su espalda, de solo imaginarlo me canso y sobre todo me siento víctima de un despropósito descomunal. ¿Cómo un ser humano, y que para más inri pertenece al sexo débil, puede cargar con semejante carga si no es en detrimento de su propia persona, de su propio yo?  Es un “yoicidio” en toda regla.  No es yendo por la vida con aire “herculiano” y resignadas que debemos reivindicar igualdad de derechos y oportunidades y una mayor equidad. La sociedad puede decir misa acerca de nuestro lugar en el mundo, pero de ninguna manera estamos obligadas a entrar en la iglesia. Y si lo hacemos, es bajo nuestra responsabilidad.

Dicen por ahí  que lo que la  mujer quiere es seguridad, pero olvidamos que esa necesidad primaria está inscrita en los genes de todas las especies animales, machos o hembras, atribuirle esa necesidad solo a la mujer es una manera de sometimiento: “Te protejo y a cambio te ocupas de todo”. No me diga usted que no era un acto de extrema injusticia y abuso cuando nuestros padres soltaban a nuestras madres cada fin de mes un sobre con un salario raquítico y ellas tenían que alimentar, educar y vestir a todo un regimiento, y pobre de ellas si no obraban el milagro. ¿Abnegadas? Sí. ¿Sufridas? Por supuesto. Pero, a pesar de lo vivido por nuestras antepasadas pienso que no solo seguimos arrastrando esa servidumbre ancestral heredada de ellas, sino que además nuestra situación ha empeorado, ahora asumimos una doble jornada de trabajo y una cantidad infinitamente mayor de responsabilidades.

Una mujer de letras, muy respetada, dijo en uno de sus discursos que “la misión de la mujer es dar y preservar la vida”.  Esta es sin duda una visión simplista y muy limitada acerca de nuestro género. Estoy convencida que somos mucho más que eso. Ser madre no es de ninguna manera una misión, es solo una cualidad que la naturaleza nos dio y que podemos utilizar a nuestra guisa. ¿Qué pasa con aquellas mujeres que por convicción han descartado de sus vidas la maternidad, haciendo uso de su libre albedrio? ¿No tienen acaso ninguna misión en la vida? Somos algo más que un útero fértil y acogedor, y me parece increíble que después de tantos años de lucha feminista aún tengamos que debatir sobre temas tales como la repartición de tareas, el aborto, la diferencia de salario y muchas cosas más.

No quiero seguir siendo valorada por lo que hago (cuidar de la casa, de los hijos, traer una paga, asumir un marido-hijo). Quiero dejar de hacer todo eso en solitario, deseo que mi compañero comparta esas tareas con total naturalidad y así  poder, de una vez por todas, moverme por terrenos más amables e equitativos.

Nosotras, mujeres del primer mundo, nos sentimos privilegiadas porque ahora se nos permite una cierta visibilidad en la esfera pública, y con esto olvidamos que el poder sigue siendo masculino con todo lo que eso significa. Y nosotras tan contentas porque en estos últimos cincuenta años se nos ha permitido el acceso a la educación, a un cierto poder de decisión, podemos votar y ya no tenemos que pedir permiso a nuestros maridos para trabajar. Podemos divorciarnos si lo deseamos, e incluso se inventó para nosotras la lavadora, los platos precocinados y otros artilugios que nos sacaron de una esclavitud arcaica y pasada de moda. Ahora somos esclavas con tecnología. Sin embargo, existen mecanismos ancestrales de sometimientos muy sutiles y perversos que aún persisten, y es ahí donde debemos actuar.

Hoy las reivindicaciones en defensa de la mujer continúan estando casi exclusivamente en manos de grupos de activistas, muy minoritarios por cierto. La protesta no se manifiesta de manera  individual y en el ámbito de lo privado. Pienso firmemente que la pelota está en nuestro tejado y que con un diálogo inteligente y sólido en argumentos y convicciones podríamos dar un paso adelante. Sin embargo, creo, tras escuchar a algunas mujeres, que el enemigo está en nuestras propias filas y que hay muchas mujeres que sienten una cierta autocomplacencia en asumir el rol  de heroína-mártir que se nos ha asignado.

Toda esta reflexión es  puro empirismo, no soy versada en temas de feminismo… pero mi intuición e instinto me dicen que las mujeres tenemos aún mucho camino por recorrer plagado de trampas y equívocos.

CON EL ENEMIGO A CUESTAS

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Pues sí, puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que todos llevamos un  enemigo a cuesta.  Y eso  desde el momento mismo de la unión del espermatozoide  y del ovulo de nuestros padres.  No, no tenga miedo estimado lector, le puedo asegurar que  desde muy pronto aprendemos a convivir con él,  y la mayoría de nosotros logramos un especie de pacto tácito para que nos deje en paz,  aunque no siempre cumple, e incluso hay algunas personas, que no son pocas, que no tienen ni idea de lo que tienen sobre los hombros.  ¿Qué de quien hablo? Ah! Perdón, se me había olvidado desvelar su identidad…es el  cerebro.  Antes de continuar deseo aclarar que las reflexiones que expongo a continuación  no tienen ningún valor científico propio,  es puro empirismo, o reflexiones caseras. No vaya a ser que  venga  el  honorable colegio de neurólogos y me endose una querella por injurias y calumnias hacia su órgano estrella.

Pero vamos por parte, según la wikipedia el cerebro es el órgano mayor del sistema nervioso central y el centro de control para todo el cuerpo, tanto para actividades voluntarias como para actividades involuntarias. También es responsable de la complejidad del pensamiento, de la memoria, de las emociones y del lenguaje. Este enemigo nuestro es tan complejo que en sólo un centímetro cubico de materia gris hay tantas sinapsis (nexos entre neuronas) como estrellas en nuestra galaxia. Es el ecosistema menos conocido a la vez que el más complejo del que se tenga conocimiento. Y además, ¡Imagínese usted! controla y hace posible todo aquello que nos hace humanos. ¡Impresionante! Leyendo esto nadie podría dudar de sus buenas intenciones.

Pero, querido lector,  no se deje impresionar por los análisis reverenciales que hacen  del  susodicho los gurús de la medicina. En realidad estos 1.400 centímetros cúbicos de materia gris esconden un lado oscuro, que puede llegar a ser muy pero que muy oscuro y además retorcido.  Para todo bípedo civilizado  el cerebro constituye la herramienta de vida más importante, tal vez sea así, pero ignoramos  hasta que punto su control sobre nosotros puede ser nefasto. Vamos a ver, voy a intentar explicar este aparente disparate.

Dícese que el cerebro humano tiene la capacidad de almacenar todas las experiencias y cómo es sumamente astuto y organizado las guardas en distintos compartimentos que los expertos llaman subconsciente o inconsciente, según quien lo diga.  Ahí  guardamos tanto las experiencias de andar por casa, esas que se pueden recordar  sin gran esfuerzo, como también  los deseos, instintos,  vivencias que reprimimos y que nos resultan  inaceptables. El cerebro es algo así como un cajón de sastre. También tiene como cometido mantener un “cortafuego” que censura los deseos, el instinto; haciéndonos así más acorde con la realidad exterior, con los principios morales y éticos de la sociedad. Así se construye  la personalidad, en detrimento de nuestra esencia.

