Ser niña

  Mi madre abandonó la consulta del hospital con el alma hecha añicos y la esperanza derrotada.

            —Es una niña, le había anunciado el medico minutos antes, casi en un susurro, con la certeza de estar dando una mala noticia.  Era la segunda vez que pasaba por esto, pero su desconcierto fue el de una primeriza, tenía la secreta esperanza que esta vez podría burlar los malos designios, pero se equivocó. 

            Hace algunos años mi madre era la única mujer del pueblo que a pesar de estar casada, aún no había cumplido con el sagrado acto de la procreación. No por voluntad propia, no.  Sólo dios sabía cuanto ansiaba tener un hijo, pero su delicado estado de salud había desafiado a las leyes de la fecundidad.

            Hasta que por fin, tras varios años de espera y rogativas, quedó embarazada para regocijo de todos, ahora tan sólo quedaba esquivar el último obstáculo. El bebé tenía que ser un varón, lo contrario sería considerado como una deshonra para sus ancestros.

            Pero nació Yun Li, mi hermana, que por ser la primogénita fue aceptada, aunque a regañadientes, por la familia y el pueblo.

            Mis padres aún tenían  una segunda oportunidad, así lo habían determinado las autoridades chinas que desde hacía  unos treinta años sólo permitían un  hijo por pareja, a no ser que el primero fuese una niña,  en ese caso se les daba la ocasión de traer otro vástago al mundo, a modo de consuelo.

            Yo fui esa segunda oportunidad  que únicamente sirvió para incrementar la primera decepción.

            Ante semejante tragedia, mis padres tenían ante sí varias posibilidades, ninguna de ellas muy halagüeñas. Podían deshacerse de mí por medio de un aborto, dejarme nacer para convertirme en una niña “excedente” y abandonarme a mi suerte, al igual que a miles de niñas. También podían ocultarme, por vergüenza o precaución, y convertirme así en un ser anónimo de alma invisible  y privada de identidad.

            Aquella mañana mi madre volvió al pueblo, dispuesta a no decir nada a su familia política hasta hablar con su marido, que regresaba de las faenas del ampo al atardecer . Para eludir las preguntas inquisitorias mi madre les dijo a todos que el medico no había podido determinar el sexo del bebé y que tendría que regresar dentro de una semana. 

            Cuenta mi madre que por la noche, mientras todos dormían, debatió durante horas  con mi padre sobre mi futuros, cogidos de la mano sentados en el pequeño porche y como único testigo un cielo profundo y oscuro.  Finalmente decidieron desafiar a los ancestros, y plantar cara a los posibles desaires del pueblo y traerme al mundo como dios manda y con todos los honores. Fue así como seis meses más tarde aterricé, ignorante y feliz, en las tierras de mis padres y antepasados.     

            Mi madre dice que no más nacer mis ojos escupieron una mirada tan profunda que en ese momento nadie se hubiese atrevido a poner en duda mi derecho a vivir. Así vine al mundo, desafiante y orgullosa.

           Resistimos algunos años a las adversidades que mi nacimiento había desencadenado, pero finalmente mis padres cansados y sobretodos preocupados por nuestro futuro decidieron abandonar el pueblo. Primero fuimos a una ciudad más grande, y al cabo de un tiempo dejamos definitivamente la China.  Ahora vivimos en un país de esos que llaman libres y desarrollados, en donde cuyos habitantes se sienten orgullosos y satisfechos del suelo que les tocó pisar, pero  en realidad ignoran que están igualmente atados a fantasmas y miedos. Aquí  no matan a las niñas, claro que no, pero se les obliga a ser bellas, delgadas y complacientes y todo ello  para seguir siendo  ciudadanas de segunda categoría, al igual que fueron sus madres y abuelas, y que alguien me diga lo contrario.

 

 