Si el cerebro  es el centro de control de todo el cuerpo,  el hipotálamo,  una glándula hormonal tan pequeño como una nuez, es el  mandamás. Esta pequeña glándula tiene funciones tan esenciales como la regulación de la energía, la temperatura, el sistema inmunitario,  el comportamiento sexual, el apetito, entre otros.

Pero,  de lo que realmente deseo hablar es de la mente, aquello que emerge del cerebro,  “su producto”   Es la responsable del entendimiento, de la  capacidad de crear pensamientos, de la creatividad, del aprendizaje, del raciocinio, de la percepción, de la emoción,  de la memoria, de la imaginación y de la voluntad Puf…de cuantas cosas. Hay quienes dicen que la  mente es el comportamiento de la materia, y hay quienes aseguran que  la mente es  algo paralelo y distinto a la materia,  con existencia propia.  Pero esto no es todo, al parecer  la actividad consciente de la mente es solo la punta del iceberg.  En realidad,  es en la parte inconsciente donde se encuentra “la madre del cordero” Y para más inri, aunque tiene el sartén por el mango  esta se deja  ver, o se vuelve consciente,  en contadas ocasiones.

Desde las honduras insondables del inconsciente,  la mente  se encarga, de manera sutil,  de gobernar nuestras vidas y de transformar las  vivencias  pasadas en pesadillas, en obstáculos que nos impiden avanzar, y lo que es peor, vivimos todo esto en la más absoluta ignorancia.   Y si, en un acto de valentía,  tratamos  de modificar todo aquello que nos hace daño  ahí está la  muy canalla erre que erre  machacándonos  el sosiego y aprovecha la mínima distracción para hacerme la vida imposible. No tranquila con meterse con las emociones también, y cuando puede, la mente se ensaña con nuestro cuerpo. Por falta de entendimiento, somatizamos con dolencias físicas.

Los malos momentos,  el cerebro los almacena y la mente se encarga de materializarlos convirtiéndolos en fobias, bloqueos, bulimia, anorexia, depresión, miedos,  paranoias, baja autoestima, etc. En realidad la lista es mucho más larga pero no deseo deprimir a mis lectores.

A menudo la mente, desde el subconsciente,  nos obliga a hacer o a decir cosas  que delatan nuestras  debilidades  y, por supuesto, en los momentos más inoportunos.  ¿Quién no ha sufrido  un sabotaje mental cuando se presenta a una entrevista de trabajo o acude a una primera cita? A menudo la mente se sirve del verbo para acometer sus embistes, ¿Quién no se acuerda cuando Zapatero se equivocó y anunció  “un acuerdo para follar” en unos de sus discursos”?

Claro que no todos somos maltratadores, fóbicos,  anoréxicos, neuróticos, pero si que estamos a la merced de los caprichos de la mente: nos bloquea, nos infunde miedos irracionales que no podemos explicar y que nos impide muchas veces desplegar todo nuestro acervo de manera sana y plena. Desgraciadamente por falta de conocimiento e ignorancia, cada vez que empieza a funcionar mal no la podemos “resetear”,  como a los ordenadores, pero solo por ignorancia nuestra.

Por otro lado, ¿Se ha fijado usted que  las experiencias que la mente utiliza provienen  de los  hechos más oscuros de nuestra historia personal?  Se nutre de las vivencias pasadas, y no de las más placenteras precisamente. En definitiva, la mala pécora se encarga de  distorsionar la visión del mundo, de robarnos la realidad, y machacar nuestro Yo a su antojo, ¿será masoquista esta dichosa tirana?

Siendo  la mente  tan frágil y vulnerable, y que  se resiente a la menor experiencia negativa,  ¿Cómo puede tener tanto dominio sobre nosotros?  La respuesta está en nuestra educación e ignorancia. Si nos enseñaran desde pequeños  a conocer nuestro cuerpo y a escucharlo tendríamos más control sobre sus funciones, y le aseguro yo que otro gallo cantaría.

Pero, modificar esta situación y tomar las riendas de nuestras vidas constituye un dispendio tan grande de energía y dedicación que la mayoría de los mortales renunciamos a esta batalla incluso antes mismo de librarla.  Es más fácil contraer un trauma que deshacerse de él.  Nos cuesta años de psicoanálisis y muchas veces con resultados más que dudosos. Y  hoy la principal forma de combatir los embistes de la mente son los fármacos, para alegría y regocijo de las farmacéuticas.

Pero tranquilícese querido lector, hoy en día hay muchos estudiosos del tema que piensan que eso del determinismo y de que estamos a la merced del cerebro y de su acolita  la mente son historia antigua y que podemos, bajo ciertas condiciones, vencer sus  “maleficios”

¿Qué no me cree? Pues bien, recientes descubrimientos científicos aseguran que el cerebro, tras un trauma, es capaz de repararse  a sí mismo  es la “resiliencia neuronal” o la Nueroplasticidad. Estos hallazgos  atribuyen a las células del sistema nervioso la capacidad de regenerarse anatómica y funcionalmente tras sufrir alguna patología  o trauma. De esta manera,  los   estudios realizados confirman la  reversibilidad del destino y aseguran que es posible esquivar las zancadillas de la mente.

Boris Cylunik, padre de la resiliencia y resiliente el mismo, siempre ha defendido la capacidad de nuestra especie no solo de  afrontar los infortunio de la vida sino que  asegura que podemos salir fortalecidos. Los traumas siempre estarán en la memoria, y no hay vuelta que darle, solo se trata de no someternos a ellos.  Cylunik asegura, por su propia experiencia  y por su erudición en el tema, que es posible. Para llegar a ello es necesario “encuentros significativos”  con personas que faciliten  la resiliencia.  Para él fue una maestra de escuela,  que lo escondió  de los nazis y le salvo la vida, para mi fueron dos personas que confiaron en mí y me indicaron el camino, cuando la cosa estaba más bien chunga.

Claro que no es tarea fácil ¡Qué va!  Se necesitan recursos internos, esfuerzo, un entorno solidario, un “nicho afectivo” sólido  y voluntad… muchísima voluntad.  No se trata de que cada mañana nos miremos al espejo e invoquemos a los dioses de la resiliencia para alcanzar el nirvana,  como vaticinan algunos gurús de pacotilla que circulan por el mercado esotérico, es algo más complejo.

Los factores que facilitan  la resiliencia no son solo genéticos. Está también la estabilidad afectiva, recibida durante los primeros meses de vida, y que configura la “confianza primitiva”, la familia, el entorno, la escuela.

Como ve, querido lector, hay herramientas a nuestro alcance que podrían vencer la tiranía de la mente. Eso sí, el precio por librar  esta batalla es muy elevado, pero no intentarlo es infinitamente  más oneroso.  Usted decide.

Lo que el tiempo se lleva

 

¿Cómo algo que escapa a nuestros sentidos domina con tanta tiranía cada acto de nuestra vida? Pregunta de difícil respuesta que nos hacemos cuando, presos por los avatares del tiempo, nos damos cuenta de sus efectos perversos: angustia, estrés.

Pero et tiempo no  siempre fue un instrumento de coerción. Por imperativos sociales el hombre desde muy temprano ha tenido que medir el tiempo y convertirlo en un instrumento regulador de la convivencia humana. Su evolución hacia un arma de presión va a la par con el advenimiento de la sociedad industrial. Pero, en realidad fue mucho antes, a mediados del siglo catorce,  cuando se impuso el reloj, convirtiéndose en un instrumento de poder.  Aquí se inició el fenómeno de autoaceleración del tiempo, alejándonos definitivamente de los ciclos naturales. A este respecto, estudiosos del tema han realizado una experiencia muy interesante: A los participantes se les pedía que cierren los ojos y cuenten un minuto,  la mayoría pensaban que los sesentas segundos habían transcurrido cuando aun falta la mitad.

Hoy, el tiempo, más precisamente su gestión, es uno de los elementos  más conflictivos de la sociedad a la vez que existen, gracias a la tecnología, todas las condiciones para vivir en perfecta armonía. Esta es una de las tantas paradojas que nos ofrece la vida moderna.

Por otro lado, si consideramos que el tiempo es una invención del hombre y que transcurre a un ritmo diferente para cada persona, podemos, entonces, soñar con un tiempo más humano y abogar por un equilibrio entre las necesidades sociales y personales en lo que a tiempo se refiere.

Todos los seres vivos tienen lo que comúnmente llamamos relojes biológicos o ciclos vitales marcados por patrones cíclicos dependientes de la naturaleza.  La principal función  de los ritmos biológicas es la de sincronizar los patrones de comportamientos del organismo con  el medio externo. Dan la estructura temporal a la vida.

En el transcurso de la historia se has desarrollado dos tipos de tiempo: el subjetivo que corresponde a una vivencia íntima directa. Es una experiencia inmediata que adquirimos mientras vivimos. Para cada uno de nosotros el tiempo subjetivo representa  nuestra manera de ser más intima, que no se puede comparar con la de los demás. Este tiempo tiene connotaciones cualitativas: puede ser agradable, lento, insoportable. No es lo mismo diez minutos junto a la persona amada  que pasarlos esperando el metro.  La valoración  y la  percepción de la duración son distintas.

Por otro lado existe el tiempo objetivo, simbólico, que marcan los relojes. Obedece a un ritmo homogéneo, monótono, cuya tarea es ordenar las actuaciones del colectivo humano. Cada día pasamos del tiempo vivido que sentimos (subjetivo) al tiempo cronológico marcado por la sociedad: Existe una diferencia irreconciliable, al menos en este sistema social y económico,  entre  estos sentidos del tiempo, ambos representan dos facetas de la vida humana.

A medida que la sociedad humana adquiría mas complejidad  el tiempo  ha sido regulado principalmente a través del tiempo simbólico, representado por marcadores temporales (relojes, calendarios,  cronómetros, horarios) qua a su vez, evolucionaron al ritmo de las necesidades sociales. El calendario, antes que el reloj, fue la primera representación simbólica que reguló la conducta de los hombres.

¿Es el tiempo un hecho objetivo impreso en la naturaleza?; ¿Es una peculiaridad de la conciencia humana? El debate está aún vigente,  por el momento solo podemos intentar definir su función social. Podemos asegurar, sin embargo,  que el hombre, empujado por intereses ajenos a su naturaleza, ha violentado su relación con el tiempo convirtiéndose en motivo de conflicto.

El tiempo en femenino

La mujer y el hombre han manifestado siempre diferencias en el momento de definir las prioridades temporales, aunque la creciente aceleración de nuestro estilo de vida toca a los dos por igual.

De manera general podemos afirmar que a través de la historia la mujer ha privilegiado el tiempo subjetivo, el hombre en cambio se ha inclinado por el tiempo simbólico, marcado por la rigidez del reloj y del calendario. Además la mujer tiene la capacidad de dar al tiempo una elasticidad y rentabilidad que el hombre no  posee. De ahí la creencia popular que asegura que “el hombre no puede marcar chicle y caminar al mismo tiempo” mientras que las mujeres pueden realizar varias tareas a la vez.  Mi propia experiencia da fe de esto último.

A lo largo de la historia se ha considerado, de manera tacita y explicita,  que el tiempo del hombre era más importante, mientras que la mujer asumió de manera “natural” las tareas menos gratificantes y menos valoradas.  De la misma manera que la mayoría de las mujeres consideran un privilegio aquella tarde pasada con sus hijos.  Para muchos hombres, aunque lo consideran importante, sin embargo no ocupa un lugar destacado en sus agendas. En el ámbito laboral las “inclemencias del  tiempo” parecen afectar más a la mujer que al hombre. En efecto, desde  que la mujer se incorporó al mundo del trabajo remunerado lleva sobre sus espaldas el peso de la doble jornada de trabajo.

La importancia del tiempo en el ámbito laboral

En la era industrial los marcadores temporales se convirtieron en un instrumento de poder absolutamente necesario para la organización económica.

El principal mentor de estos instrumentos fue sin duda el stajanovismo soviético, que impuso una “organización científica del trabajo” Esta  consistía en medir el tiempo laboral hasta los últimos detalles, imponiendo un trabajo intenso y cronometrado. A tenor de las estadísticas, podríamos asegurar que en los últimos cien años asistimos a una reducción del número de horas de trabajo real.  Pero lo que las estadísticas no desvelan es el incremento sustancial del trabajo real.  Desde hace medio siglo, la productividad de los trabajadores de los países más avanzados se ha duplicado, dicho de otro  modo, podríamos  producir el mismo bienestar en menos de la mitad del tiempo. De estas cifras se deduce, que cuando se incrementa la productividad se nos presenta la oportunidad reducir la jornada de trabajo y por ende tener más tiempo libre, pero no es así.  Cuentan por ahí que los Bosquimanos que ocupan las regiones  más remotas del desierto Kalahari  y que viven de la recolección recibieron de parte de una ONG herramientas que les permitían  incrementar la recolecta de frutos y granos. Pero estos, ni tontos ni perezosos, en vez de aumentar la producción prefirieron disminuir el tiempo dedicado al  trabajo y seguir produciendo lo mismo, es decir estrictamente lo necesario.   Lo entendemos cuando nos enteramos que estos indígenas son grandes contadores de historias, y se expresan de manera elocuente a través de la música, la mímica y el baile, ¿Qué es más satisfactorio, contar historias y bailar o trabajar?, al parecer ellos lo tiene claro.  Cuestión de prioridades.

Antaño, la concepción del uso del tiempo era distinta. Una vida “ociosa” dedicada al arte y la cultura, era de buen ver, hoy en cambio, una agenda atiborrada de citas y reuniones es sinónimo de prestigio.

Hoy, inducidos por la dinámica propia de la sociedad de consumo, optamos por ganar más dinero. Nos inclinaos por el “tener”, que nos proporciona en dinero en detrimento del “ser” que solo el tiempo nos lo puede dar: La sociedad está organizada para al individuo un estilo de vida en donde sobran los objetos materiales y escasea el tiempo.