LA EDAD CRÍTICA

Todo comienza hacia los cuarenta y mucho o los cincuenta y poco. Primero, se manifiestan cambios en el ciclo menstrual: la regla se vuelve irregular y caprichosa, luego, y aquí empieza la fiesta, llegan los sofocos. A l principio son tenues, casi imperceptibles, son tan solo un “¡Ouf Que calor que hace!” En esta fase aún se puede disimular, pero de repente te encuentras abanicándote con lo primer que pillas, te pones roja como el mismísimo demonio y unas indiscretas gotas de sudor se deslizan suavemente por tu frente sin poder sacártelas de encima de manera disimulada y discreta. Pronto la fase “que calor que hace” ya no cuela, estamos en pleno mes de enero y todos a tu alrededor están más arropado que un esquimal y tu sudando como un cerdo. La gente comienza a sospechar que ya has entrado en la edad crítica, así se le llama con pudor a la menopausia, como si se tratase de una enfermedad venérea. Contrariamente a la sociedad oriental, en nuestra sociedad la menopausia está estigmatizada: “Está menopaúsica” se suele decir de manera negativa cuando se desea descalificar a una mujer. Esta actitud, que a vece proviene del entorno cercano, muestra desconocimiento y desprecio. ¡Pura ignorancia¡
Son cambios que al principio no entiendes, porque nadie te ha dado un cursillo de preparación a la menopausia, como el de preparación al parto. “Tengo un retraso, debe ser el estrés”, no te enteras, o no quieres entérate que estás entrando en la edad critica, que es el principio del fin. Bueno, así nos lo han vendido, pero yo, que lo estoy viviendo en carne propia, pienso que aquí no se acaba nada, ¡Que va! Me quedan aún unos cuantos años por delante y no pienso renunciar a ellos lloriqueando porque estoy envejeciendo.
Eso si, debes aceptar que es un periodo chungo: Los kilos de más, los sofocos, el sueño que te abandona, los cambios de humor difíciles de controlar pueden ser una pesadilla si no los aceptamos e intentamos tomarlo con humor. Piensa que todas esas putadas que nos juega la madre naturaleza no son nada en comparación con tu acervo inmenso, tu solidez y saber estar en el mundo que solo lo dan los cincuenta. Pero es difícil no alarmarte si durante veinte años pensabas que tenías treinta y de repente cumples cincuenta.
Pero aquí hay algo que no entiendo: en esta aventura menopaúsica me he encontrado con mujeres cincuentonas que rehúyen hablar del tema, como si esto no fuera con ellas, no se sientes aludidas. No me extraña porque para la sociedad esta etapa casi no existe, solo se trata el tema en los ámbitos médicos y científicos, pero la sociedad en general tiende un tupido velo sobre el tema. Sin embargo, hay otras etapas, como la infancia, la pubertad y la adolescencia sobre las cuales existe una abundante literatura.
Desde mi humilde condición de menopaúsica creo que es importante, primero que nada, aceptar nuestra condición, entender que no es el fin, es una etapa difícil, pero sólo es eso: una etapa. Pienso también que es importante hablarlo con nuestro entorno: hijos, pareja amigos y con quien haga falta. No es una vergüenza. Hablando, muchas veces he encontrado respuestas a mis dudas, y eso no es poca cosa.
Cansada de disimular y por qué no decirlo, de sentirme avergonzada, un buen día decidí pregonarlo a los cuatro vientos. “Perdón, pero estoy menopáusica pérdida” es la frase que utilizo con ironía para excusar mis salidas de tono, cambios de humor y arrebatos de rabia que me poseen sin justificación aparente. En mi manera de exorcizar tanto demonio.
Durante este periodo tienes que hacer acopio de toda tu capacidad de control, disimulo y paciencia ya que tu vida navega al vaivén de los antojos de las dichosas hormonas que antes de retirarse se insurgen, conspiran, campan a sus anchas e instauran una verdadera dictadura que rigen durante un tiempo tus emociones, tu libido, tu comportamiento. Vas llorando por las esquinas sin saber por qué, mientras que minutos antes fuiste presa de un súbito arrebato de entusiasmo y optimismo. Muchas veces es imposible gestionar tanto desequilibrio, es como si estuvieras constantemente subida en una montaña rusa. Pero no todo sucede al interior, de repente tu cuerpo también es presa de cambios: todo lo que puede caerse se cae (trasero, pecho) se te instala en el abdomen una especie de flotador imposible de erradicar y te inflas como un globo lleno de agua. Retención de líquido, dice el médico. Y todo eso sin haber cambiado en nada tus hábitos alimentarios. Te pones a dieta, pero el maldito flotador continúa aferrado a tu cintura, y el líquido que tu cuerpo se niega a liberar sigue ahí, testarudo y resuelto. Creo que con tanto disturbio hormonal el cuerpo se asusta y se prepara para la peor de las catástrofes (una sequía o hambruna) sino, no entiendo por qué está tan empeñado en hacer acopio de vituallas.
Hay quienes atribuyen a estos cambios causas afectivas y emocionales: Ya nos vemos mayores, los hijos se van de casa y el sindrome del nido vacío se instala, y nos coge una depre de caballo y lo único que nos queda es comer y comer mientras miramos la tele. Pero yo alego, en defensa de las menopáusicas del mundo que la cosa no es tan así. Es simplemente la biología y la química que nos juega una mala pasada y se empeña en fastidiarnos la existencia, independientemente de la situación en la que nos encontramos. El entorno o la situación personal pueden mitigar o exacerbar el proceso, pero nunca evitarlo.
A veces, cuando me encuentro en medio de un ataque hormonal maldigo a la madre naturaleza que nos parió. ¿Por qué las mujeres tenemos que cargar durante casi cuarenta años con sangrías mensuales acompañadas de todo tipo de malestar, ¿Por qué tenemos que parir con dolor y lidiar casi a solas durante años con retoños exigentes que nos chupan toda la energía? Y para más colmo, cuando creemos que la libertad está a la vuelta de la esquina no ataca la dichosa menopausia. ¡Es el cuento de nunca acabar! Pero una vez pasada la crisis y tras el repliegue de mis atacantes, recobro la razón y revindico toda mi feminidad. Si algo nos caracteriza a las mujeres en este periodo es el aguante, el estoicismo, la dignidad y la resignación. Me pregunto, sin ánimo de ofender, si los hombres reaccionarían de igual manera si se encontrase frente a los mismos avatares. Permitidme que lo dude.
Pero el bicho no ataca a todas las cincuentonas por igual, al parecer, según un sondeo casero que hice, con algunas mujeres es más más clemente. Las afortunadas apenas perciben los sofocos y lo único relevante que señalar es la desaparición de la regla. La menopausia es diferente según la frecuencia e intensidad de los síntomas, e incluso los síntomas varían, pero aun así hay características generales comunes a todas las mujeres. Hay también mujeres, cada vez más numerosas, que les pilla la menopausia aún con hijos adolescentes en casa, y en este caso el mal oscuro es la adolescencia y no la menopausia y es difícil, por no decir imposible, ocuparse del otro mal. Graso error, en nuestra vida este periodo es delicado e importante, y si no le damos la importancia que merece (sin exageración ni catastrofismo) puede causar estragos difícil de recuperar (depresión, mala forma física, exceso de peso, y sobre todo una sensación de frustración y abandono terriblemente arraigadas)
Hay muchos mitos que envuelven este periodo, siendo el más relevante aquel que afirma que ya no nos interesa el sexo. Y digo yo que eso es tan falso y anacrónico como afirmar que la tierra es plana. Además científicamente no hay nada que justifique esta afirmación. Así que, ¡¡cincuentonas a disfrutar!!
Un día, cansada de ser víctima del boicot hormonal del que era víctima acudí a mi médica de cabecera. Una mujer joven, para quien eso de la menopausia queda muy lejos, que digo, lejísimo. La acribillé con mis lamentos esperando algo de clemencia acompañada de algún tratamiento hormonal de sustitución. Me miró fijamente a los ojos y me dijo, en un tono empático a la vez que muy profesional “Es lo que te toca, aguanta porque no hay mucho que hacer”. Me fui aún más deprimida, si cabe. Decidí aceptar la situación, pero sin antes haber tomar cartas en el asunto. Aconsejada por conocedores, y aficionados de buena voluntad me hice devota del gimnasio, la soja y de todo tipo de pócimas anti estragos de la menopausia. Para ser sincera no he sufrido cambios milagrosos pero si he logrado un cierto bienestar físico, y sobre todo me reconforta la idea de saber que estoy haciendo algo, y por último creo que mantener una actitud activa mitiga los síntomas.
¿Qué hacer? Pues no lo sé muy bien, tal vez tan solo tener paciencia, hacer ejercicio (mental y físico), comer sano, practicar el buen humor y una pisca de resignación. A pesar de los sofocos, de mi barriga acuosa y del brote repentino de arrugas me siento estupenda.