El trabajo estructura todos los ámbitos de la vida: En ningún sitio como en el trabajo se libra una batalla más dura contra la vorágine del tiempo, provocando el desequilibrio de nuestros ciclos vitales: dormimos dos horas menos que nuestros abuelos, comemos en la mitad de tiempo y a horas disparatadas.  Aplazamos al máximo la maternidad, y hace muchos lustros que no contemplamos amaneceres ni nos emocionan los atardeceres.

El tiempo de nuestros hijos.

El problema del tiempo y su administración alcanza a los niños. Nuestros hijos e hijas, al igual que nosotros, están atrapados en esta “locura”. Así, nos encontramos con retoños que, entre  el cole, los deberes y las actividades extraescolares se encuentran con jornadas de trabajo que se prolongan hasta más allá de las nueve de la noche.

Los padres, con justo interés, deseamos ofrecer a nuestros hijos todos los recursos necesarios para afrontar  la jungla que les espera. Para ello los iniciamos en todo tipo de actividades “preparatorias”  que conllevan  un importante despliegue de recursos y tiempo en detrimento de la convivencia familiar.  Deberíamos enseñar a los niños a apreciar el tiempo “ocioso” ese que nos permite pensar, soñar, improvisar. Rousseau ya lo dijo: “Los niños tienen su propio modo de ver, pensar y sentir y nada más necio que hacerles cambiar su mundo por el nuestro”

Además, en su proceso de aprendizaje, de por sí muy deficiente, el niño invierte cada vez menos tiempo en la búsqueda de conocimiento, siendo este cada vez de menor calidad. Los pequeños engullen una cantidad “obscena” de información (no confundir con conocimiento) que no tienen tiempo de digerir. Desde siempre, la adquisición del conocimiento ha supuesto un esfuerzo, un camino sembrado de rituales que recorríamos con asombro y mucho apetito. Sin embargo, en este proceso se han abolido las fronteras temporales y espaciales, el contacto con los objetos tradicionales de cultura y conocimiento, con las personas susceptibles de transmitirnos su sabiduría.  Actualmente un clic sobre Wikipedia sacia toda sed de conocimiento, sin el romanticismo que debería acompañar este proceso. ¿Cuántos niños acuden a la biblioteca para consultar una enciclopedia, o tienen distendidas charlas con sus mayores? Muy pocos.

La desigual distribución del tiempo.

Cuando hablamos de la insostenible aceleración del tiempo olvidamos a menudo su aspecto desigual. Si nos detenemos a pensar, “los recortes temporales” siempre se ejercen sobre las actividades esenciales: descanso, alimentación, vida afectiva, desarrollo personal, a favor de actividades “contranatura” impuestas por el trabajo remunerado. Con natural resignación no nos importa prolongar  una reunión o trabajar hasta horas impropias. Pero cuando se trata de leer un cuento a nuestros hijos intentamos acabar “la faena” lo antes posible, no porque no lo deseemos sino porque toda la energía se quedó en el despacho. Sólo empleamos como media treinta minutos para comer contra las dos horas de antes. Según algunos expertos los norteamericanos han perdido como media el 40% de su tiempo libre, y trabajan al año casi un mes más que hace dos décadas.

La tecnología liberadora

Podríamos pensar, en un ejercicio de optimismo, que la llegada de la tecnología en nuestras vidas tendrá o mejor dicho, está teniendo, un impacto positivo.  En muchos aspectos así es. La modernidad ha puesto a nuestro alcance una inestimable variedad de artilugios entre cuyas principales tareas se encuentra la de ganar tiempo. No podemos negar lo que ha supuesto para la mujer la llegada de los electrodomésticos a sus hogares, o el ahorro de tiempo que nos ofrece el ordenador e internet, que otorgan la posibilidad de comunicarnos e informarnos con una rapidez y eficacia sin precedente. Estos instrumentos han abolido las fronteras temporales y espaciales, creando una nueva noción de atemporalidad que nos ha hecho también impacientes.

El ocio como regenerador de la fuerza de trabajo

“…El trabajo es la causa de toda degeneración intelectual de toda deformación organica…” (Paul Lafargue. Le droit à la paresse) El carácter antinatural del trabajo asalariado ha tenido, por lógica supervivencia, que desarrollar su antídoto: el ocio organizado.

Inicialmente el ocio era una categoría muy amplia que básicamente abarcaba todas las actividades a las que nos dedicábamos fuera del trabajo remunerado: descansar, leer, dar un paseo, mirar una película etc.

Sin embargo, hoy en día, en el ocio la espontaneidad y la improvisación no están incluidas. Cada instante, cada minuto están cuidadosamente organizados, cronometrados o inmortalizados en agendas. Tenemos un amplio abanico de posibilidades para no dejar ni un solo instante al azar. Las actividades que realizamos en ese tiempo son cada vez más sofisticadas e implican un enorme derroche de recursos y energía. Hemos aprendido, equivocadamente, que lo importante son las llegadas” y las “salidas”  y no la experiencia misma, no hay disfrute.

 

El mito de la eterna juventud

La obsesión por evitar el paso del tiempo es un tema que persigue al hombre a lo largo  de la historia. Hoy, esta obsesión se ha “democratizado” y la ciencia nos ofrece un sin número de alternativas para prolongar la juventud. Alentados por modas y valores basados en la belleza y la juventud, el fantasma de la vejez acecha nuestras vidas cada vez más pronto. Cuando, con timidez y casi imperceptibles asoman las primeras huellas del tiempo, reaccionamos con pavor.  Aun recuerdo que cuando me regalaron mi primera crema anti-arrugas, yo tenía tan solo 35 años, para mí fue como tener ya el pasaporte a la vejez.

Así, a los 30 suscribimos un plan de ahorro vivienda, a los 40 pensamos en un lifting y a los 50 dejamos de soñar con cosas tan descabelladas como cambiar de vida, de trabajo,  o volver a enamorarnos. El periodo óptimo se reduce a unos diez/quince años, y oscila entre los 25 y 35/40 años. En este intervalo debemos realizar todo aquello que antaño se realizaba a lo largo de toda una vida.

Apenas pasada la adolescencia miramos el futuro con desasosiego, el pasado con nostalgia, y el presente con inquietud. El paso del tiempo es un mal inevitable, y la vejez tiene un “no sé que” de indecente,  al menos así nos lo han vendido.

Tiempo para recuperarnos de los estragos del tiempo

La constante aceleración del tiempo ha provocado que tarde o temprano tengamos que acudir a especialistas para mitigar sus estragos: Psicólogos para el estrés, gimnasios para paliar las muchas horas pasadas delante del ordenador, masajistas para la fatiga y tensiones. Todo esto, evidentemente supone tiempo y dinero.

En muchos casos es una cuestión de prioridades. Cuantas veces escucho decir a alguien que no tiempo de leer, pero sé con certeza que puede pasar toda una tarde delante de la tele mirando futbol, o algún reallity. Que quede claro, no tengo nada en contra del deporte.

Por otra parte, no siempre somos capaces de distinguir lo importante de lo urgente. E incluso, aunque  admitamos la extrema importancia de ciertas cosas (pasar más tiempo con los nuestros, otorgarle más tiempo al acto de comer, a descansar etc.), pero al no ser urgentes las postergamos indefinidamente…hasta que nos pasa factura. En términos temporales vivimos bajo la tiranía de lo urgente, que muchas veces son asuntos superfluos. No deberíamos olvidar que tenemos una inclinación natural a satisfacer las cosas que nos procuran placer, pero que olvidamos muy pronto, en aras del proceso civilizador en el cual nos encontramos inmerso desde que nacemos.