¡GORDA!

Pues sí, lo confieso, soy una gorda mental. Es decir que mi mente, ignoro por qué razón, envía una imagen distorsionada de mi cuerpo. No, no soy anoréxica, no me precipito al baño para vomitar cada vez que como, más bien mantengo una relación conflictiva con la comida, e incluso, a veces me parece hasta obsceno eso de comer. Es más, para mí fue un gran día cuando leí en un libro de James Lovelock que era posible producir comida de síntesis, es decir que consumiendo algunas pastillitas de colores al día tendríamos todos los nutrientes necesarios para hacer de nosotros seres rebosantes de salud, sin necesidad de cultivar, producir ni cocinar nada. Pero mi alegría no sólo fue provocada por consideraciones ecológicas, o por qué tal vez ese descubrimiento sería la clave para acabar con el hambre en el mundo ¡Que va¡ Para mí lo mejor de la noticia era que ya no tendríamos necesidad de masticar ni de ingerir nada, y sobre todo que nuestros estómagos e intestinos estarían libres de molestas sustancias pestilentes.
Según parece no estoy aquejada de ningún trastorno alimentario, lo mío es…la verdad es que no tengo ni idea, ni tampoco los médicos. Nadie se explica cómo con una talla S, y si me despisto acabo vistiéndome en la sección de niños, puedo sentirme gorda. Seguramente Freud tendría mucho que decir al respecto.
Ni siquiera ahora que ya ha superado el medio siglo de vida he engordado. Peso lo mismo que a los treinta años, y a los treinta pesaba lo mismo que a lo veinte. Claro que no puedo decir que soy flaca: tengo unos huesos generosos un trasero respetable y una barriga algo indiscreta, pero aun así sigo perteneciendo al club de los delgados.
Creo que cuando nací la madre naturaleza se olvidó de bendecirme con el gen gourmet, ¡en que estaría pensando! Pero, mirándolo bien, me hizo un gran favor, ya que si la comida fuera para mí un disfrute mi condición de gorda mental sería aún más difícil de sobrellevar.

Tengo en la puerta de la nevera una verdadera colección de tablas y grafico que señalan el peso ideal y que miro cada mañana tras pesarme y todos me indican que mis valores son totalmente normales, e incluso algo inferiores, pero yo erre que erre que soy gorda. Mi vecina, o más bien mi amiga, que trabaja en un Centro de día con enfermos anoréxicos, cada vez que escucha mis quejas se enfada, y de verdad, me amenaza con llevarme a su trabajo para que yo vea que eso de la comida no es ninguna broma. Conociéndola es capaz de llevarme a restras para acabar con esta guilipolles de una vez por toda.
Pero no es tan fácil. Allá por la adolescencia, o antes, y cuando pesaba tan solo 38 kilos ya tenía serios problemas con la comida. Durante años mis desayunos, almuerzos y comidas consistían en un bocadillo de queso y una Coca-Cola, era incapaz de ingerir otra cosa. Es más, rehusaba comer fuera de casa porque estaba obligada a probar otras comidas, y eso para mí era una verdadera pesadilla.
Desesperado, mi padre a menudo recurría al engaño para hacerme comer. La cocinera, pues si, teníamos una cocinera, preparaba con el pretexto que era para mi padre un plato de exquisitos manjares, este me invitaba a sentarme a su lado para hacerle compañía mientras comía y con limpias artimañas, las típicas de un padre desesperado, me hacía probar su plato, “esta carne está algo salada, a ver pruébala” Solio decirme. O “este arroz tienen un sabor extraño…prueba un bocado para ver si es verdad” Así, lograba hacerme tragar una o dos cucharadas de algo que no fuera queso o pan. Desesperados y tras numerosos intentos, mis padres me llevaron al médico. Algún especialista, supongo, la verdad es que no me acuerdo. Por entonces yo no debía pesar más de 35 kilos y mi aspecto era muy parecido al de un niño salido de un campo de concentración. De mi cuerpo sólo destacaban de manera llamativa dos rodillas rotundas y unos enormes ojos melancólicos, el resto de mi cuerpo era insignificante y escueto. El médico me recetó algunas pócimas de esas que despiertan el apetito y sobretodo insistió en que debía comer de todo y que después de cada comida debía guardar reposo al menos media hora para así ganar peso. Lo único que lograron mis padres fue que reposara después de comer…un bocadillo de queso y una coca cola, porque lo de cambiar mi dieta ni hablar.
Con el tiempo comencé a ingerir poco a poco otros alimentos, llegué incluso a comer de todo, y eso gracias, debo confesar, a mi ex marido que es un virtuoso de los fogones. Con él aprendí a distinguir sabores e incluso a cocinar algunos platos. Pero así y todo, mi relación con los alimentos continuaba siendo dramática, cada vez que comía me sentía culpable, tenía serios problemas digestivos y sobretodo me sentía tremendamente desdichada. Después de tomar un desayuno exiguo podía permanecer sin ingerir alimento alguno durante todo el día. Todo ello en detrimento de mi salud, claro está.
Hete aquí que un día, no hace mucho, me encontraba tranquilamente sentada en el sofá de mi casa disfrutando de un bocadillo de queso, de que otra cosa sino, a modo de cena, cuando de repente comencé a engordar, a cada bocado engordaba de unos veinte kilos o más, calculo que al quinto bocado ya padecía de gordura mórbida, que me impediría abandonar mi diminuto piso por el resto de mi vida, me acordé de un reportaje que vi en tele y que relataba la historia de un hombre que no había salido de su casa durante más de veinte años, y que el día que tuvo de hacerlo, los bomberos tuvieron que destrozar un muro. ¡Qué horror!. Aterrada le di a mis gatas lo que quedaba del bocadillo ¿patético verdad? Pues así ocurrió.
Mis amigos y allegados sitúan mi actitud entre lo patética y lo pintoresco, y piensan que hace parte de mi acerbo y les resulta hasta gracioso, o insultante si el interlocutor sufre de sobre peso, aunque yo intento no tocar el tema delante de aquellos que puedan sentirse incomodos. Y para no ser pesada intento apaciguar mis demonios, y mantener, al menos en apariencia, una relación amistosa con la comida que tanta satisfacción produce a la inmensa mayoría de los animales, humanos o no.
Pero, desde hace algún tiempo algo está ocurriendo en mi cabeza: ya no me siento tan culpable ni desdichada tras comer, e incluso me estoy esforzando y llego a comer cinco veces al día pequeñas cantidades de comida sana y variada, tal como lo aconsejan los versados en temas de nutrición. Y está dando buenos resultados. Me siento fantástica, no he engordado ni un gramo y lo mejor es que aunque así fuera me da lo mismo…! Qué liberación!