Hoy el tiempo “pasa volando”,  mientras que antaño transcurría con natural parsimonia. Ni que hablar del afán enfermizo de rentabilizar el tiempo que nos gobierna como una maldición.  Nos movemos entre el “ganar tiempo” y el “no perder el tiempo”, como si se pudiera cuantificar de manera natural y sana. Hemos olvidado que lo que cuenta es el momento y no la hora.

 

¿Podemos hacer algo?

En realidad, lidiar con el tiempo no es nada fácil, pero a modo de humilde consejo puedo mostrar lo que a duras penas logro hacer:

Aprenda a decir “NO”, sin excusas ni mentiras.

Establezca “paréntesis temporales”, a la hora de comer, por ejemplo.

Disfrute de las esperas, es un buen momento para leer, observar el entorno, o lo que usted quiera.

Permítase tener “días sin planes”

Reivindique parcelas domesticas, como una manera de poner los pies en la tierra. Mis amigos se ríen cuando digo que lavar los platos para mí es un momento de relajación y reflexión.

En definitiva,  revelarnos de manera individual contra la tiranía del tiempo no es fácil, lo admito, pero cuando lo logramos, obtenemos una indescriptible y agradable sensación de libertad, se lo puedo asegurar ya que lo he conseguido, sin por ello descuidar mis “responsabilidades” sociales y laborales.  Al Intentarlo, no se pierde nada.

Progreso ¿Dijo usted progreso?

Cada vez que nos asomamos a la historia de nuestra especie lo hacemos desde la perspectiva del progreso y del desarrollo, sin que por ello entendamos lo que son realmente. No pretendo aquí definirlos ni mucho menos. Pero desearía, desde mi supina ignorancia, desmitificar esos dogmas esenciales que parecen determinar nuestras vidas.
Desde nuestro púlpito occidental tendemos a pensar que el modo de vida que hemos alcanzado es muchísimo mejor que el de nuestros antepasados. Puede ser cierto desde una perspectiva etnocentrista domínate que en cuyos análisis considera únicamente a los habitantes de Europa, Estados Unidos o de otros pocos lugares pero que solo representan el 20% de la especie. Además, gran parte de los análisis que se hacen acerca de la evolución están planteados en términos casi exclusivamente cuantitativos y la premisa principal que se aplica es cuanto más mejor. No llenamos de orgullo y nos sentimos enormemente realizados, cuando leemos datos como los publicados por la WWF que afirman que en la actualidad tenemos de tres mil a cuatro mil objetos en nuestros hogares, algo así como 15 veces más que nuestros abuelos. Y por otro lado nos llevamos las manos a la cabeza con horror cuando escuchamos que por la primera vez nuestros hijos vivirán peor que nosotros. Pero, no siempre más rima con mejor, muchas veces es disonante y contraproducente
En mis eternos arrebatos de optimismo yo también pensaba que la tendencia natural de la sociedad era ir a mejor. Eso si, yo esgrimía argumentos menos incorpóreos tales como el incremento de la libertad, la incorporación de la mujer al trabajo, la educación obligatoria y gratuita, el mayor acceso a la cultura y a la sanidad. Sin embargo, Juan Luis Arzuaga, antropólogo y divulgador, se encarga de desmitificar tanta maravilla cuando afirma que “Desde los agricultores-ganaderos del Neolítico hasta el medio urbano actual no se ha dado ningún indicador biológico que evidencie que el paso del Paleolítico al Neolítico haya mejorado nuestra calidad de vida. Más bien fue un retroceso: más enfermedades, más horas de trabajo, más mano de obra y, en cambio, bajó la rentabilidad, incluso la estatura; y la condición de la mujer, a mi parecer, también se degradó. Ni viven más, ni viven mejor. No le veo ninguna ventaja, que quiere que le diga. Puestos a escoger… Otra cosa es una sociedad del primer mundo como la nuestra: tenemos asistencia médica, más posibilidades culturales.., pero todo esto es reciente y sólo para una parte muy reducida de la humanidad…lo que nos rodea, es Neolítico en estado puro: producción de alimentos, excedentes, intercambio, economía, sentido de la propiedad, civilizaciones, imperios…”.
Es verdad que temas como la esclavitud han evolucionado mucho. Efectivamente, ha corrido mucha agua bajo el puente desde que se cogían en África a jóvenes y robustos especímenes de homo sapiens y se les metían en galeras rumbo a América ¡Gracias a Dios que algo ha cambiado! Primero que nada hoy existen dos categorías bien diferenciada de esclavos: Nosotros y los otros, los del Sur a quienes se les explota in situ o vienen “por voluntad propia” en pateras, o escondidos en camiones. Para estos últimos la situación no ha cambiado en nada desde hace cientos de años. ¿Qué no me cree? Pues le invito querido lector a que vea el documental “Sangre en el móvil” que circula por en internet y después dígame si he exagerado. No, no es una pequeña mancha en un océano de progreso. Casi todos los productos manufacturados que se realizan en el Sur son hechos con mano de obra esclavizada, ¿Que sigo exagerando?, pues hurgue en el ciberespacio y ahí encontrará pruebas de sobra en forma de documentales.
Y luego estamos nosotros que pertenecemos a otra categoría de esclavos algo más moderna, donde el maltrato y la tortura (en este caso sicológica) son más sutiles: Ora te despido, ora te reduzco las horas de trabajo…o no, mejor te amenace con un ERE a ver si así te quedas tranquilo. Hasta que un día llegamos al trabajo y el jefe nos espera con el rostro compungido con una carta en la mano y un talón en la otra mascullando un “Lo siento. No es nada personal” Y nos quedamos, en la calle con el trasero al aire, una hipoteca que pende sobre nuestra cabeza y como único apoyo el de nuestro clan. Eso si, muchos esclavos modernos, cuando están bajo la tutela de un amo (trabajando y con contrato), gozan de regalías impensables para los colegas de antaño. Tienen coche, casa en propiedad (del banco), tele de plasma (encargada de lobotomísarnos) y hasta vacaciones pagadas. Para mantenernos dominados la modernidad ha cambiado los grilletes y el látigo por créditos y circo.
Y a propósito de circo, hay que ver lo poco que hemos cambiado, si hasta hemos conservado los rituales catárticos. Lo que antaño eran el Circo (Romano) La quema de brujas (La inquisición) ahora son el futbol, las macro fiestas con botellón incluido, los reallitys o cualquier pantomima mediática.
He querido acotar mi pseudo tesis a algunos temas que a mi parecer son relevantes:
La alimentación
En poco tiempo (solo unos diez mil años) hemos pasado de la ingesta de carroña y granos, de la caza y la recolecta a la sofisticada comida de diseño o a la comida chatarra, según el bolsillo del comensal.
Las primeras fuentes de alimento que nos proporcionaban energías y proteínas provenían de frutas, verduras, raíces y nueces. Luego, hacia el paleolítico, la alimentación se volvió más eficiente gracias a la carroñaría, la cacería y la antropofagia. Dicen por ahí los eruditos que en el Paleolítico, hace unos sesenta mil años, la alimentación era mucho más equilibrada, Fue justo antes de que nuestro modo de alimentación pasara de la extracción (recolección caza) a la producción (agricultura, ganadería). Al parecer el paso del Paleolítico al Neolítico marcó el principio de un paulatino deterioro de la dieta.
Fue en el Paleolítico cuando se estableció nuestra estructura genética que prevalece hasta hoy y que establece las necesidades nutricionales. Ahora bien, desde el Neolítico (con la agricultura y la ganadería) comenzó una lenta modificación de la dieta, sin que por ello se haya modificado la estructura genética, y se produjo según Juan Luis Arzuaga una discordancia evolutiva entre la estructura genética humana y los cambios de alimentación ocurridos en los últimos diez mil años intensificados con la revolución industrial. Hablando en cristiano, la dieta actual no corresponde a las necesidades nutricionales de la especie, ni en cantidad ni en calidad.
Los estragos de esta discordancia evolutiva son evidentes: En occidente los problemas de sobrepeso ha alcanzado dimensiones de epidemia (Los obesos constituyen más del 30% de la población occidental) Aquí en el norte nos hemos convertido en glotones, y despilfarradores, o dicho con otras palabras nos alimentamos de porquería y, tiramos casi la mitad de los alimentos que compramos. Así lo asegura Tristram Stuart autor del libro Despilfarro :”Sólo con la comida que desperdician EE.UU. y Europa se podría solucionar el problema del hambre en el mundo entre tres y siete veces y evitar la pérdida diaria de más de 25.000 vidas humana” Por donde lo miremos, el modelo de alimentación actual está lejos de ser sano y equitativo. Al menos, en la prehistoria los escasos recursos eran repartidos de manera bastante equitativa entre los miembros del clan.
Por supuesto, también están los otros, aquel billón (si, con B) de personas que sufren de mal nutrición o que, según la FAO padecen de un estado permanente de inseguridad alimentaria, y cuyas causas se conocen sobradamente, y no son todas naturales, se lo aseguro yo.
La crueldad
Este rasgo tan humano siempre ha despertado la curiosidad de los estudiosos de la evolución. Cuando miro a mí alrededor creo que la crueldad es un comportamiento humano que ha resistido a las inclemencias de la Historia. Como primera acepción podemos decir que la crueldad es la respuesta emocional de indiferencia o placer frente al sufrimiento y dolor de otros o la acción que innecesariamente causa tal sufrimiento o dolor. Tradicionalmente se le atribuye a culturas primitivas, que según dicen practicaban el canibalismo, los sacrificios humanos y otra “atrocidades”. También se considera un paradigma de crueldad a la Inquisición cristiana o al nazismo. Pero, si hurgamos en la historia reciente encontramos actos de crueldad equivalentes, y a las pruebas me remito: las formas de explotación de minerales estratégicos que se encuentran en su mayoría en África, la explotación sexual de menores y mujeres, la crueldad hacia los animales en los modos de explotación intensiva u otras prácticas, el trafico de mano de obra barata. La indiferencia es otra forma de crueldad. Vale que ya no nos matemos a mordiscos, pero aun hay quince países que fabrican con toda impunidad bombas antipersonas especialmente diseñadas para matar a niños (de colorines y formas atractivas para llamar la atención de los pequeños) Cada año, en la isla de Feroe, en Dinamarca se lleva a cabo con inaudita crueldad la matanza de miles de delfines calderones por parte de adolescentes que celebran así un rito de paso que simboliza la llegada a la edad adulta. ¡Pura tradición! Y por aquí, en tierras ibéricas aún hay algunos descerebrados que creen que las corridas de toros son una tradición y que deberían enorgullecernos y claman para que sean proclamadas patrimonio de la humanidad.