El cumpleaños de la prima

Tengo prisa, pero aquí estoy plantificada hace más de media hora delante de mi armario, como una perfecta idiota sin saber que ponerme. Me he probado todo, o casi todo. El pantalón negro de lino, ese que tengo para las ocasiones que me queda de perla con la camisa gris de rayas, pero no, es demasiado formal para la ocasión. Intento con los vaqueros, esos tan ajustados que me acabo de comprar y que combinan tan bien con la camiseta naranja que me compré en Paris, pero nada, demasiado “arreglada pero informal”. Pruebo con mis vestidos, el marrón tipo Channel,  pero versión china, no tampoco, parezco señora y, además, funcionaria. Intento con  el negro de floripondios rojos y verdes, pero lo descarto,  demasiado escotado, me da un aire de mujer fácil, no puedo permitir que los invitados piensen que estoy buscando novio. Me encuentro al  borde del colapso nervio.  Si tengo el armario a rebosar de ropa de todos los estilos, tejidos y colores, no es posible que no encuentre nada que ponerme. Además, tengo un tipo bastante fácil de vestir: mi metro cincuenta de estatura soporta tan sólo 44 kilos que  entran sin mayores dificultades en cualquier trapo.  Pero, a pesar de eso, vestirme para ocasiones especiales como esta es siempre un verdadero vía crucis. Mi armario es un caos de trapos variopintos incombinables entre ellos.  Cuando hago shooping rara vez aplico criterios de funcionalidad,  armonía o estilo Compro, sin más.

Envidio el armario de Lola, mi prima, la que cumple años,  que con cuatro pilchas made in china sabe vestirse hasta para una boda. Si tan sólo ella estuviera aquí para sacarme de este embrollo, pero precisamente hoy es su fiesta y me espera dentro de una hora y media en su casa. Como cada año, Lola celebra su cumpleaños por todo lo alto, aunque sus invitados son gente normal y corriente, cómo yo, ella se arregla como si acudiera a una recepción  al Château de Versailles y recibe a sus invitados como si fuesen los miembros de la  corte de Luis XIV. Es la anfitriona perfecta,  prepara entremeses con alimentos tan vulgares como puede ser una lata de paté de marca blanca, un poco de pimiento, algunas aceitunas y restos de queso,  ni Ferran Adrià  lo haría tan bien.  Sonríe, sirve copas,  da comer y baila casi al mismo tiempo, y sin ningún atisbo de estrés. No se mueve, levita.

Siempre he tratado de imitar su manera de estar,  de vestir,  hasta intenté en una ocasión copiar la decoración de su cocina, pero nada, siempre voy a dos zancadas detrás de ella, creo que nunca la alcanzaré.

Nuestra historia data de toda la vida. De pequeñas éramos las Jimenas, apodo que nos auto infligimos cuando un buen día una señora muy amable y entrometida nos preguntó mientras jugábamos en  la calle

-Que monas. ¿Sois gemelas?

-No, yo soy Cecilia y ella se llama Lola. Le contesté algo contrariada.

Creo que por entonces teníamos unos seis o siete años y no nos fue difícil confundir  el adjetivo que denomina a las personas nacidas del mismo óvulo y que son casi iguales con el nombre propio Jimena, bastante feo por cierto.

Lola y yo  somos primas, un tanto lejanas, pero desde muy pequeñas decidimos ponernos juntas en nuestro árbol  genealógico, como hermanas. Yo soy doce meses y seis días mayor que ella y durante nuestra niñez  éramos asombrosamente  parecidas: flacuchentas y pequeñas, de rostros deslavados, como de niñas antiguas, pelo negro y rizado que nuestras madres se esmeraban en peinar, pero estos se empeñaban en imponer su  libre albedrío. Vaya, que íbamos siempre despeinadas. Llevábamos  ropas idénticas,  lo que acentuaba aun más nuestro parecido, de ahí la comprensible confusión de la señora del parque.  Nuestras madres nos ataviaban con vaporosos vestidos de organdí de colores que ya podéis imaginar, con lacitos por doquier, zapatos negros de charol y calcetines blancos.

Durante años las Jimenas compartimos juegos, aventuras y los primeros amoríos, pero,  no más cruzar el umbral de la adolescencia comenzaron las diferencias, que con el tiempo se acentuaron, pero en vez de alejarnos se consolidó entre nosotras una relación armónica y complementaría. Con los primeros atisbos de la juventud Lola comenzó a practicar con esmero las buenas maneras que nos habían inculcado nuestras madres, maneras que pronto se convertirían en su forma de estar en el mundo. Hay algo en sus gestos, hasta en los más cotidianos, que le otorgaba una impronta aristocrática.  Sus manos se mueven al compás de una música inaudible que coordina a la perfección con los movimientos de su rostro. Su hablar es pausado y su voz es dulce y serena.

Yo, en cambio, me convertí en un ser del montón, de maneras sencillas y gustos simples,  nada en mí es digno de ser destacado, aunque pensándolo bien soy simpática y buena persona,  como muchos mortales. Que no se piense que le tengo algún tipo de animosidad hacia mi prima,  he aprendido a vivir en perfecta armonía con las limitaciones que la naturaleza me  dio, y para mí ella ha sido , en muchas ocasiones, un referente, sobre todo en el cultivo de maneras y en el cuidado de mi aspecto personal.

Lola no obedece a los típicos patrones de belleza: Tiene las piernas demasiado delgadas que contrastan con sus pechos próvidos. La naturaleza fue un tanto cicatera con su rostro: tiene una boca diminuta y una nariz apenas perceptible. Sus ojos son pequeños y marrones y albergan una mirada profunda que puede ser arrogante o dulce, según la ocasión  No debe medir más de un metro sesenta, pero su postura eternamente erguida la hace parecer más alta. Pero sabe como nadie sacar partido de esas pequeñas imperfecciones. Maneja con maestría el arte del maquillaje discreto y eficaz.

Seguramente esta noche estará deslumbrante como en cada uno de sus cumpleaños.