La desigualdad
Solemos afirmar que la democracia y el progreso han traído más igualad. Permítame que ponga en duda la validez de esta premisa. Es verdad, lo reconozco, hasta bien avanzada la era industrial la sociedad estaba plagada de terribles desigualdades que alcanzaban a una gran parte de la población, mientras que una minoría se enriquecía de lo lindo. Reinaba la pobreza extrema, el trabajo infantil generalizado, la insalubridad en los lugares de trabajo y en los hogares, la mala alimentación que diezmaban sobre todo a la población infantil. Pero mire usted lo poco que ha cambiado la cosa: resulta ser que son hoy las mismas condiciones de trabajo y vida de miles de personas, principalmente mujeres y niños, que se dejan la vida y la salud trabajando en talleres inmundos para que nosotros podamos ir por el mundo guapos y a la moda. ¿Más desigualdad? Aquí va otro ejemplo: El Premio Nobel de Economía Paul Krugman asegura que 25 ejecutivos de las compañías de inversión más importantes de Wall Street ganan tres veces más que la suma de los sueldos de 80 mil maestros neoyorkinos;
¿Más?: Según el Índice de Desarrollo Humano (IDH) la mayoría de la población mundial es pobre. Pero no deseo, querido lector, aburrirlo con cifras, internet está lleno de información muy ilustrativa acerca del tema.
La mujer
Otro aspecto de la evolución humana que muestra lo poco que hemos cambiado es la condición de la mujer. En recientes hipótesis, algunos antropólogos demuestran que eso de la supremacía del varón no es algo ancestral. Al parecer en la Prehistoria el sustento de la prole era proporcionado en partes iguales por hombres y mujeres. Las mujeres se dedicaban a la caza menor (conejos, pequeños roedores) esta practica aunque proporcionaba un aporte energético menor era constante y segura, es decir más eficaz. En cabio la caza mayor, que practicaban los hombres, era más aleatoria. Hay quienes especulan asegurando que el hombre practicaba la caza mayor más por alardear de fuerza y poderío que por proporcionar el sustento al clan.
Obligadas por imperativos económicos las mujeres han tenido, con una sonrisa en el rostro, que incorporarse a la vida laboral. De ese modo, a su tradicional role de procreadora, criadora y responsable del hogar ahora la modernidad le impone el rol de productora sin que por ello se le halla eximido de algunos de sus roles tradicionales. Consecuencia: Sufre una doble jornada de trabajo, y es esclava de una imagen denigrante (sexi, joven y guapa). La incorporación de la mujer al mundo de trabajo le ha proporcionado poco rédito. Hoy el porcentaje de mujeres en puestos directivos es ridículo, tanto que la Comunidad Europea tuvo que obligar, mediante decreto, a la paridad y eso que hoy el porcentaje de mujeres con estudios supriores es mayor al de los hombres. Ah, se me olvidada, las mujeres, según estudios realizados, a trabajo y cualificación igual ganan menos.
En definitiva podemos afirmar que, en el mundo desarrollado, dejando de lado la maquina de lavar (maravillosos invento, por cierto), los platos precocinados (que aligeran la esclavitud en la cocina, pero empeoran nuestra dieta), el derecho a voto, la píldora anticonceptiva (que marcó un antes y un después en la sexualidad de la mujer occidental), de poco podemos jactarnos.
Ni que hablar de la situación de una gran mayoría de mujeres que malviven en otras latitudes. Siguen siendo victimas de prácticas ancestrales criminales tales como la ablación, el matrimonio forzado de las niñas-novias, la ausencia total de libertad en países como Afganistán o Irán, la lapidación, la explotación sexual, la exclusión de la vida pública, de la educación o de la sanidad. La mayoría de estas prácticas son protegidas y alentadas por la religión, la familia y el Estado. No nos engañemos el mundo continúa siendo masculino.
Depredadores
En su infancia, nuestra especie era ya una experta depredadora. La naturaleza y un aparato cognitivo único y privilegiado la pusieron a la cabeza de la cadena evolutiva. La pericia en estas artes le aseguró la supremacía y por ende la supervivencia.
En algún momento de nuestra historia llegamos a pensar que el papel civilizador de la cultura había acabado con esa práctica ancestral tan poco honorable. Pero, mire usted por donde, algunos miles de años después seguimos acechando y cazando como locos. Eso si, con mayor pericia y sutileza. Además, ya no practicamos solo la depredación inter especie, y he aquí la novedad, ahora también la practicamos intra especie, es decir entre nosotros mismos. A modo de ilustración que mejor que la imagen de los banqueros, voraces e implacables cómo el más rancio de los depredadores, que a lo largo y ancho del planeta descuartiza moralmente a miles de personas. También la predación entre congéneres se da con natural cotidianeidad en el mundo de trabajo. ¿El depredador?, ese jefecillo inepto y mediocre que practica impunemente el acoso laboral obligando a sus presas a cumplir jornadas demenciales o imponiendo tareas inalcanzables, que ellos llaman “objetivos”, que no son más que el equivalente de los latigazos que recibían los antiguos esclavos. Esta situación está alimentada, por nuestro conformismo aletargador y por el miedo, hoy exacerbado por la crisis.
A modo de conclusión
Vamos a ver, siempre podemos hacer una lectura positiva de la evolución humana si pensamos que el mundo es sólo occidental, blanco, católico y masculino…pero no es así. Millones de personas, que no son ni católicos ni occidentales, ni blancos y que son la mayoría, malviven en condiciones infrahumanas. Y a los números me remito. El 80% de nuestros congéneres se tiene que conformar con el 20 % del pastel, y seis son los amos que acaparan el 59 % de la riqueza. Según datos oficiales cerca de mil millones de seres humanos viven con menos de un dólar al día, cerca de cuatrocientos millones de niños sufren de malnutrición, dos tercios de los novecientos millones de analfabetos son mujeres. Cada día mueren treinta mil niños por causas evitables. A pesar de los esfuerzos de las ONG aun hay más de mil millones de personas que no tiene acceso al agua potable. Y así, suma y sigue.
Aunque son muy recientes, pocos conceptos gozan de tanto prestigio y cuentan con tan pocos detractores como son el progreso, la modernidad o el crecimiento. Están sobredimensionados y llevan intrínseca la aceptación y la fe ciega. Pero, a mi me cuesta aceptar los avances de la ciencia, los viajes del hombre a la luna, las maravillas de las tecnologías de la comunicación, si aun siguen muriendo miles de personas por enfermedades evitables o que miles de seres humanos pasen hambre mientras que aquí nos peleamos con la obesidad, o que las mujeres sigan siendo tratadas como mercancías, ya sea por religión o en aras de una imagen. No puedo disfrutar de mi móvil de ultima generación sabiendo que está hecho con trabajo esclavo. No podemos seguir construyendo nuestra civilización con esclavitud.
No olvidemos tampoco que progreso y modernidad son también el control tecnológico por medio de los chips que pretende cercenarnos la libertad. También lo son la bomba atómica, el estrés, la falta crónica de tiempo, las bombas antipersonas, la comida chatarra, la tele basura, la prima de riesgo, los OGM (organismos genéticamente modificados), el Prozac o la Coca-Cola.
Aunque somos una especie muy joven, hemos causado más estragos que cualquier otra. Aparecimos tardíamente en este planeta, hace solo un minuto en una escala de 24 horas, y no hemos perdido el tiempo ya que en tan sólo sesenta segundos hemos sido capaces de modificar el entorno con alevosía, conciencia y premeditación, más que ninguna otra especie.
Sin embargo, en un intento de reconciliarme con mi especie y como atenuante, quisiera señalar que los primitivos nunca sacrificaban más animales de los que necesitaban ni trabajaban más tierras de las que precisaban. Luchaban pero no desataban guerras, y sobre todo compartían. Todo esto me hace pensar que tal vez tanto desacierto no es intrínseco a nuestra especie. Tal vez solo estamos algo descarriados, y nos hemos equivocado en el modelo de civilización. Podemos achacarlo a que somos una especie adolecente y que con la madurez alcanzaremos la sabiduría y el sosiego. Qué manido y cursi suena esto último ¿No? Pero, mire usted, es lo único que me permite tener algo de esperanza. Y que quede bien claro: No pretendo desdeñar los logros de mi especie como los avances científicos en materia de salud que miles de hombres y algunas mujeres han alcanzado dejándose la piel y con escaso reconocimiento. Tampoco podría olvidar el formidable legado artístico dejado por miles de hombres y mujeres. Además no creo para nada en eso del determinismo. La única certeza que compartimos los humanos es que algún día desapareceremos de la faz de la tierra, mientras tanto puede suceder cualquier cosa. Nadie puede vaticinar el futuro, por más estudios científicos que se hagan, aunque todo parezca indicar que vamos mal. Mi propia ignorancia, que no es menor, me impide afirmar si el vaso está medio vació…o medio lleno. Me aferro al derecho a la duda.
Ya sé que mi análisis es vehemente y visceral, y con un asidero teórico bastante raquítico, pero exhorto a cualquiera que alarde de progreso, crecimiento o bienestar que demuestre si somos más felices, sabios, libres o críticos que nuestros antepasados.