Y yo todavía aquí, sin saber como vestirme. Me tranquilizo y me decido finalmente  por el vaquero ajustado y la camisa gris de rayas. Total,  haga lo que haga acabaré hecha un desastre.

Amor de madre

El reloj del ordenador marcaba las 20h14 cuando Max sintió el ruido inequívoco de la llave en la cerradura. Era su madre, un ser generoso y solícito, que llegaba a casa.

—Hola cariño, ya estoy aquí —lanzó a modo de contraseña que cada tarde le permitía entrar en la vida de su hijo. El chaval masculló un hola perezoso y apenas audible.

La mujer aún no se había enterado de que desde hacía unos meses su hijo ya era legalmente adulto y que  ya tenía edad suficiente para saber si tenía  hambre,  frío o ganas de mear. A pesar de los numerosos mensajes, no siempre muy sutiles,  que su hijo le enviaba, la pobre no entendía  que aquel aguilucho que vivía en casa  estaba ávido de libertad y lo único que deseaba era abandonar  el nido, decididamente el amor de madre además de abnegado es rotundamente ciego. Siempre estaba encima de él, preocupada como si aún tuviera dos años.

Cuando, hace algunos meses, su madre se echó novio pensó, en un hálito de esperanza, que le dejaría en paz, pero se equivocó. Siguió empeñada, con ahínco y alevosía,  en  tratarlo como a un discapacitado funcional.  Había veces que la odiaba. Hacia tiempo que buscaba la manera de largarse, como ya lo habían hecho sus amigos Lucas y Guillén,   pero tal y como pintaban  las cosas no tendría un  mísero  piso hasta al menos los 30 años, y aun le quedaban  unos cuantos.

Su madre en el fondo era una buena mujer, pensaba el chaval, lo único malo es que la naturaleza se había excedido al suministrarle  la dosis de  amor materno.

Para evitarla,  se encerraba en su cuarto con la excusa de que tenía que estudiar, pero en realidad,  chateaba  con sus amigos, jugaba con el ordenador y de vez en cuando, sólo de vez en cuando estudiaba, no vaya a ser que se convierta en un hábito.

—Si al menos tuviese otros hermanos  para sobrellevar está cruz  —pensaba cuando se encontraba frente a ese aluvión diario de maternidad pegajosa.

Rocío donde mejor manifestaba su celo materno era en asuntos de gastronomía casera.  Cada día, después de la universidad el niño, su niño, tenía que comer en casa.

—Es mejor así, la verdad es que eso de andar comiendo por ahí,  quien sabe qué  y quien sabe donde no me parece una buena idea —le replicaba a su hijo cada vez que este  le reclamaba dinero para comer en la Universidad como lo hacían desde siempre todos sus amigos.

Cada noche, tras saludar y despojarse de su abrigo, la madre se dirigía a la cocina con la intención de inspeccionar la nevera y verificar si su retoño había comido.

—Pobre hijo, con lo que tiene que estudiar hasta se le olvida  comer, suspiraba preocupada  al ver en la nevera intacto el plato de comida que con  tanto amor le había preparado la noche anterior. Era la tercera vez esta semana que  no había probado bocado.

—Bebé ¿te caliento la comida que te dejé en la nevera? Mira que con el estomago vacío  no se puede estudiar.

—No tengo  hambre, balbuceó el adolescente desde su habitación.

Haciendo caso omiso de las palabras del chico, Rocío puso a calentar el plato en el microondas a la vez que colocó con diligencia  en una bandeja una fruta, cubiertos, una servilleta y un vaso de zumo, seguramente el niño tendría sed.

Minutos después, mientras se dirigía a la habitación del chico para llevarle la cena, sintió un ligero frío en la espalda.

—Hay hijo, no has puesto la calefacción, así es cómo te me resfrías. Y tras un leve aunque profundo suspiro lanzó la traca final

— ¡Que harías sin mi!

Amores imperfectos


Fue un encuentro sin alevosía ni premeditación. Me disponía a salir de aquel lugar cualquiera cuando dos golpecitos tímidos en mi espalda me sacaron de mi estado de semi-autismo en el que suelo encontrarme a menudo. Al girarme me di cuenta de que era aquel desconocido con quien había cruzado algunas frases cualesquiera minutos antes mientras esperábamos turno para hacer aquel trámite cualquiera del que nadie se salva.

— ¿Te tomas un café conmigo? —me dijo. Desconcertada por la propuesta tan inesperada como inoportuna ya que tenía el tiempo justo para subir a casa, comer algo de prisa y volver al trabajo.

—Vale  —contesté con precipitación mientras le daba dos besos, uno por mejilla, como reza la canción de Sabina. Aun me pregunto porqué acepté su invitación y sobretodo porque le di esos dos besos precipitados y algo patéticos.

Nos tomamos, por supuesto, ese café, excusa trillada pero de probada eficacia para propiciar encuentros callejeros.

Así, a primera vista Gabriel me pareció un hombre interesante pero de trasfondo complejo. Pero lo que más me llamó la atención era su capacidad de desvelar sentimientos, y relatar matices, algo tan poco masculino y que las mujeres echamos en falta en la mayoría de las relaciones.

Aprobado el primer examen nos dimos nuestros números de teléfonos.

Esperé algunos días, como una adolescente febril, su llamada telefónica. Harta de esperar le envié un mensaje que rezaba algo así como “¿Nos vemos mañana?”. No más depositar el teléfono sobre la mesita de la sala me devolvió el mensaje en forma de llamada. Parecía nervioso, las palabras se amontonaban torpes y desordenadas en su boca, sus frases estaban llenas de muletillas, de esas que el subconsciente saca a destajo de manera tan poco oportuna.

Gabriel aceptó la invitación con miedo infantil. Yo, sin embargo, la acepté con curiosidad y entusiasmo.

Por aquella época, tras haber ejercido muchos años de madre devota y abnegada, me hallaba con el nido medio vacío. Mi Hijo había decidido modificar el contrato que nos unía y prescindir de algunos de mis servicios, algo así como una declaración de independencia. Así que, de repente me encontré en paro parcial, digo parcial porque en asuntos de intendencia  terrenal aún me encontraba en activo. Al mismo tiempo, comencé a sufrir un brote repentino de arrugas, a lo que se añadiría el desplome de mi trasero y la agonía de mis pechos.

Con cuarenta y mucho y al borde de lo que con pudor llamamos la edad crítica era difícil imaginar un guión más aciago para mi vida. Y por añadidura hacia una eternidad que no me beneficiaba de los favores de cupido, aunque había tenido algunos líos carnales.

Gabriel tampoco atravesaba el mejor de sus mementos, acababa de perder su empleo y padecía los últimos estertores de una ruptura.

A pesar de que ya era socio del club de los cincuentones, Gabriel aún conservaba casi intacta aquella guapura insolente que le había acompañado durante toda su vida. A primera vista no exhibía los signos propios de quienes ya tienen medio siglo a su haber, tenía una barriga discreta, unos hombros firmes, un porte que le hacían parecer mucho más joven de lo que en realidad era, y sobre todo una sonrisa capaz de despertar el morbo hasta del alma más casta

Así estaban las cosas cuando acudí a nuestra primera cita.

La relación se fraguó bajo el sol implacable de un verano cualquiera. Con asombrosa

rapidez compartimos afinidad y fluidos corporales, que dieron cobijo a una relación rara y a un día a día contaminado por la ambigüedad.

Los encuentros se hicieron frecuentes y plagados de palabras. Gabriel tenía el verbo fácil y genial, y yo, sin gran esfuerzo me convertí en una oyente agradecida, aunque confieso que a veces me era difícil seguir sus razonamientos y su lenguaje complejo. Me esforzaba por entender porque intuía que detrás de toda esa retórica había muchas de las respuestas que yo estaba buscando. Debo admitir que me enamoré de su verbo antes que de sus más bien escuálidas dotes afectivas.

Pero no todo fueron palabras, también practicamos el amor con apetencia.

Me costó muy poco darme cuenta de que Gabriel sufría de anorexia afectiva, cada bocado de cariño que recibía lo expulsaba de su cuerpo con mal disimulado repudio, y cuando era sorprendido respondía con excusas torpes. Tenía el alma asustada y el corazón estropeado de tanto consumir amores tóxicos. Era dadivoso en palabras pero tacaño en gestos cariñosos, de esos que se dejan sentir en la piel y que yo tanto añoraba.

Con igual rapidez me enteré de que su vida funcionaba con dificultad y a medias.

—No puedo hacer nada, he extraviado el manual de instrucciones de mi vida, —solía decirme cada vez que yo intentaba entender aquel caos.

—Y yo no puedo prestarte el mío. Los modos de empleo son personales e intransferibles. —le decía yo.

Toda su vida estaba plagada de actos fallidos, de olvidos recurrentes y de miedos incomprensibles. Convertía cualquiera situación domestica en un sin fin de obstáculos.  Fue entonces cuando obtuve mi doctorado Cum Laude en paciencia, sin tan solo habérmelo propuesto.

Al principio fue difícil conciliar una relación tan extraña, pero sin perseguirlo, se instaló entre nosotros un apego de textura rocosa y sólida.  El me necesitaba, yo lo quería, esa era la gran diferencia entre nosotros. Desde el primer momento que nos conocimos la relación estuvo sometida a los caprichos meteorológicos de su alma. Una meteorología tan adversa como imprevisible que a menudo, tras una tormenta ofrecía un tiempo sosegado y luminoso.

Entre nosotros existió desde siempre una enorme afinidad. Y de tanta afinidad, se instaló un cierto mimetismo que le daba armonía a nuestra relación: Cuando él estaba animoso yo también; y cuando a mí me dolía la cabeza Gabriel era atacado por una fuerte migraña. Incluso, constatamos ciertos actos de telepatía entre nosotros. En más de una ocasión, cuando yo lo llamaba por teléfono, él algunos instantes antes se acercaba al aparato esperando mi llamada. Según Gabriel todo esto era el resultado del derroche de afinidad que existía entre nosotros. Yo comencé a lamentar ese exceso de afinidad que de alguna manera impedía ver si entre nosotros había algo más.

—No te preocupes, que mi ascendente Leo asegura la atracción entre nosotros, —me aseveraba.

Él era así, todo lo analizaba a través de la lectura dificultosa de la astrología. Yo me decía, a modo de consuelo, que la afinidad la practicábamos en nuestro cotidiano, y más bien de día, y que la atracción en nuestra intimidad, mas bien de noche. No estaba tan mal. De todas maneras, para mi Gabriel era tremendamente atractivo, y siempre me volvía loco el sexo con el que me obsequiaba.

Gabriel aseguraba que yo practicaba el arte de la negación, algo muy freudiano, según parece, y que era lo que me permitía sobrevivir, y que, además, me daba un aire de perpetua alegría.

Como toda relación que se precie, cuando llevábamos tres meses juntos, tuvimos nuestra primera crisis.  No hubo ruptura pero la relaciona se resintió.

—Cuando las cosas te vayan mejor me dejaras   —le dije un día, con la certeza de una premonición, y él con el hablar pausado y una sonrisa mansa dibujada en sus labios, me contestó

-y entonces te libraras de mis mañas- Lo teníamos claro.

Me bastaron dieciocho meses para convencerme de que no haríamos juntos  el inevitable viaje hacia la vejez. Es más, todavía es un misterio para mí el haber podido compartir parte de nuestras vidas durante más de un año. Secretamente siempre supe que yo era para él algo así como un “mientras tanto”

Nuestra relación se convirtió en un interminable arsenal de lamentos, reproches y malos entendidos. Practicábamos con deleite el acoso intelectual mutuo. Yo sucumbía cada vez más a la paranoia del desamor, en cada uno de sus gestos veía hostilidad y repudio. Mi espíritu estaba repleto de sentimientos encontrados. Para mí era cada vez más evidente que sólo jugábamos en su terreno en donde el imponía sus propias reglas. Me di cuenta que desde que lo conocí me alimenté de su diferencia, a hurtadillas, engulliendo cada bocado  de su vida con la avidez de un cuerpo  bulímico

Esta vez si que hubo ruptura, muy civilizada y meditada, pero igual de traumática que cualquier otra. Cambian las formas pero no el fondo ni la intensidad. Y durante un tiempo  anduve por ahí, vomitando emociones por los rincones de una existencia  amarga y solitaria. Gabriel me había  robado  el alma, algo más que la vida.

Tras la ruptura, mi vida tardó algún tiempo en volver a ser una vida cualquiera.