Estimado señor ministro

Señor ministro de educación,
Sabiendo que su tiempo es escaso y considerando que mi paciencia se agotó, voy directo al grano. Soy madre de un chico de 23 años que, tras realizar su proyecto de fin de carrera en Japón, acaba de terminar sus estudios de ingeniería en la Universidad Politécnica de Barcelona. Para llevar a cabo este proyecto solicitó tres becas: una al Estado Español, otra a Catalunya y la última a Japón ¿Adivine que beca le otorgaron? La japonesa, por supuesto. Esta beca no sufragó la totalidad de los gastos, Japón es un lugar muy caro para vivir, así que nos pusimos manos a la obra para conseguir el dinero necesario. Mi economía nos es boyante ni mucho menos: soy profesora de francés y estoy inscrita como sustituta desde hace unos cuatro años en la bolsa de trabajo del Departament d’Ensenyament de la Generalitat. En algo más de cuatro años solo he trabajado unos seis meses como sustituta, el resto del tiempo me he tenido que buscar la vida.
Ahora bien, con el diploma en el bolsillo, mi hijo, al igual que muchos jóvenes, está pensando seriamente en marcharse del país, muy a pesar de él. Que mal negocio Señor Ministro: durante años el Estado ha invertido dinero en su formación para que una vez acabado sus estudios se tenga que marchar. Es “el negocio de los huevos podridos”, como decía mi padre, que de negocios sabía mucho. Pero mi hijo no es ninguna excepción. Muchos compañeros de su promoción están pensando en buscar trabajo fuera del país, y le aseguro Señor Ministro que son chicos y chicas extraordinariamente capaces y muy bien formados. Todos coinciden en decir que para trabajar en un Mac Donald prefieren marcharse ahí donde reconozcan su valía.
Yo no soy ninguna experta en economía, pero sé lo que significa administrar recursos escasos, sobrevivir siempre en una economía en crisis, hacer periódicamente reajustes presupuestarios y “recortes”, pero créame, señor ministro, nunca se me hubiese ocurrido sacrificar el bienestar de los míos. He aprendido a ver las prioridades con visión de futuro. No tengo deudas y puedo presumir de tener un hogar acogedor y confortable, evidentemente no tengo ahorros ni piso en propiedad, ni coche. A pesar de todos los avatares, para mi siempre ha habido dos cosas fundamentales: La educación y la salud, el resto puede esperar. Mi actitud no es muy diferente a la de miles de padres y madres que ven en la educación y el bienestar de sus hijos el único legado valido para dejarles.
Y yo me pregunto ¿Por qué los Estados, al igual que las familias, no hacen lo mismo? Es decir, gestionar los recursos, que los ciudadanos hemos puesto en sus manos, con sentido común, inteligencia y empatía. Parece que ha olvidado que su obligación es velar por nuestros intereses, para eso le pagamos. Permítame manifestarle, sin ánimo de ofender, no es nada personal, que usted y el gobierno al que pertenece lo están haciendo mal, no tienen ni las competencias ni las capacidades para gestionar sus respectivas carteras. Si estuvieran en la empresa privada hace tiempo que hubiesen sido despedidos.
Solo alguien que manifiesta una enorme incapacidad de gestión y una descarada prepotencia puede declarar que “Si se mejora el rendimiento escolar, se podrá recortar más”, suprimir becas, o reducir la plantilla de profesores interinos. Y para rizar el rizo, viene su colega el señor Montoro y dice que “…Estos son los presupuesto más de sociales de la historia de la democracia”. Sin comentarios.
Y ni que decir de la cultura, que de manera tan poco acertada usted equipara con entretenimiento, lo que le permite meter en el mismo saco las corridas y a Cervantes. Como si ya no fuera suficiente con la cultura low cost que padecemos cada día, llega usted y le asesta el golpe final a la poca cultura de calidad que nos quedaba al reducir a menos de la mitad todas las ayudas, que de por si eran bastante rácana. Como dice el permio Nobel, Mario Vargas Llosa “la cultura es todo aquello que un pueblo dice, hace, teme o adora”. Imagínese, ¿qué trascendencia puede tener la cultura de un país cuyos dirigentes no hacen más que pisotearla a golpe de recortes y televisión execrable? Usted ha suprimido el poco sostén que tenían las iniciativas culturales de calidad. Usted y los suyos serán responsables de que el mundo entero continúe pensando, y con razón, que solo sabemos de tortillas, flamenco y toros. Su comportamiento, (que se traduce en un total desprecio por el conocimiento y la cultura, una actitud chulesca, y una lluvia de declaraciones desacertadas, entre otras cosas) me recuerda a los sátrapas que dominaron Sudamérica allá por la segunda mitad del siglo pasada. No digo que usted sea uno de ellos, pero se está esforzando mucho en parecérseles.
Admítalo, lo de dirigir un país le queda grande, ya lo vemos en su jefe el señor Rajoy, lo mismo pasó con el anterior jefe del gobierno el señor Zapatero. Usted y los de su calaña pertenecen a una promoción de políticos incapaces, mal preparados, y mediocres, sino es difícil explicar tanta incompetencia y tanto ahínco por sacrificar los pilares de nuestra sociedad: la educación, que es lo único que garantiza a un pueble bienestar y prosperidad. Su criminal gestión está condenando al exilio a las futuras generaciones. Pronto tendremos que declarar a España “territorio libre de intelectuales” Nadie niega que conocer otras culturas y trabajar en otros ámbitos son experiencias de vida enormemente formativas y un excelente nutriente para el espíritu y el intelecto, pero solo cuando se hace empleando el principio del libre albedrío y no obligados por la ineptitud de nuestros dirigentes.
Tengo un amigo, que tiene una lengua muy viperina, lo admito, que piensa que todo esto es premeditado. Asegura que quienes dirigen el mundo han llegado a la conclusión de que la sociedad solo necesita individuos productores/consumidores, y sobretodo que no piensen y que estén desprovistos de todo sentido crítico, no vaya a ser que se pongan tiquismiquis. Y para ello solo basta con que sepan leer, escribir, manejar un ordenador, y que estén bien adiestrados para acatar órdenes. La verdad es que usted razón tiene. Para tareas tan simples no es necesario haber leído a Platón ni que en los Institutos se impartan asignaturas que enseñen el pensamiento antiguo, que por cierto usted acaba de suprimir… Tal como están las cosas creo que mi amigo mal pensado tiene razón.
Para que usted vea que mi amigo no está tan desencaminado y para ilustrar sus afirmaciones, existe un documento, supuestamente escrito por el grupo de Bildergerd en 1979, que fue encontrado hace algunos años, por negligencia o descuida intencional, en una fotocopiadora comprada en una subasta de material militar. En dicho manifiesto se plantean estrategias basadas en el dominio de los ciudadanos utilizando grandes dosis de miedo con el objetivo de evitar la reflexión y la critica. Se recomienda, entre otras cosas, exacerbar en la población el sentimiento de culpa, dosificar las medidas antidemocráticas, o echar una cortina de humo sobre los acontecimientos realmente importantes. EL documento en cuestión, que se encuentra en internet, se llama “Armas silenciosas para guerras tranquilas”. ¡Léalo! No tiene desperdicio.
No señor Wert, usted no es ningún profeta enviado por los cielos para españolizar a los catalanes, o sacar de las tinieblas al sistema educativo español ¡Que más quisiera! Usted es tan solo una marioneta al servicio de un sistema que a cambio de sus leales servicios le prodiga tristes migajas. Vamos, que usted es un “mandao” y, como suele suceder, más papista que el Papa. Dicen por ahí que como tertuliano (al parecer esa era una de sus antiguas profesiones) usted era una persona bastante abierta e inteligente !Hay que ver como nos cambia el poder¡
Si yo tuviera la ocasión, le aseguro que me plantifico en Bruselas y pongo una demanda, a usted y a los suyos, por crimen contra la humanidad. Pero mientras tanto permítame un humilde consejo: ¡Dimita! Si lo hace ahora tal vez lo olvidemos y podrá gozar de una inmerecida jubilación tranquila. Sin embargo, si insiste en quedarse, la historia le pasará factura.
Estas líneas tienen, lo confieso, una doble carga emocional: La de una profesora maltratada y la de una madre preocupada. Pero sobre todo soy un homo sapiens que se avergüenza de pertenecer a la misma especie que usted, y le repito señor ministro, no es nada personal.
Cecilia Marcos.

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