Hasta hoy no había tenido noticias de Gabriel desde que rompimos, hace poco más de tres meses. Esta mañana mientras me preparaba para afrontar la rutina de un día cualquiera el teléfono sonó.

Contesté, al otro lado de la línea una voz fría, aunque cordial me preguntó:

— ¿Conoce usted a Gabriel Méndez?

—Si —contesté, temiéndome lo peor.

—La llamo del servicio de urgencias hospital general, el señor Méndez se encuentra ingresado, ha hecho un intento de suicidio. Está bien, pero necesita a alguien que se haga cargo de él, me dio este numero de teléfono.

—Voy para allá, contesté mientras colgaba el teléfono.

Llegué al hospital y una enfermera lánguida que se movía con gestos autómatas me condujo hasta la habitación en donde se encontraba Gabriel.

—Hola, me dijo al verme.

—Hola. —Respondí yo. Y al cruzarme con sus ojos me di cuenta de que nuevamente mis días dejarían de ser cualesquiera.


El animal

Todo sucedió por casualidad, como suelen ocurrir las cosas importantes, aquellas que cambian el rumbo de las somnolientas vidas de los individuos. Era una mañana luminosa  y fresca de un tiempo tan pretérito  que se pierde en la memoria  profunda de la historia.  Aquel día Lucy y sus compañeros se disponían a ir de caza,  la comida comenzaba a escasear. Durante  los días anteriores el cielo iracundo había vomitado agua,  trozos de luz  y ruidos atronadores impidiéndoles salir de caza.

A Lucy le encantaba fisgonear  en aquel entorno hostil que, sin embargo, resultaba atractivo a los jóvenes ojos de la muchacha.  Siempre había mostrado una destreza  impropia a su condición y a menudo despertaba  suspicacias en el grupo.

Llevaban caminando  un buen rato cuando se encontraron con la bestia en el claro de un pequeño bosque que mostraba los estragos de la voracidad de la bestia.  Estaba por todas partes. El  grupo asustado intentó retroceder, Lucy en cambio, en un ademán decidido, se acercó.

Ya habían visto muchas veces a aquel animal, y cada vez que intentaron  acercarse a él  una fuerza desconocida se lo  había impedido.  A la muchacha pocos  animales se le habían resistido, pero aquel…aquel era inasible. Aparecía en cualquier momento, sobre todos tras las  repentinas cóleras venidas del cielo. Era un  animal sin forma ni textura, comparable a ningún otro por ella conocido.  Desaparecía para aparecer bajo una apariencia distinta y en otro lugar.  Dependía un olor hondo e indefinible tan difícil de olvidar que permanecía durante largo tiempo en la memoria de aquellos que habitaban esas tierras.

De todos los animales conocidos Lucy podía distinguir la destreza  de cada uno: los había rápidos, otros astutos o ligeros y silenciosos, pero la destreza de aquel animal era mágica y misteriosa. Su fuerza  era inmensa, se comía todo lo que tocaba y mientras más comía más crecía. Y cuando se cruzaba con el viento,  era cautivo de una  violencia incontrolable. Ahí por donde pasaba el paisaje cambiaba, y dejaba aquel olor tan intenso como indefinible.

Esta vez Lucy estaba dispuesta a acercarse a la bestia que aparecía sobre todo de los árboles ostentando una ligereza incorpórea que le  hizo pensar en el alma de los animales muertos.

Quiso acercarse con sigilo a las formas menores y más apacibles de la bestia, cogió un palo y  lo acerco a la más pequeña e indefensa cuyos movimientos eran lentos y acompasados. Lucy acercó el trozo de madera y le dio pequeños golpes, de repente el animal se despertó furibundo y saltó alrededor del palo, y ahí se quedó, Lucy sorprendida intentó desalojarlo, pero el animal permaneció acurrucada alrededor de su nueva morada, parecía manso y ahora daba pequeños movimientos suaves y disímiles.            Los otros miembros del grupo intentaron acercarse a la muchacha pero esta les hizo un gesto indicándoles que se quedaran atrás.  Lucy soltó el palo y vio como lo bestia se lo comía.  Al tenerla tan cerca la muchacha se dio cuenta que le procuraba un agradable bienestar que le recordaba el regazo de su madre o la calidez de  las pieles que le daban refugio en las frías noches de invierno.

Pensó entonces  que no todas las criaturas de la naturaleza servían como alimentos, que seguramente habían muchas que tenían otros efectos benéficos para el grupo,  a la bestia aun no le había encontrado ninguna utilidad, pero ya la encontraría,  no le cabía duda. Los antepasados le habían enseñado que cada criatura tiene una función  asignada, era la razón de ser de todas los seres que habitan la Tierra.

Cogió nuevamente el palo decidida a llevarse a la pequeña bestia cautiva al reducto en donde se encontraba el resto del clan. Ahora el animal parecía  menos hambriento. Llegaron al campamento sin comida, con el animal amansado y la curiosidad alborotada.

Lucy se dio cuenta que las formas del animal menguaban, con premura  le acercó otro trozo de madera a modo de comida, y sin hacerse esperar el animal se apoderó de su presa. Sus formas crecieron y sus ademanes se hicieron violentos, la muchacha se mantuvo firme, estaba decidida a no dejar escapar su trofeo.

Llevaron a la bestia al interior de la guarida, la instalaron en un lugar apartado aunque visible, del habitáculo. Para apaciguar sus exuberantes formas y conseguir que  permanezca en el mismo lugar había que alimentarla con pequeñas cantidades de comida, así la mantendrían controlada, tampoco debían de  acercarse mucho ni aun menos tocarla. Si cumplían  estas  indicaciones  el animal  podría permanecer con ellos, la muchacha estaba segura de la naturaleza benévola del animal, descubrirla era sólo cuestión de tiempo, y eso abundaba en la vida de Lucy.

Un día cualquiera

 

Aquellas mañana cualquiera puse mis pies cualesquiera, en el frió suelo de mi habitación en un gesto inequívoco que indicaba el andar de un nuevo día, que por desgracia se anunciaba cualquiera. Preparé mi cuerpo anodino para afrontar aquel día, que pensándolo bien no iba a ser  tan cualquiera: una certera llamada telefónica anulando una de mis clases de aquella mañana me obsequiaba con tres horas que podría utilizar a mi libre albedrío. Tras algunos instantes de reflexión decidí invertirlas en tramites cualesquiera que tenía pendiente. Bajé los 164 peldaños anónimos de mi escalera que conducían a una calle cualquiera de una ciudad cualquiera.  

Entré en el banco de siempre, que no era uno cualquiera porque era el mío, aunque este nos trataba habitualmente  como a simples cualesquiera.

Para mitigar la espera me senté en una silla azul cualquiera, a mi lado esperando su turno para hacer una transacción cualquiera había un hombre cuya presencia apenas percibí, ya que no más sentarme saqué mi libro del bolso y me sumergí en una sesión de lectura compulsiva, ignorando así toda la cotidianidad ambiente.

Al cabo de algunos instantes aquel hombre desconocido y aparentemente cualquiera, me dirigió algunas palabras cualesquiera que al juntarlas formaron una pregunta, que por supuesto era una pregunta cualquiera.

¿Siempre hay tanta gente en esta sucursal?, me preguntó aquel desconocido,  que pregunta más cualquiera me dije yo, mientras me disponía a contestarle.

Cuando aparté mi rostro cualquiera del libro cualquiera que estaba leyendo,  tropecé con unos ojos extraordinarios que escupían una mirada  que hasta  entonces solo había visto en el cine, y que ahora era la misma que acompañaba una boca generosa y sensual  que acababa de pronunciar aquellas palabras tan terriblemente cualesquiera.

A modo de respuesta balbuceé algunas palabras que se agruparon con torpeza en mi garganta y salieron disparadas sin ni un ápice de glamour ni elegancia, y supe enseguida que ese sería mi último día cualquiera.

El viaje de Yamina

Silenciosa e invisible Yamina permanecía en un extremo de la embarcación en un afán desesperado de burlar a los malos espíritus, mientras sus compañeros de travesía arrojaban al mar un cadáver, el tercero desde que habían emprendido el viaje.

En cuclillas y con los brazos cruzados abrazando sus rodillas Yamina solo pensaba en proteger a la criatura que desde hacia cinco meses albergaba en las cálidas paredes de su maternidad.

 Nunca estuvo segura de querer emprender este viaje que la llevaría a tierras cargadas de promesas. Eso era lo que contaban quienes habían vuelto de aquellos lugares y que ostentaban signos visibles de riqueza: Relojes, teléfonos móviles, vestimentas extrañas y sobre todo obsequiaban a los lugareños con relatos fantásticos cargados de éxito que Yamina nunca creyó del todo.  Siempre pensó que detrás de esas historias de héroes retornados se escondían en realidad   historias de vidas perdidas en la inmensidad de un mundo desconocido y de sueños truncados. 

Algunas pistas le dio su primo Marat que vivía en Europa desde hacia algún tiempo. Cuando vino de visita al pueblo,  en un alarde de sinceridad, le había contado que los que vivían al otro lado del estrecho rechazaban la  negritud de su piel y aquel olor profundo de especias milenarias que su cuerpo desprendía. Le contó también que los blancos vivían en un eterno conflicto con el tiempo, y que tenían una necesidad inconmensurable de poseer cosas que le provocaban infelicidad y un sinfín de enfermedades extrañas. Según su primo, el hombre blanco había intentado con empeño y soberbia violar el alma de los dioses y estos, cuya fuerza era infinitamente superior, los estaba castigando a golpe de desdicha y soledad. Yamina tampoco creyó del todo la historia de Marat,  porque sabía también que del otro lado del mar había tanta riqueza al  alcance de muchos,  que podría confundirse fácilmente con el paraíso. Presa entre dos aguas, Yamina emprendió el viaje.                                                                                                                                                 

Yamina fue elegida para ir en busca de una vida mejor para ella y los suyos  por su buen estado físico, por su juventud y sobre todo porque en su vientre crecía una nueva vida. Se sabía a que a las mujeres como ella los blancos no las expulsaba de sus territorios, en cambio a los hombres adultos los devolvían con  prontitud y eficacia.

Sus antepasados ya habían tenido que ir a lugares lejanos escapando de los arrebatos crueles de la naturaleza,   pero los únicos obstáculos que habían encontrado eran  los impuestos por los espíritus  que por entonces gobernaban el mundo,  pero ahora se sumaba otro impedimento: El hombre blanco que  jugaba a ser dios e intentaba robar la sabiduría de los dioses.

Los que vivían del otro lado el mar se empeñaban en impedir la llegada de otros a su territorio. A Yamina esta situación le parecía rara e injusta ya que su pueblo siempre había dado a los forasteros todo cuanto necesitaban, a cambio de poco, muy poco. Incluso, ahora venían los hombres blancos a su pueblo en busca de pequeños sin hogar como si fueran mercancías, lo mismo que en tiempos pretéritos, cuando su pueblo fue carne de esclavitud.   

La verdad es que nunca deseó dejar su tierra que le había obsequiado con tantas lunas y tantos amaneceres.  Lo que ella deseaba era preñar un suelo generoso con semillas pródigas, velar a sus muertos y proteger a sus hijos, pero desde hacia algunos años el cielo se había tornado tacaño y las tierras otrora fértiles se volvieron estériles, y con ello llegó el hambre y las enfermedades.

 Y ahí estaba, en la inmensidad profunda de un mar hostil que estaba a punto de arrebatarle la vida. Hacia algunos días que habían perdido el rumbo y los más débiles morían bajos los designios maliciosos de los espíritus.  Estaban atrapados entre la inmensidad oscura de la noche y las profundidades insondables del mar. Yamina quería volver, y sus inmensos ojos ébanos delataban con infinita elocuencia el miedo que sentía. Deseó volver, pero no podía, estaba prisionera en ese territorio sin fin que movía al cayuco al ritmo pausado de una sinfonía húmeda y cristalina.

 De repente,  la embarcación se vio envuelta por los vaivenes  caprichosos del océano,  que sacaron a los tripulantes de su letargo. Aquel animal inmenso y oscuro comenzó a dar mordiscos furibundos alentados por los destellos belicosos del cielo. Yamina abrazó su vientre en un intento inútil de proteger a su criatura.  El cayuco empezó a dar movimientos espasmódicos como un animal herido y los ocupantes, ahora ingrávidos, parecían marionetas  movidas por los hilos invisibles del caos. En un instante eterno la vida se transformó en muerte, y la esperanza se esfumó engullida por un mar despiadado.